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martes, 11 de agosto de 2026

Corredor

Un hombre sale de una casa y comienza a correr no parece ir a hacer deporte.
Esta vestido con un pantalon de jean y un buzo con capucha.
Corre una dos y diez cuadras.
A la cuadra once se topa con una mujer y la atropella  más sigue corriendo.
Mirando el horizonte en apariencia.
Corre raudo por momentos parece agobiado.
¿Alguien lo persigue?
¿Escapa de algún delito?
¿O de sus propios demonios?
No se logra ver a nadie delante de él.
Ni detrás.
Sigue su carrera 
Mientras corre su infinita carrera cruza una avenida sin darse cuenta. Un auto frena aparatosamente para esquivarlo, pero el auto de atrás golpea al primer auto causando un choque.
 La gente grita entre vidrios y llaman a la policía.
 Inmutable, él sigue corriendo.
El aire le quema en la garganta y las piernas amenazan con ceder a cada paso.
 El buzo pesado y empapado en sudor se le pega al pecho mientras ignora las miradas de la gente y el estruendo de la calle.
 Sigue sumando cuadras, con la respiración entrecortada y los ojos fijos en la nada.
 La duda sigue en el aire: ¿de qué huye?, ¿qué lo mueve a correr así?
.Llega la policía y comienza una persecución. Lo persiguen, pero él sigue corriendo mientras la policía le grita varias veces:
 -¡Alto! ¡Alto! ¡Alto!-
 Sin embargo, el corredor anónimo sigue su carrera desesperada..
Apenas unos metros más adelante, el chillido de unos frenos corta la noche.
 Un patrullero cruza la calle a toda velocidad y clava las ruedas, bloqueándole el paso. Dos agentes se bajan rápido detrás de las puertas abiertas, con las armas empuñadas.
 Para ellos, solo hay un sujeto sospechoso, encapuchado y fuera de sí, corriendo a ciegas en medio de la oscuridad.
-¡Alto! ¡Policía! ¡Al suelo!-
El hombre no frena. No puede frenar. 
Desesperado, ignora el grito y sigue avanzando a toda marcha con el último aliento que le queda.
Un estruendo seco retumba en el asfalto.
El impacto del balazo en el torso lo detiene en seco.
 Cae de rodillas sobre el pavimento frío antes de desplomarse de costado. 
Mientras el calor de la sangre le empapa el buzo y la vista se le empieza a nublar, junta la fuerza que le queda para estirar un brazo tembloroso y señalar hacia la esquina y gritar:
-Ayudenla-
Los policías, con las armas todavía apuntando, siguen el dedo del hombre y se quedan paralizados de asombro.
A unos metros, una camioneta negra con los vidrios polarizados arranca a toda velocidad. 
A través de la ventanilla semiabierta, se alcanzan a ver las manos pequeñas de su sobrina golpeando el vidrio, aterrorizada. 
Los policías miran la escena horrorizados, comprendiendo tarde que el hombre no escapaba de nada: solo intentaba salvar a la nena del secuestro.
Ahora era tarde.
El corredor esta abatido en la calle y ellos ya no ven camioneta alguna.











martes, 28 de julio de 2026

La infección del adoctrinamiento

Alondra decidió ir al restaurante para ver si habían impreso los nuevos menús; después de todo, ella misma los había diseñado. Al llegar, ver el lugar tan vacío le quebró el ánimo. Era fin de mes y la economía estaba bastante difícil.

De eso se puso a charlar con el dueño, quien amablemente le mostró la carta. Alondra se horrorizó: ese no era el diseño que ella había preparado. En la imprenta se habían confundido de archivo PDF.

-En fin -se dijo para sí misma-, así son las cosas.

-Para colmo de males, ya lo pagué -se lamentó el dueño.

-¿No podés reclamar?-

-No.-

-Y bueno, por lo menos los precios son los correctos. Tranquilo, esperemos que esto repunte.-

-Dios te oiga.-

En ese momento cayó -sí, cayó, porque esos seres fanatizados no llegan, caen como aves de mal agüero y cargados de ira- un cliente. Alondra lo miró y se corrió del mostrador con un movimiento rápido y elegante. Pero el sujeto la vio y, después de conjugar apenas dos verbos para hacer su pedido, la miró con una extraña confianza y empezó a pregonar su ideología política.

