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martes, 5 de mayo de 2026

Esperanza de una maestra

Demetria se levanta todos los días, de lunes a viernes, a las seis y media de la mañana para ducharse, tomar unos mates con algo dulce y salir a esperar el colectivo que la lleva a la escuela donde trabaja. Ya ha perdido mucha de su tenacidad y otra tanta se la han arrebatado. Los chicos de hoy se mimetizan más fácil que nunca. Si lo hacen en internet, ellos lo hacen; el vocabulario que usan es lamentable. «Alto aquello», «guacho», «tronco», «malandra», «gato», «chorro», «puta», «puto», «fierita», «llantas»... todo lo deforman. Ni mentar la lengua pseudoinglesa que también usan: crush, love bombing, cutre, six seven, boomer y así. Cortan las palabras, las deforman; es horrible escucharlos. El gracias, permiso y las disculpas no las usan. Ella siente la impotencia de no poder decirles nada a los padres, porque la mayoría de ellos o hablan similar o se enojan porque ella no los deja expresarse. Además, la escuela limitó su autoridad. Es aberrante, pero es su trabajo enseñar a nuevas generaciones que no quieren aprender; así lo siente y lo grita. 
Pelea por una reforma estructural y académica. Los padres ven a la escuela como un depósito, es por eso que se perdió nuestro rol de educadores y pasó a ser contenedor. 
Hoy por hoy, es lo único que está abierto a la sociedad: es por eso que recibimos de todo y hasta estamos expuestos a actos de violencia, incluso cuando se agrede a los docentes que ganan nada. La educación necesita de una reforma estructural profunda, pero no debe ser ni de la mano de los políticos, que buscan estadísticas, ni de los gremialistas, que no pisan el aula hace añares.
 Tiene que ser por parte de los que ponemos el pecho. Estas son las ideas de Demetria que prepara para el mitin: Sueldo Digno y Carrera Real: Basta de parches. Necesitamos un salario básico que dignifique nuestro trabajo y elimine el presentismo. Queremos capacitación obligatoria y un control estricto de licencias para que el presupuesto se use en quien realmente está dando clase. Recuperar la Autoridad en el Aula: El docente debe volver a ser el centro de la enseñanza, con derechos y obligaciones claros. Hay que modernizar los contenidos para que los chicos se motiven, pero siempre bajo un marco de respeto mutuo y disciplina. Límites y Evaluación Justa: Necesitamos volver a las sanciones efectivas. Hay que terminar con las mesas de examen infinitas que regalan la nota; el esfuerzo debe tener valor real. Escuelas de Oficios para el Futuro: Para los chicos con dificultades o que son más grandes que el resto, proponemos formación técnica con salida laboral. No todos aprenden igual, y el sistema debe darles herramientas para el trabajo real. Demetria anota cada idea para el próximo mitin o la próxima asamblea. 
Demetria necesita hacerse oír; lleva años como educadora y ha pasado por generaciones excelentes y malas. 
Pronto al aula llega una alumna nueva: Aldana.
 Una chica bien formada que, ni bien pisa el aula, la saluda respetuosamente y le presenta su anterior examen de la escuela donde venía.
Un promedio de nueve. ¡Qué alegría más grande para Demetria! Aldana mira tímidamente a Demetria, quien le sonríe al ver su ropa. 
Lleva un pantalón negro largo casi como escuela privada y una chomba blanca. Algunas de otras chicas van casi desnudas con minifaldas y simples corpiños hasta en invierno, pero maquilladas y con uñas y pestañas postizas. Los varones se sacan las remeras en los recreos y no vuelven a ponérselas. Otros van con insignias políticas que ellos mismos militan en la escuela y a esos menos se les puede decir nada.
 Ese es un ítem a tratar, piensa Demetria.
 Aldana era simple y Demetria la presenta a la clase. Ya uno de los varones se ríe de su nombre y las mujeres la miran como bicho raro por su ropa. Aldana baja la cabeza y Demetria se la sube. Es que así más o menos deberían estar vestidos todos. —Esto no es un colegio privado ni el servicio fucking fascista militar, doña.— —Profesora —corrige Aldana. Toda la clase hace muecas, ponen caras y hablan. Demetria logra callarlos, ubica a Aldana al centro al frente para que dejen de «atacarla» porque allí el bullying era moneda corriente. A pesar de los cursos que han tomado, los mismos alumnos se insultan; es la constante. Demetria dio su clase; al salir, Aldana le agradeció su apoyo. 
Todos los días era lo mismo: Aldana se esmeraba para sus notas, era la única que dejaba su celular bajo el pupitre, la única que se paraba cuando ella entraba al salón. Y a la que toda la clase molestaba con apodos que ella resistía estoicamente, pues como varias veces manifestó en voz alta, ella sí iba a estudiar. Era una chica con real ánimo de aprender; Demetria se aferraba a ella y ella a Demetria. Una tarde lluviosa se encontraron rumbo a la parada del colectivo y Aldana estaba pálida. Al notarlo, Demetria le preguntó qué le sucedía. 
Aldana dijo que eran cosas privadas. 
Demetria le dijo que en ella podía confiar (pensó algo muy malo). Aldana le dio a entender que tenía cólicos que solo le dan a las mujeres y Demetria respiró... lo único que faltaba era que ahora la golpearan o peor... ya bastante tenía con ser la señalada. Eventualmente, Demetria expuso sus ideas ante una asamblea escolar con padres; fue un desastre de nuevo frente a sus mismos compañeros que la miraban extrañados. Solo dos parejas de padres se quedaron a hablar con ella y la apoyaron: una eran los padres de Aldana. Quien en su casa, Aldana, en el grupo de estudio enfocada en la materia, cuando un compañero mandó una captura de pantalla por demás ofensiva. —¡Se portan como niños! —puso en el chat y arrojó el aparato lejos de ella. Tomó el libro y estudió a la antigua; luego envió un mail quejándose. Demetria siguió hablando con esas dos parejas de padres y logró no solo convencerlos, sino que la apoyaran; era lo justo. Ellos también querían una buena y sana educación para sus hijos. A la mañana siguiente, llena de esperanzas, envió su mail a una dirección más alta con el respaldo de aquellos padres. 
Revisando la bandeja de entrada, vio el mail de Aldana con capturas de pantallas; era sin dudas muy astuta al enviárselo a ella y no a la dirección donde lo más probable es que la expusieran. Demetria ese día en clase los reprimió con fuerza verbal explicando que el aula virtual era lo mismo que el aula y merecía respeto. 
Las quejas resonaron y las miradas a Aldana se notaron, pero fue de las pocas que aprobaron. El mail de respuesta tardó en llegar mientras entre Demetria y Aldana nacía un cariño. Los padres de Aldana la invitaron a cenar y, aunque ella opuso resistencia, Aldana se lo suplicó y no resistió. En esa mesa le explicaron que ellos podían hacer poco y nada, pero que la apoyaban. Aldana se indignó con el «poco y nada»; ella quería pelear por una educación justa, mas era pequeña aún. El mail de respuesta llegó a fin de año y fue una esperanza vana: «Solo una la tendremos en cuenta». Demetria empezó a hablar en redes sociales a juntar firmas y volvió a enviar el mail. Misma decepcionante respuesta. Con el paso del tiempo, Aldana pasaba más tiempo al lado de Demetria; ella le marcaba los «defectos» y cosas a corregir; esa muchacha era más exigente que la misma Demetria. También había que reformar los salones y baños la escuela en si. Al final del año se despidieron, pero siguieron enviando mails haciendo del aula un lugar mejor. Una vez Demetria se enteró de que en una clase habían roto las cerraduras para no tomarla y todos estaban implicados; solo una alumna los había delatado. Aunque eran la élite de la escuela, esta muchacha puso el pecho y señaló a los responsables. Era Aldana. Tuvo que protegerla de las mismas autoridades del colegio. Ya hartas, las dos llenaron de carteles el Ministerio de Educación. Casi todos los días iban a charlar después de clases allí y dejaban una carta que ya era carpeta. —¡Tarde o temprano seremos escuchadas! —se decían la una a la otra. Demetria dejó de ejercer como profesora y paso a ser directora el mismo año que Aldana se graduó. Y aún siguen luchando; solo que ahora tienen más respaldo. Aldana había hecho su parte y convencido a más gente, tanto alumnos como padres, y Demetria a docentes.

