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martes, 5 de mayo de 2026
Esperanza de una maestra
miércoles, 22 de abril de 2026
Curvas peligrosas
Ella es una mujer de treinta y dos años, rubia como el oro, con unos ojos azules profundos, siempre sonriente, de figura firme y un perfume dulce.
Al llegar al último piso, donde radica su empresa de ciberseguridad, saluda a todos y sigue su ruta hacia su oficina privada. Allí afuera lo espera Diana: una deslumbrante morocha de piel trigueña y ojos color miel, con el celular en una mano y, en la otra, una carpeta con un pendrive encima.
Marco, un hombre sonrisal, le agradece e intenta hacerla reír con un chiste.
Diana era la joya del edificio.
El perfume se desvanece en el aire. Marco pone música y Cerati canta que su corazón se vuelve delator. Marco pone manos a la obra, enciende la computadora y abre el pendrive.
Recordó sin sentimiento alguno a la madre de las chicas y fue más atrás, a su juventud.
Luego, su mente se detuvo en el barro y el pasto. Sus días de jugador de rugby, cuando el mundo se reducía a ochenta minutos de choque y honor.
¡Juventud añorada!
Sabía que debía volver al presente, pero repasó sus momentos, los amó y volvió a la realidad. El ventanal que mostraba la ciudad se había opacado; la lluvia caía con furia. ¿Cuánto tiempo había estado en el pasado?
—Una eternidad —se dijo, y buscó a Diana.
Ella estaba sentada en su escritorio con las piernas extendidas, mirando fijamente el monitor. Se veía majestuosa, toda curvilínea.
—¡Quién fuera piloto de carreras para manejar sobre esas curvas! —pensó.
Era el chiste del edificio; muchas veces lo había oído y esta vez, más que nunca, lo entendió. En ese edificio trabajaban aproximadamente unas cien mujeres; Diana era la pista de carreras, la mujer maravilla, el bombón asesino.
Un rayo iluminó el cielo y, junto con él, se encendió el celular de Marco: su hija quería una fiesta de cumpleaños temática. Sin pensarlo le dijo que sí. después de todo, lo hacía más por ellas que por su ego. Como Diana tenía una amiga que organizaba eventos, la llamó. Diana entró a la oficina con el celular en la mano y le dijo que Agatha tenía otros estándares, aunque podría preguntar. Marco le agradeció y ella se retiró a hablar con Agatha. Se escuchaba la risa de Diana y el: —Qué fina te volviste, amiga, dejá el salmón noruego—.
Marco abrió la red social de esta organizadora de eventos y, vaya, no se andaba con pequeñeces la pelirroja: fiestas de blanco y negro, casamientos, eventos de caridad y hasta cumpleaños de famosos. Todo calidad premium y ella, como siempre, impecable. Sexy y sublime casi siempre mirando fijo a la cámara y vestida de azul. No acepta canjes, no hace propaganda más que a sí misma y, en una foto, está en una playa con Diana tomando mojitos; la imagen era espectacular.
Cuando la verdadera Diana entró, rompió el hechizo de sus ojos miel y su risa en la foto diciendo:
—Vas a tener que ir conmigo y, desde ya te aviso, que Agatha no es tan amable como yo; esto lo hago por tu hija.
—Gracias —respondió él.
La jornada terminó y Marco pasó a buscar a Amalia. Fueron a comer, luego a pasear y, más tarde, Amalia, siempre hermosa y dulce, escuchó atenta el pedido de la hija de Marco y cómo Diana lo iba a ayudar.
—Diana es una gran salvadora, ¿verdad? —dijo con ironía.
—No seas celosa, Amalia.
—Tiene más de cuarenta años y todos en ese edificio la desean, opaca hasta a las de veinte. ¿Qué tendrá?
—Eficiencia, cultura...
—Ok, ya entendí. Comé, mi amor, que esta noche el postre es muy dulce.