-En este país hay un treinta y tres por ciento de personas que votan bien, votan peronismo. Los demás joden al país.-

Alondra revoleó los ojos por la sola idea de que esa gente creyera que votaba bien y siguiera votando igual.

-Lo mío es de familia: mi bisabuelo era peronista, mi abuelo era peronista y mi padre me crió para ser peronista, como a él lo criaron -clamó con orgullo.

Alondra movió la cabeza en señal de negación.

-¿No qué? -saltó él.

-Disculpe, ¿a mí me habla? —respondió ella con tono irónico.

—Sí, a vos. ¿No qué?-

-No a su adoctrinamiento. A mí me enseñaron a pensar desde chiquita; me mostraron lo bueno y lo malo y me dieron a elegir. Siento lástima de que usted no haya tenido esa oportunidad.-

-¡Ah! Tus padres son unos traidores a la patria.-

-Disculpe, mis padres están en el seno del Señor. Si quiere puede insultarme a mí, pero a ellos no.

El dueño del restaurante se quedó impávido al ver ese lado de Alondra, que siempre era tan servicial, caritativa y dulce. Intentando desviar la atención, intervino:

-Alondra, ¿pudiste pagar...?

-Creyente católica, el opio de las masas -la interrumpió el hombre-. Alondra... qué nombre tan musical. Es irónico que no te hayan nombrado como a una virgen.

-Señor, usted toca fibras sensibles en mí y ni siquiera ha dicho su nombre.-

-Pedro -respondió petulante.

-Eran otras épocas, ¿sabe? Pedro mi familia y yo eramos muy felices. Recuerdo las vacaciones enteras en la costa, los eneros interminables en la playa, corriendo por las playas yendo al cine al teatro... Fue una niñez tranquila y perfecta.Había respeto.-

Pedro soltó una carcajada seca y sacudió la cabeza con desprecio.

-Sos una digna hija de la clase mierda -disparó sin disimulo-. ¿En la costa? Bien de clase mierda. Los demás nos íbamos a Disney,a Brasil.-

Alondra lo miró con distancia y, con un rostro totalmente distinto, volvió a dirigirse al dueño:

-Gracias a Dios sí pude pagar, solo que es una exageración lo que cobran esos desgraciados. Vivo acá, no en Recoleta. ¿Querés que vaya yo a la imprenta la próxima vez?-

-¡Eres tú! -gritó Pedro señalándola como si viera a un enemigo-. ¡Fuiste vos la loca que en la esquina llamó a la policía porque abajo unos trabajadores hacían un asado! Hace años de esto, pero ya sé quién sos, desgraciada.

Alondra hizo memoria y encontró el recuerdo. Para ella, ese tipo de episodios valían menos que nada.

-A ver: estaban en plena ciudad, debajo de mi ventana, haciendo un asado y la habitación se me llenaba de humo. ¿Usted no sabe que eso está prohibido?-

-¿Pero era necesario llamar a la policía?-

-Sí. Pasé con una amiga y "nos ofrecieron un chorizo". ¿Me entiende o su doctrina no lo deja ver más allá de su nariz?-

-Eran trabajadores, no ladrones saliste histerica te merecias una bala-
-Me faltaron el respeto y estaban haciendo algo ilegal; mi deber y derecho como ciudadana era denunciarlos. Cuando aprendamos que las leyes no están hechas para romperlas, podremos empezar a reconstruir el país.¿Una bala por denunciar? Suena a amenaza-

-Si en frente vos te basas en la ley de los yutas.El país que tu gobierno destruye día a día.-

-Yo no estoy a favor de los que gobiernan, sir Peronista. Si usted se tomara el tiempo, en vez de levantar el dedo para acusar y dividir, sabría que somos muchos los que no los apoyamos.Y muchos los que defendemos la patria a base de leyes e impuestos para convivir mejor. Debería ver el streaming de...