miércoles, 22 de abril de 2026

Curvas peligrosas

Marco llega al estacionamiento, en su Mercedes de colección, de un edificio ubicado en el microcentro porteño después de dejar a sus hijas en el colegio y de haber pasado la noche con su novia, Amalia.
Ella es una mujer de treinta y dos años, rubia como el oro, con unos ojos azules profundos, siempre sonriente, de figura firme y un perfume dulce.
Al llegar al último piso, donde radica su empresa de ciberseguridad, saluda a todos y sigue su ruta hacia su oficina privada. Allí afuera lo espera Diana: una deslumbrante morocha de piel trigueña y ojos color miel, con el celular en una mano y, en la otra, una carpeta con un pendrive encima.
Marco, un hombre sonrisal, le agradece e intenta hacerla reír con un chiste.
 Diana, vestida de negro con un conjunto tailleur y una blusa escotada que insinúa sus atractivos senos, lo mira, le entrega la carpeta y el pendrive, esboza una media sonrisa y se retira dejando una estela de un perfume amaderado.
Diana era la joya del edificio.
 Era eficaz, empática, práctica, expeditiva y un "bombón", como la llamaban.
 Los tres primeros pisos pertenecían a abogados y, siempre que veían a Marco, le preguntaban cuándo la iba a despedir para contratarla ellos; decían que "se la compraban". Marco, siempre renuente y cuidándose de Recursos Humanos, solo decía que Diana era una secretaria y nada más; en la intimidad fantaseaba con ella. Luego se quedaba pensando en ese escote, en la curva de sus pechos y sus muslos y en el porqué trabajaba ella allí; Marco sabe que ella tiene granjas de criptomonedas y propiedades. 
Es divorciada y maneja un auto de hace tres años.
El perfume se desvanece en el aire. Marco pone música y Cerati canta que su corazón se vuelve delator. Marco pone manos a la obra, enciende la computadora y abre el pendrive.
 Revisaba los porcentajes cuando llamó su atención el portarretratos digital que tenía en su escritorio: sus dos hijas, desde que nacieron hasta el día de hoy. Cuánto tiempo había pasado.
Recordó sin sentimiento alguno a la madre de las chicas y fue más atrás, a su juventud.
 Evocó sus días como maestro, aquellas mañanas frías donde un trozo de tiza era su única herramienta y el sueldo apenas una ilusión que se escurría entre los dedos antes de llegar a fin de mes.
 Era una batalla constante contra los números rojos, una lucha digna pero agotadora por intentar enseñar futuro cuando el presente le resultaba tan escaso. 
Recordó el olor a aula vieja y el sonido de las hojas de los cuadernos, una vida austera que hoy parecía pertenecerle a otro hombre.
Luego, su mente se detuvo en el barro y el pasto. Sus días de jugador de rugby, cuando el mundo se reducía a ochenta minutos de choque y honor.
 Una pequeña lesión en el cuello aún le molestaba; había sido un tackle feroz, de esos donde el tiempo se detiene. Él había dado de lleno contra otro jugador más grande, un impacto que le sacudió hasta los pensamientos pero que terminó con la pelota recuperada. Todavía sentía en la boca ese sabor a sangre y tierra, el gusto agridulce de una gloria pasada que no necesitaba de Mercedes ni de empresas para sentirse real.
¡Juventud añorada!
Sabía que debía volver al presente, pero repasó sus momentos, los amó y volvió a la realidad. El ventanal que mostraba la ciudad se había opacado; la lluvia caía con furia. ¿Cuánto tiempo había estado en el pasado?
—Una eternidad —se dijo, y buscó a Diana.
Ella estaba sentada en su escritorio con las piernas extendidas, mirando fijamente el monitor. Se veía majestuosa, toda curvilínea.
—¡Quién fuera piloto de carreras para manejar sobre esas curvas! —pensó.
Era el chiste del edificio; muchas veces lo había oído y esta vez, más que nunca, lo entendió. En ese edificio trabajaban aproximadamente unas cien mujeres; Diana era la pista de carreras, la mujer maravilla, el bombón asesino.
Un rayo iluminó el cielo y, junto con él, se encendió el celular de Marco: su hija quería una fiesta de cumpleaños temática. Sin pensarlo le dijo que sí. después de todo, lo hacía más por ellas que por su ego. Como Diana tenía una amiga que organizaba eventos, la llamó. Diana entró a la oficina con el celular en la mano y le dijo que Agatha tenía otros estándares, aunque podría preguntar. Marco le agradeció y ella se retiró a hablar con Agatha. Se escuchaba la risa de Diana y el: —Qué fina te volviste, amiga, dejá el salmón noruego—.