Se mordió los labios, hizo un gesto coqueto con el pelo y señaló la curva de sus senos. Aún caían pequeñas gotas de lluvia cuando llegaron a casa de Marco y Amalia se le lanzó al cuello en pleno ascensor con ferocidad. Era un cuerpo dulce en exceso, podía empalagar; por eso Marco la degusta como al extracto de vainilla, en pequeñas dosis, aunque esta noche fue imposible.
A la tarde siguiente, Marco y Diana se dirigieron al hotel palermitano donde Agatha tenía su oficina. Al entrar al vestíbulo, los acompañaron por un ascensor privado hasta llegar al primer piso y toparse con una puerta de cristal con el nombre de Agatha.
—Por aquí, tome asiento y explíqueme su plan. ¿Usted no es el "nuevo Iron Man" argentino?
—¿Y usted de dónde sacó ese apodo?-Por demás incómodo respondió Marco.-
—Tengo contactos. ¿Ya tiene el contrato con el ejército?-
—Mi hija quiere una fiesta para su cumpleaños aquí.-
—¿Cuántas personas?-
—¿Nada más? Yo me dedico a eventos grandes y de nivel.
Sus ojos negros eran un abismo de frustración; Agatha no organizaba cumpleaños íntimos. Miró a Diana, quien con la cabeza le señaló que había herido a su jefe.
—Si pudiesen agregar más gente, que sean setenta mínimo, sería viable.
Marco la miraba; era una mujer muy hermosa pero muy petulante. Diana seguía haciendo gestos hasta que Agatha la llamó aparte.
—Por favor, la nena quiere y él va a pagar.
—Por supuesto que va a pagar, pero ¿"la nena" no tiene amigos? No pido que sea la reina del baile, solo que no sea la ñoña inadaptada, Diana.
—Siempre fuiste una perra, jajaja... Mean girl —rió Diana.
—¿Regina George? Esa eras vos por lo que me dijeron; la inadaptada era yo, siempre estudiosa, pero tenía amigos aparte de los libros. Esta nena, ¿qué onda?-
—Lo haré, pero con esta me debés dos.-
—¿Dos?-
—¡Sí, la otra por no acompañarme a Praga!-
Y las dos soltaron la carcajada. Volvieron y Agatha, seria, le pasó a Marco —que había observado todo el interludio con ojos agigantados ante los cambios de esas dos mujeres— una tablet con el salón, las flores y demás detalles. Marco lo miró y pensó en su hija; sí, era un precio excesivo, pero era "la marca" y él sabía de eso.
—¿Le parece bien ese paquete?
—Sí —respondió cortante.
—Perfecto, traeré los papeles.
Mientras iba saliendo, casi se tropieza con una rubia vestida de rojo que se sacaba fotos.
—Disculpe, ¿qué hace y cómo entró?-
—Ah, hola. Soy Amalia, señorita Agatha, la pareja de Marco —dijo Amalia señalando hacia dentro de la oficina.-
—La junta fue estipulada para dos personas. No se me avisó de nadie más. Deberá retirarse.-
Amalia hacía gestos e intentaba llamar la atención de Marco, que conversaba gratamente con Diana. Al verlos así, empezó a gritar. Agatha llamó a seguridad.
Agatha, seria como un juez, la miró despectivamente mientras Amalia decía que la fiesta tenía que ser temática.
—No más Moana, por favor —acotó Agatha.
Diana no contuvo la risa.
—Cierto, la fiesta sería temática, pero quédese tranquila: digamos de princesa, flores, alguna corona.
—El vestuario no corre por mí cuenta, solo la decoración y el buffet —aclaró Agatha.
—Claro, el que vi está bien con algunos globos.-
—¿Globos plateados? Porque no pensará en esos de animales...-
—No, señorita, mi hija es grande, no necesita un payaso.-
—Cuánto me alegro. Esto, como ya le expliqué, es un servicio VIP.