-Tengo sesenta y cinco años, no miro esas cosas de redes.-

-A veces es bueno ver a los locos de los streamings, pero si no le gusta, yo no obligo a nadie a ver nada.No me educadron para obligar sino para pensar y defenderme .-

Desviando definitivamente la conversación, miró de nuevo al dueño del local:

-Por fin arreglé para que saquen la bañera.-

-¡Qué bien! -dijo el dueño-. Te tenía a mal traer eso. ¿Lo demás pudiste?-

-Sí, corre por parte de ellos.-

-Ah, te aprovechás del consorcio. Qué bien -acotó Pedro.

Sin pedir permiso, el hombre le tomó las manos a Alondra y se las besó.

Luego recogió su pedido y se fue silbando la marcha peronista.

Nunca supo el contexto solo se alegró de su suposición. 
Alondra sintió una sensación repetida y asquerosa. 
Esos besos no solicitados le causaban una profunda molestia,tanto que agarró el alcohol en gel que había sobre el mostrador y se cubrió las manos.
El dueño se despide de ella cortesmente él sabía que era molesto fanático y desde el `punto de vista de él todo lo que esta mal Pedro,ero no iba a maltratar a un cliente.Menos ahora.
Alondra llego y se sintió tan mal tan furiosa,tan decepcionada de la humanidad que prefirió dormirse aunque el malestar en las manos era importante.
Al día siguiente ya tenía un sarpullido.
 Al segundo día, las manos hinchada y calientes.
Su sistema peleaba contra algo.
Al tercero, una mancha de sangre y una cicatriz sobre la que parecía crecer algo: a la semana, la piel parecía la corteza de un árbol que necesitaba ser podado.
Era una infección voraz que no podía detener.

Fue al médico y allí terminaron de curarla aunque ni ellos los médicos  sabían que era pero le dejaron las manos como nuevas.

Al salir de la clínica se cruzó con Pedro: a él le habían operado la boca.


jueves, 9 de julio de 2026

Lucia y el Dragón

En un pueblo rodeado por ríos y campos silvestres vive Lucía. 
Amada por su familia y consentida por todos, es una niña alegre, cariñosa, parlanchina y sonriente; de esas que abrazan y salen corriendo entre risas.
 Es una de esas bellas criaturas de la naturaleza que son puras de mente y alma.
 Pero ella, además, tiene un corazón de oro. Lucía es la alegría hecha movimiento: siempre estaba bailando, saltando y repartiendo abrazos que hacían que todo el mundo se sintiera bien.
Lucía tenía un "corazón de oro", no porque fuera una joya sino porque era tan valiente, tan pura y tan brillante que su sola presencia llenaba de luz los días más nublados.
Pero en los rincones más lejanos del pueblo, donde la luz no llegaba, vivía el Dragón Sombrío.
 Era un ser pesado, lento y lleno de sombras que envidiaba profundamente la energía y la luz de Lucía. El dragón quería robarle su corazón de oro para guardarlo en su cueva.
Un día, el Dragón Sombrío apareció en medio del pueblo, extendiendo sus alas gigantescas que ocultaron el sol.
El aire se volvió frío y pesado.
Lucía sintió que el dragón intentaba robarle su luz, haciendo que sus pasos se sintieran cansados y que su corazón empezara a latir de una forma extraña. 
Pero Lucía, que era la niña más audaz del mundo, no se quedó quieta. Corrió a su habitación y, en un abrir y cerrar de ojos, se puso su armadura.
Estaba reluciente, hecha de escamas de peces mágicos que su abuelo le había regalado, brillantes que reflejaban todo el amor de su familia, y en su mano sostenía una espada forjada con destellos de sol  y sonrisas de memorias de su pronta niñez.
El dragón se lanzó contra ella, soltando ráfagas de sombras que intentaban apagar su luz.
Lucía esquivaba los ataques moviéndose con la agilidad de una bailarina; saltaba y giraba, usando toda su fuerza.
Cada movimiento de Lucía era un paso de su danza de batalla.
Ella sabía que su fuerza venía de lo profundo de su pecho, donde su corazón de oro latía con una fuerza que el dragón jamás podría entender.
Esos seres no entienden la alegría pero la envidian.
Cuando el Dragón Sombrío se abalanzó para intentar atraparla con sus garras de niebla, Lucía no huyó aunque temió se compuso.
 Con la valentía de una verdadera heroína, levantó su espada en alto.
 Su armadura brillaba con una intensidad deslumbrante y, en un movimiento rápido y preciso, Lucía lanzó un poderoso golpe de espada directo al corazón oscuro del dragón. 
El impacto fue increíble. 
Una onda de luz pura salió de su espada, mezclada con el brillo de su propio corazón. 
El dragón, al recibir aquel golpe de luz valiente, se deshizo en pedazos de sombra que volaron lejos, convirtiéndose en humo que el viento se llevó para siempre.
Fue la batalla de su vida.