Marco abrió la red social de esta organizadora de eventos y, vaya, no se andaba con pequeñeces la pelirroja: fiestas de blanco y negro, casamientos, eventos de caridad y hasta cumpleaños de famosos. Todo calidad premium y ella, como siempre, impecable. Sexy y sublime casi siempre mirando fijo a la cámara y vestida de azul. No acepta canjes, no hace propaganda más que a sí misma y, en una foto, está en una playa con Diana tomando mojitos; la imagen era espectacular.
Cuando la verdadera Diana entró, rompió el hechizo de sus ojos miel y su risa en la foto diciendo:
—Vas a tener que ir conmigo y, desde ya te aviso, que Agatha no es tan amable como yo; esto lo hago por tu hija.
—Gracias —respondió él.
La jornada terminó y Marco pasó a buscar a Amalia. Fueron a comer, luego a pasear y, más tarde, Amalia, siempre hermosa y dulce, escuchó atenta el pedido de la hija de Marco y cómo Diana lo iba a ayudar.
—Diana es una gran salvadora, ¿verdad? —dijo con ironía.
—No seas celosa, Amalia.
—Tiene más de cuarenta años y todos en ese edificio la desean, opaca hasta a las de veinte. ¿Qué tendrá?
—Eficiencia, cultura...
—Ok, ya entendí. Comé, mi amor, que esta noche el postre es muy dulce.
Se mordió los labios, hizo un gesto coqueto con el pelo y señaló la curva de sus senos. Aún caían pequeñas gotas de lluvia cuando llegaron a casa de Marco y Amalia se le lanzó al cuello en pleno ascensor con ferocidad. Era un cuerpo dulce en exceso, podía empalagar; por eso Marco la degusta como al extracto de vainilla, en pequeñas dosis, aunque esta noche fue imposible.
A la tarde siguiente, Marco y Diana se dirigieron al hotel palermitano donde Agatha tenía su oficina. Al entrar al vestíbulo, los acompañaron por un ascensor privado hasta llegar al primer piso y toparse con una puerta de cristal con el nombre de Agatha. 
Ella, una imponente pelirroja vestida de blue jeans y camisa azul, abrazó a Diana y la acompañó a su oficina dejando atrás a Marco.
 Cuando se dio cuenta del error, simplemente agachó los ojos y dijo:
—Por aquí, tome asiento y explíqueme su plan. ¿Usted no es el "nuevo Iron Man" argentino?
—¿Y usted de dónde sacó ese apodo?-Por demás incómodo respondió Marco.- 
—Tengo contactos. ¿Ya tiene el contrato con el ejército?-
Marco no se lo había dicho a nadie más que a los inversores. Le molestó que esta mujer supiera tanto, más esquivó el dardo envenenado y dijo:
—Mi hija quiere una fiesta para su cumpleaños aquí.-
—¿Cuántas personas?-
—Cincuenta.-
—¿Nada más? Yo me dedico a eventos grandes y de nivel.
Sus ojos negros eran un abismo de frustración; Agatha no organizaba cumpleaños íntimos. Miró a Diana, quien con la cabeza le señaló que había herido a su jefe.
—Si pudiesen agregar más gente, que sean setenta mínimo, sería viable.
Marco la miraba; era una mujer muy hermosa pero muy petulante. Diana seguía haciendo gestos hasta que Agatha la llamó aparte.
—Por favor, la nena quiere y él va a pagar.
—Por supuesto que va a pagar, pero ¿"la nena" no tiene amigos? No pido que sea la reina del baile, solo que no sea la ñoña inadaptada, Diana.
—Siempre fuiste una perra, jajaja... Mean girl —rió Diana.
—¿Regina George? Esa eras vos por lo que me dijeron; la inadaptada era yo, siempre estudiosa, pero tenía amigos aparte de los libros. Esta nena, ¿qué onda?-
—Podés hacerlo, a la chiquita le vendría bien.-
—Lo haré, pero con esta me debés dos.-
—¿Dos?-
—¡Sí, la otra por no acompañarme a Praga!-
Y las dos soltaron la carcajada. Volvieron y Agatha, seria, le pasó a Marco —que había observado todo el interludio con ojos agigantados ante los cambios de esas dos mujeres— una tablet con el salón, las flores y demás detalles. Marco lo miró y pensó en su hija; sí, era un precio excesivo, pero era "la marca" y él sabía de eso.
—¿Le parece bien ese paquete?
—Sí —respondió cortante.
—Perfecto, traeré los papeles.
Mientras iba saliendo, casi se tropieza con una rubia vestida de rojo que se sacaba fotos.
—Disculpe, ¿qué hace y cómo entró?-
—Ah, hola. Soy Amalia, señorita Agatha, la pareja de Marco —dijo Amalia señalando hacia dentro de la oficina.-