Y se levantó de su silla de reina como una alta pelirroja con algunos lunares en la piel y un metro de piernas bajo esos jeans ajustados ese cinto Gucci que marcaba su preciosa cintura. En ese instante, el aire de la oficina se volvió denso. Marco sintió cómo el perfume dulce y empalagoso de Amalia chocaba contra la madera seca de Diana y la fragancia fría, casi metálica, de Agatha. Era un campo de batalla invisible donde él, a pesar de su fortuna, se sentía repentinamente vulnerable.
A Amalia no le alcanzaban las palabras para expresar lo que significaba estar ahí con la organizadora más famosa del mundo. Marco le pidió discreción y Diana fingió no escucharla, aunque sonreía de reojo. Amalia lo notó y disparó:
—Mirá, "bombón asesino", esta mujer es famosa en las redes, organizó los eventos más chic. ¿A ella también la envidiás como a mí por tener a Marco? Siempre sola, la pobre.
Diana se rió a más no poder en la cara de Amalia; la había soportado demasiado. Marco intentó hablar, pero Agatha volvió con un contrato y una bolsa de regalos.
—¿Cómo? O sea, ¿ustedes dos son pareja? —disparó Amalia con los ojos abiertos como faros.
Agatha la miró de arriba abajo desdeñosamente y terminó la frase: —Los hombres excesivamente caballerosos y guapos.
Marco se quedó mudo reflexionando.
Podría acelerar la pista con Amalia si se comportaba mejor ante las personas y seguir soñando con Diana inclusive admirar a Agatha de lejos durante la fiesta.
domingo, 12 de abril de 2026
Amado esposo
martes, 17 de marzo de 2026
"Dominadora de noche"
Por eso estudió medicina y se especializó en oncología.
Lee va bastante bien, tiene su nombre y su prestigio.
Es realmente buena en lo que hace, es empática y ese don es muy preciado, más cuando tiene pacientes terminales.
No podía recordar a todos, pero sí a varios, a uno en especial: un hombre adinerado que se negó a hacer quimioterapia y solo esperó morir, con un profundo dolor que ni la máxima dosis de morfina calmaba.
Ella, en un acto de piedad, se quedó con él mientras agonizaba. Antes de morir le confesó que había sido infiel miles de veces a su esposa, tantas que lo había descubierto y llevado con ella a su hijo; hacía años no lo veía, calculaba que ahora sería un hombre derecho.
También que su dinero estaba manchado con sangre.
Que se había unido en su momento a toda mafia de guante blanco que se le cruzara y por eso soportaba la agonía.
Fiama lo miró con sus ojos tristes y le pidió que se calmara.
—Eres tan dulce… ¿Qué te habrá pasado para ser esta médica de corazón?
—Nada.
—Tan bella, sin prejuicios, escuchaste todo lo que confesé quieta, solo mirándome con tus ojos… Debes haber sufrido mucho o simplemente eres un ángel en la tierra…
Fiama iba a responder, pero el paciente falleció.
Lo cubrió con la sábana, marcó la hora del deceso y se marchó.
Fiama no iba a confesar nada.
Ella tenía una doble vida. Hacía años, para sustentar la facultad, empezó a prostituirse de vez en cuando, una o dos veces al año, con señores mayores que pagaban muy bien.
Lidia, su compañera, le presentó a uno que quería ser dominado y le explicó cómo hacerlo. Fiama aceptó el reto y le gustó… tener el control, humillarlo, maltratarlo y aún así, sin acto sexual, cobrar.
Investigó sobre el tema del sadomasoquismo y BDSM.
Era un mercado exclusivo.
Fiama invirtió el dinero ganado en ropa de cuero y látigos.
Con el pasar de los años juntó lo suficiente como para alquilar un departamento de dos habitaciones y moldear una para que pareciera una cueva con paredes rojas, cruces y una cama de postes con arneses para atar.
