Ella es una mujer de treinta y dos años, rubia como el oro, con unos ojos azules profundos, siempre sonriente, de figura firme y un perfume dulce.
Al llegar al último piso, donde radica su empresa de ciberseguridad, saluda a todos y sigue su ruta hacia su oficina privada. Allí afuera lo espera Diana: una deslumbrante morocha de piel trigueña y ojos color miel, con el celular en una mano y, en la otra, una carpeta con un pendrive encima.
Marco, un hombre sonrisal, le agradece e intenta hacerla reír con un chiste.
Diana, vestida de negro con un conjunto tailleur y una blusa escotada que insinúa sus atractivos senos, lo mira, le entrega la carpeta y el pendrive, esboza una media sonrisa y se retira dejando una estela de un perfume amaderado.
Diana era la joya del edificio.
Diana era la joya del edificio.
Era eficaz, empática, práctica, expeditiva y un "bombón", como la llamaban.
Los tres primeros pisos pertenecían a abogados y, siempre que veían a Marco, le preguntaban cuándo la iba a despedir para contratarla ellos; decían que "se la compraban". Marco, siempre renuente y cuidándose de Recursos Humanos, solo decía que Diana era una secretaria y nada más; en la intimidad fantaseaba con ella. Luego se quedaba pensando en ese escote, en la curva de sus pechos y sus muslos y en el porqué trabajaba ella allí; Marco sabe que ella tiene granjas de criptomonedas y propiedades.
Es divorciada y maneja un auto de hace tres años.
El perfume se desvanece en el aire. Marco pone música y Cerati canta que su corazón se vuelve delator. Marco pone manos a la obra, enciende la computadora y abre el pendrive.
El perfume se desvanece en el aire. Marco pone música y Cerati canta que su corazón se vuelve delator. Marco pone manos a la obra, enciende la computadora y abre el pendrive.
Revisaba los porcentajes cuando llamó su atención el portarretratos digital que tenía en su escritorio: sus dos hijas, desde que nacieron hasta el día de hoy. Cuánto tiempo había pasado.
Recordó sin sentimiento alguno a la madre de las chicas y fue más atrás, a su juventud.
Recordó sin sentimiento alguno a la madre de las chicas y fue más atrás, a su juventud.
Evocó sus días como maestro, aquellas mañanas frías donde un trozo de tiza era su única herramienta y el sueldo apenas una ilusión que se escurría entre los dedos antes de llegar a fin de mes.
Era una batalla constante contra los números rojos, una lucha digna pero agotadora por intentar enseñar futuro cuando el presente le resultaba tan escaso.
Recordó el olor a aula vieja y el sonido de las hojas de los cuadernos, una vida austera que hoy parecía pertenecerle a otro hombre.
Luego, su mente se detuvo en el barro y el pasto. Sus días de jugador de rugby, cuando el mundo se reducía a ochenta minutos de choque y honor.
Luego, su mente se detuvo en el barro y el pasto. Sus días de jugador de rugby, cuando el mundo se reducía a ochenta minutos de choque y honor.
Una pequeña lesión en el cuello aún le molestaba; había sido un tackle feroz, de esos donde el tiempo se detiene. Él había dado de lleno contra otro jugador más grande, un impacto que le sacudió hasta los pensamientos pero que terminó con la pelota recuperada. Todavía sentía en la boca ese sabor a sangre y tierra, el gusto agridulce de una gloria pasada que no necesitaba de Mercedes ni de empresas para sentirse real.
¡Juventud añorada!
Sabía que debía volver al presente, pero repasó sus momentos, los amó y volvió a la realidad. El ventanal que mostraba la ciudad se había opacado; la lluvia caía con furia. ¿Cuánto tiempo había estado en el pasado?
—Una eternidad —se dijo, y buscó a Diana.
Ella estaba sentada en su escritorio con las piernas extendidas, mirando fijamente el monitor. Se veía majestuosa, toda curvilínea.
—¡Quién fuera piloto de carreras para manejar sobre esas curvas! —pensó.
Era el chiste del edificio; muchas veces lo había oído y esta vez, más que nunca, lo entendió. En ese edificio trabajaban aproximadamente unas cien mujeres; Diana era la pista de carreras, la mujer maravilla, el bombón asesino.