—La junta fue estipulada para dos personas. No se me avisó de nadie más. Deberá retirarse.-
Amalia hacía gestos e intentaba llamar la atención de Marco, que conversaba gratamente con Diana. Al verlos así, empezó a gritar. Agatha llamó a seguridad.
 Estaban a punto de retirarla casi a empujones cuando Marco se dio cuenta de lo que pasaba y pidió disculpas, mientras Diana intervenía ante Agatha para detener a los guardias. Al final la hicieron pasar; saludó forzadamente a Diana, besó exageradamente a Marco y le agradeció efusivamente a Agatha.
Agatha, seria como un juez, la miró despectivamente mientras Amalia decía que la fiesta tenía que ser temática.
—No más Moana, por favor —acotó Agatha.
Diana no contuvo la risa.
—Cierto, la fiesta sería temática, pero quédese tranquila: digamos de princesa, flores, alguna corona.
—El vestuario no corre por mí cuenta, solo la decoración y el buffet —aclaró Agatha.
—Claro, el que vi está bien con algunos globos.-
—¿Globos plateados? Porque no pensará en esos de animales...-
—No, señorita, mi hija es grande, no necesita un payaso.-
—Cuánto me alegro. Esto, como ya le expliqué, es un servicio VIP.
Y se levantó de su silla de reina como una alta pelirroja con algunos lunares en la piel y un metro de piernas bajo esos jeans ajustados ese cinto Gucci que marcaba su preciosa cintura. En ese instante, el aire de la oficina se volvió denso. Marco sintió cómo el perfume dulce y empalagoso de Amalia chocaba contra la madera seca de Diana y la fragancia fría, casi metálica, de Agatha. Era un campo de batalla invisible donde él, a pesar de su fortuna, se sentía repentinamente vulnerable.
A Amalia no le alcanzaban las palabras para expresar lo que significaba estar ahí con la organizadora más famosa del mundo. Marco le pidió discreción y Diana fingió no escucharla, aunque sonreía de reojo. Amalia lo notó y disparó:
—Mirá, "bombón asesino", esta mujer es famosa en las redes, organizó los eventos más chic. ¿A ella también la envidiás como a mí por tener a Marco? Siempre sola, la pobre.
Diana se rió a más no poder en la cara de Amalia; la había soportado demasiado. Marco intentó hablar, pero Agatha volvió con un contrato y una bolsa de regalos. 
Le entregó el contrato a Marco y le dio la bolsa de regalos a Diana como quien entrega algo valioso. Diana la abrazó; Agatha le dijo: —La próxima vení, el vodka es espectacular, los puentes son una maravilla arquitectónica y....
—¿Cómo? O sea, ¿ustedes dos son pareja? —disparó Amalia con los ojos abiertos como faros.
Agatha la miró de arriba abajo desdeñosamente y terminó la frase: —Los hombres excesivamente caballerosos y guapos.
Marco se quedó mudo reflexionando. 
Entre esas tres mujeres hermosas había más de cien años de vivencias, belleza y las curvas más peligrosas. Sin embargo, a su manera, cada una estaba llena de defectos; eran las curvas que solo una pista de carreras que un experto podía sortear y ganar.
 Él era experto en el ovoide del rugby y, aunque ahora estuviera dispuesto a enfrentar todos los peligros de la vida, sabía que no servía de nada acelerar si no tenía un norte.
Podría acelerar la pista con Amalia si se comportaba mejor ante las personas y seguir soñando con Diana inclusive admirar a Agatha de lejos durante la fiesta. 
Se acomodó el nudo de la corbata y soltó un suspiro; caminar entre Amalia, Diana y Agatha juntas era como jugar un mundial sin protección.
Firmo el contrato pago la mitad y siguió pensando Agatha más que una pista de carreras era una curva cerrada Amalia era la más fácil.
Más viéndola comportarse así como lo hizo lo defraudo ella habia quedado en ridiculo pero siguió alabando a Agatha mientras ella se miraba con Diana con maldad en los ojos.
Manejar esas pistas a alta velocidad intentando llegar a la meta sin cinturón de seguridad en cada curva girar y tomar la otra... era difícil más no imposible por ahora solo derrapara la pista que tenia segura aunque muy dulce:Amalia.
 Marco ya no era el maestro que temía a los números rojos, sino el dueño de su propio destino.
Entendió que su verdadera victoria no estaba en los negocios ni en los lujos, sino en asegurar que, al final del día, el camino fuese derecho y siempre lo llevara de vuelta al abrazo de sus hijas.