Allí tenía su peluca pelirroja natural y otros accesorios para ser Valquiria; ese era su nombre de dominatriz.
Sus parejas a lo largo de los años fueron hombres agradables que nunca supieron nada de su otra vida; algunos jugaban juegos de roles, otros no, ninguno pidió dominar ni ser dominado.
Pero ninguno le alcanzó para formar una familia y dejar a Valquiria en el pasado.
Tal vez no eran ellos, era ella que necesitaba el control absoluto en su vida… tal vez.
En la clínica ella era la que prescribía tratamientos y daba las malas y buenas noticias.
En su casa ella limpiaba y ordenaba.
Fiama.
En el departamento ella también limpiaba y ordenaba, sobre todo el cajón de perfumes para hombres; como su clientela era mayormente hombres casados de buen rango económico, ella guardaba en un cajón sus perfumes para que luego de bañarse se los pusieran y así evitar problemas.
Obviamente, antes de entrar, todos los clientes dejaban sus pertenencias en un cajón.
Y allí Valquiria es quien ordenaba como reina de un paraíso muy parecido al averno, pero que muchos gozaban.
Era una dualidad como la de cualquier mujer… explicó una vez, pero la juzgaron de tal manera que solo decidió nunca más rendir explicaciones a nadie.
Lunes, miércoles y jueves, Fiama era completamente Fiama.
Jamás atendía un cliente esos días. Jamás respondía un mensaje de esa índole.
Era Fiama amando su hogar mientras estaba en él y luchando contra el cáncer de sus pacientes.
Viernes y sábados era más Valquiria, aunque sí atendía cosas de Fiama.
Fiama siempre ganaba por más que no hubiera una lucha entre ellas.
Los domingos simplemente miraba televisión, resolvía algún trámite de cualquiera de sus trabajos y era ambas o ninguna.
No sentía conflicto de estar dividida; ambos roles eran totalmente normales para ella.
Y en ambos era la mejor.
Ya se había cansado de psicólogos sin títulos a los cuales tenía que justificar sus acciones; ya de pequeña tuvo las ideas claras en su cabeza, aún luego de enterrar a su hermana Greta y quedar ella sola en el mundo y en esa época tan oscura de su vida sí tuvo terapeutas que sí se habían ganado el título.
Fiama amaba la vida a su manera.
No lastimaba a nadie si no se lo pedían y las heridas siempre eran superficiales y por ellos pedidas.
Un cliente una vez quiso probar wax play: un juego con velas y por un mal movimiento suyo salió con una pequeña quemadura en la espalda.
Los latigazos y gritos eran más lo suyo; sentía un inmenso placer cuando le lamían las botas a modo de saludo, a partir de entonces todo era dominación.
Fiama debía luchar con fuerzas más grandes que ella y vencerlas.
Un domingo lavaba las sábanas de ambas camas aunque muy rara vez durmiera en la cama de postes; era muy meticulosa en tener todo limpio, dejó andando el lavarropas y fue a comprar un perfume para la casa y otras cosas a la farmacia cuando vio en la pantalla lo mal que estaba el mundo.
Cuántos colegas de ella estaban sin empleo y agradeció su suerte, más se quedó un gusto a podrido en la boca mientras caminaba; le llegó un mensaje de su excompañera, aquella que la introdujo en el mundo de la dominación.
Fue tan triste el texto que Fiama hizo una introspección en su vida y se dio cuenta de que tenía demasiado.
Aunque siempre donara, esto ya era un pedido de auxilio urgente.
Leslie estaba en apuros y no solo ella.
Llegó a su casa con su vestido amarillo y pensó, ubicó horarios, personas, clientes, pacientes y tuvo un pequeño sueño.
Armar una salita de urgencias; para lograrlo tendría que ser Valquiria de lunes a sábados.
Usaría más la “casa roja” como solía llamarla, ya que allí todo o casi era rojo y negro.