Un rayo iluminó el cielo y, junto con él, se encendió el celular de Marco: su hija quería una fiesta de cumpleaños temática. Sin pensarlo le dijo que sí. después de todo, lo hacía más por ellas que por su ego. Como Diana tenía una amiga que organizaba eventos, la llamó. Diana entró a la oficina con el celular en la mano y le dijo que Agatha tenía otros estándares, aunque podría preguntar. Marco le agradeció y ella se retiró a hablar con Agatha. Se escuchaba la risa de Diana y el: —Qué fina te volviste, amiga, dejá el salmón noruego—.
Marco abrió la red social de esta organizadora de eventos y, vaya, no se andaba con pequeñeces la pelirroja: fiestas de blanco y negro, casamientos, eventos de caridad y hasta cumpleaños de famosos. Todo calidad premium y ella, como siempre, impecable. Sexy y sublime casi siempre mirando fijo a la cámara y vestida de azul. No acepta canjes, no hace propaganda más que a sí misma y, en una foto, está en una playa con Diana tomando mojitos; la imagen era espectacular.
Cuando la verdadera Diana entró, rompió el hechizo de sus ojos miel y su risa en la foto diciendo:
—Vas a tener que ir conmigo y, desde ya te aviso, que Agatha no es tan amable como yo; esto lo hago por tu hija.
—Gracias —respondió él.
La jornada terminó y Marco pasó a buscar a Amalia. Fueron a comer, luego a pasear y, más tarde, Amalia, siempre hermosa y dulce, escuchó atenta el pedido de la hija de Marco y cómo Diana lo iba a ayudar.
—Diana es una gran salvadora, ¿verdad? —dijo con ironía.
—No seas celosa, Amalia.
—Tiene más de cuarenta años y todos en ese edificio la desean, opaca hasta a las de veinte. ¿Qué tendrá?
—Eficiencia, cultura...
—Ok, ya entendí. Comé, mi amor, que esta noche el postre es muy dulce.
Se mordió los labios, hizo un gesto coqueto con el pelo y señaló la curva de sus senos. Aún caían pequeñas gotas de lluvia cuando llegaron a casa de Marco y Amalia se le lanzó al cuello en pleno ascensor con ferocidad. Era un cuerpo dulce en exceso, podía empalagar; por eso Marco la degusta como al extracto de vainilla, en pequeñas dosis, aunque esta noche fue imposible.
A la tarde siguiente, Marco y Diana se dirigieron al hotel palermitano donde Agatha tenía su oficina. Al entrar al vestíbulo, los acompañaron por un ascensor privado hasta llegar al primer piso y toparse con una puerta de cristal con el nombre de Agatha.
¡Juventud añorada!
Sabía que debía volver al presente, pero repasó sus momentos, los amó y volvió a la realidad. El ventanal que mostraba la ciudad se había opacado; la lluvia caía con furia. ¿Cuánto tiempo había estado en el pasado?
—Una eternidad —se dijo, y buscó a Diana.
Ella estaba sentada en su escritorio con las piernas extendidas, mirando fijamente el monitor. Se veía majestuosa, toda curvilínea.
—¡Quién fuera piloto de carreras para manejar sobre esas curvas! —pensó.
Era el chiste del edificio; muchas veces lo había oído y esta vez, más que nunca, lo entendió. En ese edificio trabajaban aproximadamente unas cien mujeres; Diana era la pista de carreras, la mujer maravilla, el bombón asesino.
Un rayo iluminó el cielo y, junto con él, se encendió el celular de Marco: su hija quería una fiesta de cumpleaños temática. Sin pensarlo le dijo que sí. después de todo, lo hacía más por ellas que por su ego. Como Diana tenía una amiga que organizaba eventos, la llamó. Diana entró a la oficina con el celular en la mano y le dijo que Agatha tenía otros estándares, aunque podría preguntar. Marco le agradeció y ella se retiró a hablar con Agatha. Se escuchaba la risa de Diana y el: —Qué fina te volviste, amiga, dejá el salmón noruego—.
Marco abrió la red social de esta organizadora de eventos y, vaya, no se andaba con pequeñeces la pelirroja: fiestas de blanco y negro, casamientos, eventos de caridad y hasta cumpleaños de famosos. Todo calidad premium y ella, como siempre, impecable. Sexy y sublime casi siempre mirando fijo a la cámara y vestida de azul. No acepta canjes, no hace propaganda más que a sí misma y, en una foto, está en una playa con Diana tomando mojitos; la imagen era espectacular.
Cuando la verdadera Diana entró, rompió el hechizo de sus ojos miel y su risa en la foto diciendo:
—Vas a tener que ir conmigo y, desde ya te aviso, que Agatha no es tan amable como yo; esto lo hago por tu hija.