domingo, 12 de abril de 2026

Amado esposo

A sus treinta y dos años Olivia sin querer encontró al amor de su vida: Lucio. Un hombre de treinta y cinco años cirujano simpático, con un buen pasar económico una familia simple pero cariñosa y lo más importante que la quería y valorara por lo que ella era. El tiempo transcurre entre flores y bombones de parte de Lucio hasta que los lleva altar. Una bella boda pequeña pero Olivia con su vestido de novia esta hermosa y Lucio con su traje azul marino muy elegante, sus abuelos estuvieron presentes y eso fue un regalo aparte por parte de Lucio hacia ella. Una recepción pequeña y felicidad enorme.
A los dos años de casados llego Valentin una niña sana tez trigueña a sus vidas y no se los podía creer más felices Lucio asistió al parto y acompañó a Olivia todos los días hasta en sus peores antojos. A partir de ahí la vida empezó a cambiarles más drásticamente las noches sin dormir los horarios de las cirugías adelantados pero siguieron felices en su amor. Firmes vencerian al mundo y a todas las contras que les vinieses. Cuando discutían terminan la discusión con una frase: -Acordemos no de estar de acuerdo.- Y cada uno se retira a hacer lo que mejor les plazca.
Lucio seguía con sus peluches y sus rosas solo que ahora eran divididos entre Olivia y Valentina. Y de una extraña forma Olivia lo resentia. Amaba a su hija con todo su ser pero al ver a Lucio cargando a Valentina diciéndole: Mi niña Valiente. Cuando ella Olivia la había traído al mundo en un parto doloroso le molestaba. Lucio se dormía en la habitación con Valentina en sus brazos y Olivia se acercaba para llevarla a la cuna y empezaba a llorar siempre Lucio se despertaba y la llevaba él pero se quedaba dormido contando historias hablándole como si ya fuera una niña grande. Mientras Olivia intentaba dormir su dilema. Lucio y su horario. Lucio y Valentina. Ella había renunciado al trabajo por el embarazo y ahora no tenía donde ir en todo el día no tenía más compañia que Valentina. Y Valentina solo quería estar con Lucio. Se sentía fatal por sentir eso. Más no podía dejar de sentir. No tenía un interruptor para apagar ese sentimiento. Y el abandono. Extrañaba las sorpresas de Lucio las cenas románticas a la luz de las velas los pétalos de rosa regados en la cama las flores y todo aquello. Su corazón se lleno de codicia de romanticismo. Admitía estar pidiendo más y mucho más. Los meses transcurrían y por fin Lucio se dio cuenta que Olivia no estaba bien ya ni se peinaba. No hablaron simplemente la volvió a llenar de aquello que tanto extraña.
Pero el alivio duró poco. Olivia se volvió dependiente, una sombra que lo perseguía por la casa reclamando cada segundo de su existencia. Lucio, agotado por las guardias y por la demanda incesante de una mujer que ya no reconocía, empezó a sentir que el amor se convertía en odio. El cansancio era una costra en su mirada.
Una madrugada, el dolor físico estalló en el vientre de Olivia. Era una apendicitis aguda, clara y peligrosa. En el hospital, en medio del caos de la guardia, ella lo agarró con una fuerza sobrenatural, desencajada y fuera de sí.
— ¡No voy a dejar que nadie más me toque! —gritó Olivia, su voz resonando en las paredes frías del hospital—. ¡Operame vos, Lucio! ¡Quiero que seas vos! ¡Te lo ordeno, juralo! ¡QUIERO QUE SEAS VOS!
Lucio la miró. En ese momento no vio a la mujer de la que se enamoró, sino el ancla que lo estaba hundiendo en un mar de miseria. Entró al quirófano con una calma gélida. Mientras abría el tejido, el llanto de Valentina en su memoria y los reclamos de Olivia se mezclaron en un zumbido ensordecedor. Ya no quería más escenas, ya no quería más súplicas ni más flores compradas por obligación.
Al momento de cerrar, Lucio sostuvo la jeringa en su mano. 
Miró el rostro sedado de su esposa y, con una decisión silenciosa y oscura, la dejó adentro. Sabía perfectamente lo que hacía. Sabía que esa jeringa sería el final de su agonía mutua. Cosió la herida con una prolijidad aterradora, ocultando el arma bajo la piel.
Olivia nunca despertó .
.Ante el cuerpo inerte, Lucio no derramó una sola lágrima. 
Con la misma mano que había dejado la jeringa, tomó una lapicera y firmó el acta de defunción sin temblar. Dejó el papel sobre el escritorio de la clínica y caminó hacia la salida.
 Se fue del hospital sin mirar atrás, sintiendo por primera vez en años que podía respirar, mientras el secreto quedaba sepultado junto con ella
Y él volvió a su libertad.