Desde los látigos hasta su ropa.
Aprovecharía su alquiler; de tanto escuchar a los ricos quejarse de sus aburridas esposas, les pediría dinero para donaciones.
A ellos les sobraba lo que otros necesitaban; Fiama y Valquiria serían un puente magnífico.
Al principio ser Valquiria todas las noches fue cansado, pero logró acostumbrarse a la peluca roja y los corsets rojos con encaje negro, a dar latigazos fuertes y hasta a bailar para un diputado una danza árabe que Leslie le enseñó, pero las horas de práctica fueron bien invertidas.
El “caballero” le donó un terreno a medio construir.
Y así, entre vestidos color pastel sobre guardapolvo blanco, era Fiama la que daba la cara para donaciones menores con su cabello marrón y su sonrisa; les contó la situación a las familias adineradas de la clínica hasta que le ofrecieron hacer una cena de beneficencia con lo recaudado terminaron de construir la salita.
Leslie juntaba donaciones de farmacéuticas.
Los amigos de ambas pintaban y demás.
Un domingo mientras Fiama pasaba por la casa roja a lavar las sábanas recibió un llamado de urgencia: un paciente quería verla, era un señor que estaba internado.
Fue a su casa, puso a andar el lavarropas y se puso un vestido amarillo, se ató el pelo y puso un poco de labial rosado y se marchó al hospital.
Al llegar, el paciente y ver su historial, se acercó a la habitación, entró con una mirada amable y le dijo:
—Don Joaquín, me estaba buscando, acá me tiene.
—Mi bella Fiama, sabes que muchas veces quise estar con Valquiria y por pudor y respeto no lo hice.
Asombrada, Fiama lo miró y lo negó.
—Mi niña, soy hombre de mundo y me enteré, no te apenes, hermosa; mi amor por mi familia es enorme y entiendo que necesitas el dinero y más ahora. Yo, como habrás visto, estoy entrando en metástasis.
Voy a dejar un donativo para tu salita porque, si bien no conocí a Valquiria, no debe ser tan dulce como Fiama.
Ella golpea, humilla; tú, preciosa, das la mano y sonríes.
¿Cómo convives con esa dualidad?
—Es fácil, a veces hasta siento alivio en castigar a ciertos hombres corruptos. Muchos han estafado a otros menos afortunados, la mayoría son ladrones de guante blanco, don Joaquín.
—Claro, sí, y conocidos míos… tranquila, no diré nada. Soy de la idea de que Dios es amor, pero una dominatriz no ama y tú ni siquiera tienes sexo con ellos… ¿no te creerás la mano de Dios en la Tierra, verdad?
—No, nada más lejos. Quiero ayudar; ahora era solo mi beneficio.
—A esa causa este viejo va a ayudar y si pudiera te sacaría de esa profesión. Aunque el morbo me consume, muéstrame a Valquiria.
—¿En serio, don Joaquín?
—Unas fotos debes tener en tu celular, quiero ver tu otro rostro, no logro imaginarla.
Fiama sacó su móvil y le mostró unas fotos de ella con la peluca roja, vestida de cuero negro y rojo, con botas con cordones largos, con corsets, su maquillaje rojo y negro y algo de la casa roja.
Don Joaquín se rió y admitió que no era suficiente, que quería probarla, pero no lo haría.
Fiama sonrió con su lápiz labial rosado y se acomodó la falda del solero amarillo.
—Doctora, gracias, sé que me queda poco y la verdad me ha impactado. Solo una pregunta y juro llevarme a Valquiria a la tumba y todo lo que sé: ¿es cierto que nada de sexo sucede allí?
—A veces me hacen un oral o se masturban, nada más y en algunos casos los penetro yo a ellos con consoladores. ¿Ya?
—¿Y cómo te atas los cordones de esas botas largas?
—Ay, señor, jajajaja, tienen un cierre oculto.