—Gracias —respondió él.
La jornada terminó y Marco pasó a buscar a Amalia. Fueron a comer, luego a pasear y, más tarde, Amalia, siempre hermosa y dulce, escuchó atenta el pedido de la hija de Marco y cómo Diana lo iba a ayudar.
—Diana es una gran salvadora, ¿verdad? —dijo con ironía.
—No seas celosa, Amalia.
—Tiene más de cuarenta años y todos en ese edificio la desean, opaca hasta a las de veinte. ¿Qué tendrá?
—Eficiencia, cultura...
—Ok, ya entendí. Comé, mi amor, que esta noche el postre es muy dulce.
Se mordió los labios, hizo un gesto coqueto con el pelo y señaló la curva de sus senos. Aún caían pequeñas gotas de lluvia cuando llegaron a casa de Marco y Amalia se le lanzó al cuello en pleno ascensor con ferocidad. Era un cuerpo dulce en exceso, podía empalagar; por eso Marco la degusta como al extracto de vainilla, en pequeñas dosis, aunque esta noche fue imposible.
A la tarde siguiente, Marco y Diana se dirigieron al hotel palermitano donde Agatha tenía su oficina. Al entrar al vestíbulo, los acompañaron por un ascensor privado hasta llegar al primer piso y toparse con una puerta de cristal con el nombre de Agatha.
Ella, una imponente pelirroja vestida de blue jeans y camisa azul, abrazó a Diana y la acompañó a su oficina dejando atrás a Marco.
Cuando se dio cuenta del error, simplemente agachó los ojos y dijo:
—Por aquí, tome asiento y explíqueme su plan. ¿Usted no es el "nuevo Iron Man" argentino?
—¿Y usted de dónde sacó ese apodo?-Por demás incómodo respondió Marco.-
—Tengo contactos. ¿Ya tiene el contrato con el ejército?-
—Por aquí, tome asiento y explíqueme su plan. ¿Usted no es el "nuevo Iron Man" argentino?
—¿Y usted de dónde sacó ese apodo?-Por demás incómodo respondió Marco.-
—Tengo contactos. ¿Ya tiene el contrato con el ejército?-
Marco no se lo había dicho a nadie más que a los inversores. Le molestó que esta mujer supiera tanto, más esquivó el dardo envenenado y dijo:
—Mi hija quiere una fiesta para su cumpleaños aquí.-
—¿Cuántas personas?-
—Mi hija quiere una fiesta para su cumpleaños aquí.-
—¿Cuántas personas?-
—Cincuenta.-
—¿Nada más? Yo me dedico a eventos grandes y de nivel.
Sus ojos negros eran un abismo de frustración; Agatha no organizaba cumpleaños íntimos. Miró a Diana, quien con la cabeza le señaló que había herido a su jefe.
—Si pudiesen agregar más gente, que sean setenta mínimo, sería viable.
Marco la miraba; era una mujer muy hermosa pero muy petulante. Diana seguía haciendo gestos hasta que Agatha la llamó aparte.
—Por favor, la nena quiere y él va a pagar.
—Por supuesto que va a pagar, pero ¿"la nena" no tiene amigos? No pido que sea la reina del baile, solo que no sea la ñoña inadaptada, Diana.
—Siempre fuiste una perra, jajaja... Mean girl —rió Diana.
—¿Regina George? Esa eras vos por lo que me dijeron; la inadaptada era yo, siempre estudiosa, pero tenía amigos aparte de los libros. Esta nena, ¿qué onda?-
—¿Nada más? Yo me dedico a eventos grandes y de nivel.
Sus ojos negros eran un abismo de frustración; Agatha no organizaba cumpleaños íntimos. Miró a Diana, quien con la cabeza le señaló que había herido a su jefe.
—Si pudiesen agregar más gente, que sean setenta mínimo, sería viable.
Marco la miraba; era una mujer muy hermosa pero muy petulante. Diana seguía haciendo gestos hasta que Agatha la llamó aparte.
—Por favor, la nena quiere y él va a pagar.
—Por supuesto que va a pagar, pero ¿"la nena" no tiene amigos? No pido que sea la reina del baile, solo que no sea la ñoña inadaptada, Diana.
—Siempre fuiste una perra, jajaja... Mean girl —rió Diana.