martes, 17 de marzo de 2026

"Dominadora de noche"

Nacida y criada en un hogar disfuncional donde su padre se fue al enterarse de que su esposa tenía cáncer y su hermana murió de pena tras la muerte de la misma, Fiama siempre alerta a todo jamás se perdonó ni la muerte de su madre ni la de su hermana Greta.
Por eso estudió medicina y se especializó en oncología.
Lee va bastante bien, tiene su nombre y su prestigio.
Es realmente buena en lo que hace, es empática y ese don es muy preciado, más cuando tiene pacientes terminales.
No podía recordar a todos, pero sí a varios, a uno en especial: un hombre adinerado que se negó a hacer quimioterapia y solo esperó morir, con un profundo dolor que ni la máxima dosis de morfina calmaba.
Ella, en un acto de piedad, se quedó con él mientras agonizaba. Antes de morir le confesó que había sido infiel miles de veces a su esposa, tantas que lo había descubierto y llevado con ella a su hijo; hacía años no lo veía, calculaba que ahora sería un hombre derecho.
También que su dinero estaba manchado con sangre.
Que se había unido en su momento a toda mafia de guante blanco que se le cruzara y por eso soportaba la agonía.
Fiama lo miró con sus ojos tristes y le pidió que se calmara.
—Eres tan dulce… ¿Qué te habrá pasado para ser esta médica de corazón?
—Nada.
—Tan bella, sin prejuicios, escuchaste todo lo que confesé quieta, solo mirándome con tus ojos… Debes haber sufrido mucho o simplemente eres un ángel en la tierra…
Fiama iba a responder, pero el paciente falleció.
Lo cubrió con la sábana, marcó la hora del deceso y se marchó.
Fiama no iba a confesar nada.
Ella tenía una doble vida. Hacía años, para sustentar la facultad, empezó a prostituirse de vez en cuando, una o dos veces al año, con señores mayores que pagaban muy bien.
Lidia, su compañera, le presentó a uno que quería ser dominado y le explicó cómo hacerlo. Fiama aceptó el reto y le gustó… tener el control, humillarlo, maltratarlo y aún así, sin acto sexual, cobrar.
Investigó sobre el tema del sadomasoquismo y BDSM.
Era un mercado exclusivo.
Fiama invirtió el dinero ganado en ropa de cuero y látigos.
Con el pasar de los años juntó lo suficiente como para alquilar un departamento de dos habitaciones y moldear una para que pareciera una cueva con paredes rojas, cruces y una cama de postes con arneses para atar.
Allí tenía su peluca pelirroja natural y otros accesorios para ser Valquiria; ese era su nombre de dominatriz.
Sus parejas a lo largo de los años fueron hombres agradables que nunca supieron nada de su otra vida; algunos jugaban juegos de roles, otros no, ninguno pidió dominar ni ser dominado.
Pero ninguno le alcanzó para formar una familia y dejar a Valquiria en el pasado.
Tal vez no eran ellos, era ella que necesitaba el control absoluto en su vida… tal vez.
En la clínica ella era la que prescribía tratamientos y daba las malas y buenas noticias.
En su casa ella limpiaba y ordenaba.
Fiama.
En el departamento ella también limpiaba y ordenaba, sobre todo el cajón de perfumes para hombres; como su clientela era mayormente hombres casados de buen rango económico, ella guardaba en un cajón sus perfumes para que luego de bañarse se los pusieran y así evitar problemas.
Obviamente, antes de entrar, todos los clientes dejaban sus pertenencias en un cajón.
Y allí Valquiria es quien ordenaba como reina de un paraíso muy parecido al averno, pero que muchos gozaban.
Era una dualidad como la de cualquier mujer… explicó una vez, pero la juzgaron de tal manera que solo decidió nunca más rendir explicaciones a nadie.
Lunes, miércoles y jueves, Fiama era completamente Fiama.
Jamás atendía un cliente esos días. Jamás respondía un mensaje de esa índole.
Era Fiama amando su hogar mientras estaba en él y luchando contra el cáncer de sus pacientes.
Viernes y sábados era más Valquiria, aunque sí atendía cosas de Fiama.
Fiama siempre ganaba por más que no hubiera una lucha entre ellas.
Los domingos simplemente miraba televisión, resolvía algún trámite de cualquiera de sus trabajos y era ambas o ninguna.
No sentía conflicto de estar dividida; ambos roles eran totalmente normales para ella.
Y en ambos era la mejor.
Ya se había cansado de psicólogos sin títulos a los cuales tenía que justificar sus acciones; ya de pequeña tuvo las ideas claras en su cabeza, aún luego de enterrar a su hermana Greta y quedar ella sola en el mundo y en esa época tan oscura de su vida sí tuvo terapeutas que sí se habían ganado el título.
Fiama amaba la vida a su manera.
No lastimaba a nadie si no se lo pedían y las heridas siempre eran superficiales y por ellos pedidas.
Un cliente una vez quiso probar wax play: un juego con velas y por un mal movimiento suyo salió con una pequeña quemadura en la espalda.
Los latigazos y gritos eran más lo suyo; sentía un inmenso placer cuando le lamían las botas a modo de saludo, a partir de entonces todo era dominación.
Fiama debía luchar con fuerzas más grandes que ella y vencerlas.
Un domingo lavaba las sábanas de ambas camas aunque muy rara vez durmiera en la cama de postes; era muy meticulosa en tener todo limpio, dejó andando el lavarropas y fue a comprar un perfume para la casa y otras cosas a la farmacia cuando vio en la pantalla lo mal que estaba el mundo.
Cuántos colegas de ella estaban sin empleo y agradeció su suerte, más se quedó un gusto a podrido en la boca mientras caminaba; le llegó un mensaje de su excompañera, aquella que la introdujo en el mundo de la dominación.
