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martes, 9 de junio de 2026

¿Por qué no?

Damián es un chico excluido, retraído en su carácter, que sufre de bastante acoso en su escuela, aunque a él no le importa. 
Solo sueña con Samanta, la chica linda y buena que, si estuviéramos en una pelicula norteamericana, sería porrista; aquí solo juega al hockey y es una líder no malvada. 
Lider del grupo ecologista y buena alumna.
Damián la mira de lejos, no le habla, pero su secreto es a voces. 
Samanta simplemente le sonríe sin mucha atención de vez en cuando y sigue con su vida escolar. 
Algunas veces se encuentran en la calle pero ninguno habla; él se esconde, y Samanta y su amiga Dina dicen entre risas: "Otra vez jugando a las escondidas".
De esta manera pasaron años hasta que estaban por egresar y cayó como un rayo la noticia: Damián estaba internado. 
El aula —el colegio, mejor explicado— se quedó mudo cuando dieron los detalles. 
Era una película de terror: lo habían golpeado hasta casi matarlo y lo habían violado con un objeto. 
Samanta fue la primera en llorar la maldad del mundo y se dispuso a ayudar a la policía. 
Sus padres estaban orgullosos de ella. 
¡La habían criado tan bien! Era hermosa, estudiosa y tenía un corazón de oro, se decían.
Por la tarde, ella quiso ir al hospital y, cuando llegó, Damián estaba dormido y desfigurado. Le sacó una foto con tanto descuido que lo hizo abrir los ojos.
 Al verla, Damián se asustó y se puso a gritar. 
Ella quiso calmarlo; le mostró las flores y el cartel que los compañeros de aula le habían hecho, y él sonrió a medias.
-Sé que eres tímido, que tenés algún tipo de problema en el habla, pero a mí me podés contar todo -le dijo.
Damián abrió los ojos lo más que pudo y llamó a la enfermera. Ella le dejó las cosas y se quedó hablando con el custodio policial.
-Oficial, esto es demasiado. Me sacan de su cuarto cuando yo tengo cosas que decir y es mi deber como amiga acompañarlo -sollozó.
El oficial le preguntó si ya había declarado. Ella asintió con un gesto por demás aniñado.
-Si ya hiciste eso, nada más podés hacer que ayude a la policía.-
-¿Seguro?-
-Sí, pero quedate tranquila, es el shock. Es un muchacho muy débil.-
El oficial le dio una palmada en el hombro, invitándola a retirarse. 
Samanta caminó por el pasillo del hospital con el rostro afligido, pero de ahí se fue a la casa de los padres que no estaban y merodeo toda la tarde por lugares.
Según ella buscando pistas.
¡Necesitaba justicia! Y la policia no hacia nada.
Sin embargo, la investigación dio un giro radical cuando la policía revisó una cámara de seguridad oculta de una fábrica abandonada cercana.
 La filmación la delataba por completo y mostraba la escalofriante secuencia de esa noche: Samanta había llegado sola y se había encontrado con Damián. 
En las imágenes se veía cómo ella sacaba varias cervezas y se las ofrecía; él se negó a tomar, y Samanta se las bebió una tras otra con total frialdad.
 Parecía estar familiarizada con el alcohol, lo que confundió a Damian, ya que ella no iba a fiestas ni se juntaba con los chicos que bebían, se drogaban y lo exhibían. 
Luego, de la nada, le rompió una de las botellas en la cabeza, lo golpeó salvajemente una y otra vez en el suelo y, aprovechando que el chico estaba inconsciente y desprotegido, utilizó otra de las botellas para sodomizarlo mientras se reía.
A esta contundente filmación se sumó el peritaje de su celular, el cual fue confiscado de inmediato. 
Dentro del móvil, los investigadores encontraron carpetas llenas de fotos de Damián tomadas a escondidas y un registro meticuloso con todos sus horarios y rutinas diarias, demostrando que lo tenía completamente vigilado.
 Ella estaba obsesionada con él, solo que no de la manera que Damián hubiera querido.
Con todas estas pruebas devastadoras, el inspector se presentó en el hospital. Damián ya había despertado y, aunque con una profunda angustia, pudo declarar ante la justicia.
 Con la voz entrecortada, el chico confirmó cada uno de los hechos que la cámara había registrado, relatando el horror y la paliza que había vivido a manos de ella. 
Lo definió como una película de terror, a lo que todos asintieron.
Samanta fue detenida esa misma tarde. 
En la sala de interrogatorios, mientras miraba el video de la cámara, las fotos y los horarios de su celular, y la declaración explícita de Damián, su máscara de chica buena se cayo. 
No mostró ni una pizca de arrepentimiento. 
No pidió por sus padres ni por Dina; a todos los miró con ojos inyectados en sangre.
El inspector, completamente impactado por la crueldad de la joven, la miró fijamente y le preguntó por qué lo había hecho, qué razón tenía para ensañarse así con él, con un muchacho débil que no le había hecho nada más que admirarla en secreto. 
Sus padres lloraban diciendo que habían perdido una hija, que esa no era su Samanta, que para eso la habían criado entre miel y algodones, con caricias y algunos regaños de pequeña.
-Esa no era mi amiga -decía Dina—. ¿Quién era este monstruo? Si yo estaba casi todo el tiempo con ella, ¿cómo pudo hacer eso?-
Nada cerraba. Hasta que todo cerró. 
Samanta respondió a la pregunta del inspector levantando la mirada con un simple:
-¿Por qué no? -preguntó con una mirada totalmente despiadada y cínica.
Y así lo gritó y lo gritó ante todos, mientras los que la querían se terminaban de dar cuenta de que era una psicópata por naturaleza.
-¿Por qué no?-
Sus palabras quedaron flotando en el aire y lo impregnaron de maldad.

Prejuicio enfermo

¿Por qué no?

Damián es un chico excluido, retraído en su carácter, que sufre de bastante acoso en su escuela, aunque a él no le importa.  Solo sueña...