—¿Regina George? Esa eras vos por lo que me dijeron; la inadaptada era yo, siempre estudiosa, pero tenía amigos aparte de los libros. Esta nena, ¿qué onda?-
—Podés hacerlo, a la chiquita le vendría bien.-
—Lo haré, pero con esta me debés dos.-
—¿Dos?-
—¡Sí, la otra por no acompañarme a Praga!-
Y las dos soltaron la carcajada. Volvieron y Agatha, seria, le pasó a Marco —que había observado todo el interludio con ojos agigantados ante los cambios de esas dos mujeres— una tablet con el salón, las flores y demás detalles. Marco lo miró y pensó en su hija; sí, era un precio excesivo, pero era "la marca" y él sabía de eso.
—¿Le parece bien ese paquete?
—Sí —respondió cortante.
—Perfecto, traeré los papeles.
Mientras iba saliendo, casi se tropieza con una rubia vestida de rojo que se sacaba fotos.
—Disculpe, ¿qué hace y cómo entró?-
—Ah, hola. Soy Amalia, señorita Agatha, la pareja de Marco —dijo Amalia señalando hacia dentro de la oficina.-
—La junta fue estipulada para dos personas. No se me avisó de nadie más. Deberá retirarse.-
Amalia hacía gestos e intentaba llamar la atención de Marco, que conversaba gratamente con Diana. Al verlos así, empezó a gritar. Agatha llamó a seguridad.
—Lo haré, pero con esta me debés dos.-
—¿Dos?-
—¡Sí, la otra por no acompañarme a Praga!-
Y las dos soltaron la carcajada. Volvieron y Agatha, seria, le pasó a Marco —que había observado todo el interludio con ojos agigantados ante los cambios de esas dos mujeres— una tablet con el salón, las flores y demás detalles. Marco lo miró y pensó en su hija; sí, era un precio excesivo, pero era "la marca" y él sabía de eso.
—¿Le parece bien ese paquete?
—Sí —respondió cortante.
—Perfecto, traeré los papeles.
Mientras iba saliendo, casi se tropieza con una rubia vestida de rojo que se sacaba fotos.
—Disculpe, ¿qué hace y cómo entró?-
—Ah, hola. Soy Amalia, señorita Agatha, la pareja de Marco —dijo Amalia señalando hacia dentro de la oficina.-
—La junta fue estipulada para dos personas. No se me avisó de nadie más. Deberá retirarse.-
Amalia hacía gestos e intentaba llamar la atención de Marco, que conversaba gratamente con Diana. Al verlos así, empezó a gritar. Agatha llamó a seguridad.
Estaban a punto de retirarla casi a empujones cuando Marco se dio cuenta de lo que pasaba y pidió disculpas, mientras Diana intervenía ante Agatha para detener a los guardias. Al final la hicieron pasar; saludó forzadamente a Diana, besó exageradamente a Marco y le agradeció efusivamente a Agatha.
Agatha, seria como un juez, la miró despectivamente mientras Amalia decía que la fiesta tenía que ser temática.
—No más Moana, por favor —acotó Agatha.
Diana no contuvo la risa.
—Cierto, la fiesta sería temática, pero quédese tranquila: digamos de princesa, flores, alguna corona.
—El vestuario no corre por mí cuenta, solo la decoración y el buffet —aclaró Agatha.
—Claro, el que vi está bien con algunos globos.-
—¿Globos plateados? Porque no pensará en esos de animales...-
—No, señorita, mi hija es grande, no necesita un payaso.-
—Cuánto me alegro. Esto, como ya le expliqué, es un servicio VIP.
Y se levantó de su silla de reina como una alta pelirroja con algunos lunares en la piel y un metro de piernas bajo esos jeans ajustados ese cinto Gucci que marcaba su preciosa cintura. En ese instante, el aire de la oficina se volvió denso. Marco sintió cómo el perfume dulce y empalagoso de Amalia chocaba contra la madera seca de Diana y la fragancia fría, casi metálica, de Agatha. Era un campo de batalla invisible donde él, a pesar de su fortuna, se sentía repentinamente vulnerable.
A Amalia no le alcanzaban las palabras para expresar lo que significaba estar ahí con la organizadora más famosa del mundo. Marco le pidió discreción y Diana fingió no escucharla, aunque sonreía de reojo. Amalia lo notó y disparó:
—Mirá, "bombón asesino", esta mujer es famosa en las redes, organizó los eventos más chic. ¿A ella también la envidiás como a mí por tener a Marco? Siempre sola, la pobre.