Fue tan triste el texto que Fiama hizo una introspección en su vida y se dio cuenta de que tenía demasiado.
Aunque siempre donara, esto ya era un pedido de auxilio urgente.
Leslie estaba en apuros y no solo ella.
Llegó a su casa con su vestido amarillo y pensó, ubicó horarios, personas, clientes, pacientes y tuvo un pequeño sueño.
Armar una salita de urgencias; para lograrlo tendría que ser Valquiria de lunes a sábados.
Usaría más la “casa roja” como solía llamarla, ya que allí todo o casi era rojo y negro.
Desde los látigos hasta su ropa.
Aprovecharía su alquiler; de tanto escuchar a los ricos quejarse de sus aburridas esposas, les pediría dinero para donaciones.
A ellos les sobraba lo que otros necesitaban; Fiama y Valquiria serían un puente magnífico.
Al principio ser Valquiria todas las noches fue cansado, pero logró acostumbrarse a la peluca roja y los corsets rojos con encaje negro, a dar latigazos fuertes y hasta a bailar para un diputado una danza árabe que Leslie le enseñó, pero las horas de práctica fueron bien invertidas.
El “caballero” le donó un terreno a medio construir.
Y así, entre vestidos color pastel sobre guardapolvo blanco, era Fiama la que daba la cara para donaciones menores con su cabello marrón y su sonrisa; les contó la situación a las familias adineradas de la clínica hasta que le ofrecieron hacer una cena de beneficencia con lo recaudado terminaron de construir la salita.
Leslie juntaba donaciones de farmacéuticas.
Los amigos de ambas pintaban y demás.
Un domingo mientras Fiama pasaba por la casa roja a lavar las sábanas recibió un llamado de urgencia: un paciente quería verla, era un señor que estaba internado.
Fue a su casa, puso a andar el lavarropas y se puso un vestido amarillo, se ató el pelo y puso un poco de labial rosado y se marchó al hospital.
Al llegar, el paciente y ver su historial, se acercó a la habitación, entró con una mirada amable y le dijo:
—Don Joaquín, me estaba buscando, acá me tiene.
—Mi bella Fiama, sabes que muchas veces quise estar con Valquiria y por pudor y respeto no lo hice.
Asombrada, Fiama lo miró y lo negó.
—Mi niña, soy hombre de mundo y me enteré, no te apenes, hermosa; mi amor por mi familia es enorme y entiendo que necesitas el dinero y más ahora. Yo, como habrás visto, estoy entrando en metástasis.
Voy a dejar un donativo para tu salita porque, si bien no conocí a Valquiria, no debe ser tan dulce como Fiama.
Ella golpea, humilla; tú, preciosa, das la mano y sonríes.
¿Cómo convives con esa dualidad?
—Es fácil, a veces hasta siento alivio en castigar a ciertos hombres corruptos. Muchos han estafado a otros menos afortunados, la mayoría son ladrones de guante blanco, don Joaquín.
—Claro, sí, y conocidos míos… tranquila, no diré nada. Soy de la idea de que Dios es amor, pero una dominatriz no ama y tú ni siquiera tienes sexo con ellos… ¿no te creerás la mano de Dios en la Tierra, verdad?
—No, nada más lejos. Quiero ayudar; ahora era solo mi beneficio.
—A esa causa este viejo va a ayudar y si pudiera te sacaría de esa profesión. Aunque el morbo me consume, muéstrame a Valquiria.
—¿En serio, don Joaquín?
—Unas fotos debes tener en tu celular, quiero ver tu otro rostro, no logro imaginarla.
Fiama sacó su móvil y le mostró unas fotos de ella con la peluca roja, vestida de cuero negro y rojo, con botas con cordones largos, con corsets, su maquillaje rojo y negro y algo de la casa roja.
Don Joaquín se rió y admitió que no era suficiente, que quería probarla, pero no lo haría.
Fiama sonrió con su lápiz labial rosado y se acomodó la falda del solero amarillo.
—Doctora, gracias, sé que me queda poco y la verdad me ha impactado. Solo una pregunta y juro llevarme a Valquiria a la tumba y todo lo que sé: ¿es cierto que nada de sexo sucede allí?
—A veces me hacen un oral o se masturban, nada más y en algunos casos los penetro yo a ellos con consoladores. ¿Ya?
—¿Y cómo te atas los cordones de esas botas largas?
—Ay, señor, jajajaja, tienen un cierre oculto.
Y así Fiama se sintió más ligera y habló de casi todo con su paciente hasta que fue la hora de comer y ella se marchó.
Don Joaquín quedó impactado; el contraste de Fiama con Valquiria era espectacular y asombroso. Si le dieran a elegir, él se quedaba con Fiama con su sonrisa amable, su labial rosa y sus atuendos de colores pastel.
Valquiria, aunque majestuosa, no era su clase de mujer.
Al fallecer, este buen samaritano dejó un gran cheque a Fiama que le permitió abrir la salita que nombró “Joaquín” sin apellido porque él no quería reconocimiento alguno, y dejó a todos sus conocidos cartas para que donen en lugar de ir a llevarle flores al cementerio: que lleven gasas, algodones, insumos en general a la salita.
Así Fiama logró tener su salita tan bien que hasta un resonador magnético le donaron, entre sábanas, camas, equipos quirúrgicos, máquinas de rayos X, tanto que casi era un hospital.
Y las donaciones anónimas siempre siguieron llegando todos los meses.
Fiama trabajaba como administradora de la sala de urgencias, hacía sus rondas médicas allí y en la clínica.
Muy de vez en cuando vuelve a ser Valquiria…cuando la sala lo necesita o cuando ella quiere sacarse el stress de el cuerpo.
Sin contar que en su corazón de miel y barro necesita abrir más que una sala y poner en marcha el resonador.
Sino montar un hospital con todos los equipos para la gente que no puede pagarlos.