martes, 9 de junio de 2026

¿Por qué no?

Damián es un chico excluido, retraído en su carácter, que sufre de bastante acoso en su escuela, aunque a él no le importa. 
Solo sueña con Samanta, la chica linda y buena que, si estuviéramos en una pelicula norteamericana, sería porrista; aquí solo juega al hockey y es una líder no malvada. 
Lider del grupo ecologista y buena alumna.
Damián la mira de lejos, no le habla, pero su secreto es a voces. 
Samanta simplemente le sonríe sin mucha atención de vez en cuando y sigue con su vida escolar. 
Algunas veces se encuentran en la calle pero ninguno habla; él se esconde, y Samanta y su amiga Dina dicen entre risas: "Otra vez jugando a las escondidas".
De esta manera pasaron años hasta que estaban por egresar y cayó como un rayo la noticia: Damián estaba internado. 
El aula —el colegio, mejor explicado— se quedó mudo cuando dieron los detalles. 
Era una película de terror: lo habían golpeado hasta casi matarlo y lo habían violado con un objeto. 
Samanta fue la primera en llorar la maldad del mundo y se dispuso a ayudar a la policía. 
Sus padres estaban orgullosos de ella. 
¡La habían criado tan bien! Era hermosa, estudiosa y tenía un corazón de oro, se decían.
Por la tarde, ella quiso ir al hospital y, cuando llegó, Damián estaba dormido y desfigurado. Le sacó una foto con tanto descuido que lo hizo abrir los ojos.
 Al verla, Damián se asustó y se puso a gritar. 
Ella quiso calmarlo; le mostró las flores y el cartel que los compañeros de aula le habían hecho, y él sonrió a medias.
-Sé que eres tímido, que tenés algún tipo de problema en el habla, pero a mí me podés contar todo -le dijo.
Damián abrió los ojos lo más que pudo y llamó a la enfermera. Ella le dejó las cosas y se quedó hablando con el custodio policial.
-Oficial, esto es demasiado. Me sacan de su cuarto cuando yo tengo cosas que decir y es mi deber como amiga acompañarlo -sollozó.
El oficial le preguntó si ya había declarado. Ella asintió con un gesto por demás aniñado.
-Si ya hiciste eso, nada más podés hacer que ayude a la policía.-
-¿Seguro?-
-Sí, pero quedate tranquila, es el shock. Es un muchacho muy débil.-
El oficial le dio una palmada en el hombro, invitándola a retirarse. 
Samanta caminó por el pasillo del hospital con el rostro afligido, pero de ahí se fue a la casa de los padres que no estaban y merodeo toda la tarde por lugares.
Según ella buscando pistas.
¡Necesitaba justicia! Y la policia no hacia nada.
Sin embargo, la investigación dio un giro radical cuando la policía revisó una cámara de seguridad oculta de una fábrica abandonada cercana.
 La filmación la delataba por completo y mostraba la escalofriante secuencia de esa noche: Samanta había llegado sola y se había encontrado con Damián. 
En las imágenes se veía cómo ella sacaba varias cervezas y se las ofrecía; él se negó a tomar, y Samanta se las bebió una tras otra con total frialdad.
 Parecía estar familiarizada con el alcohol, lo que confundió a Damian, ya que ella no iba a fiestas ni se juntaba con los chicos que bebían, se drogaban y lo exhibían. 
Luego, de la nada, le rompió una de las botellas en la cabeza, lo golpeó salvajemente una y otra vez en el suelo y, aprovechando que el chico estaba inconsciente y desprotegido, utilizó otra de las botellas para sodomizarlo mientras se reía.
A esta contundente filmación se sumó el peritaje de su celular, el cual fue confiscado de inmediato. 
Dentro del móvil, los investigadores encontraron carpetas llenas de fotos de Damián tomadas a escondidas y un registro meticuloso con todos sus horarios y rutinas diarias, demostrando que lo tenía completamente vigilado.
 Ella estaba obsesionada con él, solo que no de la manera que Damián hubiera querido.
Con todas estas pruebas devastadoras, el inspector se presentó en el hospital. Damián ya había despertado y, aunque con una profunda angustia, pudo declarar ante la justicia.
 Con la voz entrecortada, el chico confirmó cada uno de los hechos que la cámara había registrado, relatando el horror y la paliza que había vivido a manos de ella. 
Lo definió como una película de terror, a lo que todos asintieron.
Samanta fue detenida esa misma tarde. 
En la sala de interrogatorios, mientras miraba el video de la cámara, las fotos y los horarios de su celular, y la declaración explícita de Damián, su máscara de chica buena se cayo. 
No mostró ni una pizca de arrepentimiento. 
No pidió por sus padres ni por Dina; a todos los miró con ojos inyectados en sangre.
El inspector, completamente impactado por la crueldad de la joven, la miró fijamente y le preguntó por qué lo había hecho, qué razón tenía para ensañarse así con él, con un muchacho débil que no le había hecho nada más que admirarla en secreto. 
Sus padres lloraban diciendo que habían perdido una hija, que esa no era su Samanta, que para eso la habían criado entre miel y algodones, con caricias y algunos regaños de pequeña.
-Esa no era mi amiga -decía Dina—. ¿Quién era este monstruo? Si yo estaba casi todo el tiempo con ella, ¿cómo pudo hacer eso?-
Nada cerraba. Hasta que todo cerró. 
Samanta respondió a la pregunta del inspector levantando la mirada con un simple:
-¿Por qué no? -preguntó con una mirada totalmente despiadada y cínica.
Y así lo gritó y lo gritó ante todos, mientras los que la querían se terminaban de dar cuenta de que era una psicópata por naturaleza.
-¿Por qué no?-
Sus palabras quedaron flotando en el aire y lo impregnaron de maldad.