Diana se rió a más no poder en la cara de Amalia; la había soportado demasiado. Marco intentó hablar, pero Agatha volvió con un contrato y una bolsa de regalos.
Agatha, seria como un juez, la miró despectivamente mientras Amalia decía que la fiesta tenía que ser temática.
—No más Moana, por favor —acotó Agatha.
Diana no contuvo la risa.
—Cierto, la fiesta sería temática, pero quédese tranquila: digamos de princesa, flores, alguna corona.
—El vestuario no corre por mí cuenta, solo la decoración y el buffet —aclaró Agatha.
—Claro, el que vi está bien con algunos globos.-
—¿Globos plateados? Porque no pensará en esos de animales...-
—No, señorita, mi hija es grande, no necesita un payaso.-
—Cuánto me alegro. Esto, como ya le expliqué, es un servicio VIP.
Y se levantó de su silla de reina como una alta pelirroja con algunos lunares en la piel y un metro de piernas bajo esos jeans ajustados ese cinto Gucci que marcaba su preciosa cintura. En ese instante, el aire de la oficina se volvió denso. Marco sintió cómo el perfume dulce y empalagoso de Amalia chocaba contra la madera seca de Diana y la fragancia fría, casi metálica, de Agatha. Era un campo de batalla invisible donde él, a pesar de su fortuna, se sentía repentinamente vulnerable.
A Amalia no le alcanzaban las palabras para expresar lo que significaba estar ahí con la organizadora más famosa del mundo. Marco le pidió discreción y Diana fingió no escucharla, aunque sonreía de reojo. Amalia lo notó y disparó:
—Mirá, "bombón asesino", esta mujer es famosa en las redes, organizó los eventos más chic. ¿A ella también la envidiás como a mí por tener a Marco? Siempre sola, la pobre.
Diana se rió a más no poder en la cara de Amalia; la había soportado demasiado. Marco intentó hablar, pero Agatha volvió con un contrato y una bolsa de regalos.
Le entregó el contrato a Marco y le dio la bolsa de regalos a Diana como quien entrega algo valioso. Diana la abrazó; Agatha le dijo: —La próxima vení, el vodka es espectacular, los puentes son una maravilla arquitectónica y....
—¿Cómo? O sea, ¿ustedes dos son pareja? —disparó Amalia con los ojos abiertos como faros.
Agatha la miró de arriba abajo desdeñosamente y terminó la frase: —Los hombres excesivamente caballerosos y guapos.
Marco se quedó mudo reflexionando.
—¿Cómo? O sea, ¿ustedes dos son pareja? —disparó Amalia con los ojos abiertos como faros.
Agatha la miró de arriba abajo desdeñosamente y terminó la frase: —Los hombres excesivamente caballerosos y guapos.
Marco se quedó mudo reflexionando.
Entre esas tres mujeres hermosas había más de cien años de vivencias, belleza y las curvas más peligrosas. Sin embargo, a su manera, cada una estaba llena de defectos; eran las curvas que solo una pista de carreras que un experto podía sortear y ganar.
Él era experto en el ovoide del rugby y, aunque ahora estuviera dispuesto a enfrentar todos los peligros de la vida, sabía que no servía de nada acelerar si no tenía un norte.
Podría acelerar la pista con Amalia si se comportaba mejor ante las personas y seguir soñando con Diana inclusive admirar a Agatha de lejos durante la fiesta.
Podría acelerar la pista con Amalia si se comportaba mejor ante las personas y seguir soñando con Diana inclusive admirar a Agatha de lejos durante la fiesta.
Se acomodó el nudo de la corbata y soltó un suspiro; caminar entre Amalia, Diana y Agatha juntas era como jugar un mundial sin protección.
Firmo el contrato pago la mitad y siguió pensando Agatha más que una pista de carreras era una curva cerrada Amalia era la más fácil.
Más viéndola comportarse así como lo hizo lo defraudo ella habia quedado en ridiculo pero siguió alabando a Agatha mientras ella se miraba con Diana con maldad en los ojos.
Manejar esas pistas a alta velocidad intentando llegar a la meta sin cinturón de seguridad en cada curva girar y tomar la otra... era difícil más no imposible por ahora solo derrapara la pista que tenia segura aunque muy dulce:Amalia.
Marco ya no era el maestro que temía a los números rojos, sino el dueño de su propio destino.
Entendió que su verdadera victoria no estaba en los negocios ni en los lujos, sino en asegurar que, al final del día, el camino fuese derecho y siempre lo llevara de vuelta al abrazo de sus hijas.