sábado, 28 de febrero de 2026

"Fantasma de mi"

Me dicen que he estado haciendo cosas raras por la noche.
Yo soy noctámbula, no sonámbula.
Y en mi corazón no hay ese tipo de maldad; es más, se diría que cada vez se vuelve más triste.
Yo no he sido, pero me acusan con vehemencia, me dicen que he tirado cosas de las que yo me he esforzado en recolectar.
Y las voy a tirar.
Justamente yo… que amo mi comodidad.
Mas sus acusaciones son firmes y es su palabra contra la mía.
No queda otra que mostrar que no he tirado nada.
Agaché la cabeza y les mostré que todo estaba en su lugar.
Aún así me miran con dudas en sus ojos, pero más conformes.
Yo, por otro lado, me quedo más tranquila.
Hasta la noche, cuando miro de nuevo algunas cosas y veo que han sido movidas milimétricamente y que solo yo, siendo tan meticulosa, podría haberme dado cuenta.
¿Entonces qué pasó?
No ha habido viento que pueda mover eso.
Es pesado.
Nadie ha entrado o salido más que yo de esta casa.
¿Un viaje torcido astral?
¿Mi cuerpo ha sido poseído?
¿Qué pasó?
Pienso y pienso, me devano los sesos, me sumerjo en mí y…
Es cuando siento una chispa volar sobre mí; de pronto se posa a mi lado y se transforma en una sombra que esconde el rostro.
No me gusta la guija ni las proyecciones.
Me atemorizo.
Mas cuando su silencio ocupó toda la habitación era gélido.
—¿Qué eres?
—Tu yo, o mejor dicho, tu lado malo.
—Pero yo brillo, tú eres opaca y no te muestras; si eres mi maldad deberías ser más arrogante.
Ahora que había confirmado que de alguna manera sobrenatural era yo, dejé de temerle; le faltaba algo…
—Quise revivir, moví las cosas, fue un chascarrillo para despertar.
—Como una niña… Para ser la maldad no tienes muchas esperanzas… Soy más mala consciente; hay maldad en mí, lo sé. Pero tú…
—Soy el fantasma de ti —interrumpió.
¿Fantasma o maldad?
¿Por qué has cambiado tu rol?
No levanta la cabeza y desaparece.
¿Quién era? o ¿que?¿Volverá? ¿Y si es mi lado malo habrá otros lados?

La pregunta queda flotando y yo más intranquila.


Prejuicio enfermo

Profeta de teclado

Falso, falso profeta. Que dices clamar por tu verdad cuando tu voz lo único que declama son mentiras. Profeta caminante que lo único que ...