Y así Fiama se sintió más ligera y habló de casi todo con su paciente hasta que fue la hora de comer y ella se marchó.
Don Joaquín quedó impactado; el contraste de Fiama con Valquiria era espectacular y asombroso. Si le dieran a elegir, él se quedaba con Fiama con su sonrisa amable, su labial rosa y sus atuendos de colores pastel.
Valquiria, aunque majestuosa, no era su clase de mujer.
Al fallecer, este buen samaritano dejó un gran cheque a Fiama que le permitió abrir la salita que nombró “Joaquín” sin apellido porque él no quería reconocimiento alguno, y dejó a todos sus conocidos cartas para que donen en lugar de ir a llevarle flores al cementerio: que lleven gasas, algodones, insumos en general a la salita.
Así Fiama logró tener su salita tan bien que hasta un resonador magnético le donaron, entre sábanas, camas, equipos quirúrgicos, máquinas de rayos X, tanto que casi era un hospital.
Y las donaciones anónimas siempre siguieron llegando todos los meses.
Fiama trabajaba como administradora de la sala de urgencias, hacía sus rondas médicas allí y en la clínica.
Muy de vez en cuando vuelve a ser Valquiria…cuando la sala lo necesita o cuando ella quiere sacarse el stress de el cuerpo.
sábado, 28 de febrero de 2026
"Fantasma de mi"
Me dicen que he estado haciendo cosas raras por la noche.
Yo soy noctámbula, no sonámbula.
Y en mi corazón no hay ese tipo de maldad; es más, se diría que cada vez se vuelve más triste.
Yo no he sido, pero me acusan con vehemencia, me dicen que he tirado cosas de las que yo me he esforzado en recolectar.
Y las voy a tirar.
Justamente yo… que amo mi comodidad.
Mas sus acusaciones son firmes y es su palabra contra la mía.
No queda otra que mostrar que no he tirado nada.
Agaché la cabeza y les mostré que todo estaba en su lugar.
Aún así me miran con dudas en sus ojos, pero más conformes.
Yo, por otro lado, me quedo más tranquila.
Hasta la noche, cuando miro de nuevo algunas cosas y veo que han sido movidas milimétricamente y que solo yo, siendo tan meticulosa, podría haberme dado cuenta.
¿Entonces qué pasó?
No ha habido viento que pueda mover eso.
Es pesado.
Nadie ha entrado o salido más que yo de esta casa.
¿Un viaje torcido astral?
¿Mi cuerpo ha sido poseído?
¿Qué pasó?
Pienso y pienso, me devano los sesos, me sumerjo en mí y…
Es cuando siento una chispa volar sobre mí; de pronto se posa a mi lado y se transforma en una sombra que esconde el rostro.
No me gusta la guija ni las proyecciones.
Me atemorizo.
Mas cuando su silencio ocupó toda la habitación era gélido.
—¿Qué eres?
—Tu yo, o mejor dicho, tu lado malo.
—Pero yo brillo, tú eres opaca y no te muestras; si eres mi maldad deberías ser más arrogante.
Ahora que había confirmado que de alguna manera sobrenatural era yo, dejé de temerle; le faltaba algo…
—Quise revivir, moví las cosas, fue un chascarrillo para despertar.
—Como una niña… Para ser la maldad no tienes muchas esperanzas… Soy más mala consciente; hay maldad en mí, lo sé. Pero tú…
—Soy el fantasma de ti —interrumpió.
¿Fantasma o maldad?
¿Por qué has cambiado tu rol?
No levanta la cabeza y desaparece.
¿Quién era? o ¿que?¿Volverá? ¿Y si es mi lado malo habrá otros lados?
La pregunta queda flotando y yo más intranquila.
Prejuicio enfermo
Profeta de teclado
Falso, falso profeta. Que dices clamar por tu verdad cuando tu voz lo único que declama son mentiras. Profeta caminante que lo único que ...
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