domingo, 12 de abril de 2026

Amado esposo

A sus treinta y dos años Olivia sin querer encontró al amor de su vida: Lucio. Un hombre de treinta y cinco años cirujano simpático, con un buen pasar económico una familia simple pero cariñosa y lo más importante que la quería y valorara por lo que ella era. El tiempo transcurre entre flores y bombones de parte de Lucio hasta que los lleva altar. Una bella boda pequeña pero Olivia con su vestido de novia esta hermosa y Lucio con su traje azul marino muy elegante, sus abuelos estuvieron presentes y eso fue un regalo aparte por parte de Lucio hacia ella. Una recepción pequeña y felicidad enorme.
A los dos años de casados llego Valentin una niña sana tez trigueña a sus vidas y no se los podía creer más felices Lucio asistió al parto y acompañó a Olivia todos los días hasta en sus peores antojos. A partir de ahí la vida empezó a cambiarles más drásticamente las noches sin dormir los horarios de las cirugías adelantados pero siguieron felices en su amor. Firmes vencerian al mundo y a todas las contras que les vinieses. Cuando discutían terminan la discusión con una frase: -Acordemos no de estar de acuerdo.- Y cada uno se retira a hacer lo que mejor les plazca.
Lucio seguía con sus peluches y sus rosas solo que ahora eran divididos entre Olivia y Valentina. Y de una extraña forma Olivia lo resentia. Amaba a su hija con todo su ser pero al ver a Lucio cargando a Valentina diciéndole: Mi niña Valiente. Cuando ella Olivia la había traído al mundo en un parto doloroso le molestaba. Lucio se dormía en la habitación con Valentina en sus brazos y Olivia se acercaba para llevarla a la cuna y empezaba a llorar siempre Lucio se despertaba y la llevaba él pero se quedaba dormido contando historias hablándole como si ya fuera una niña grande. Mientras Olivia intentaba dormir su dilema. Lucio y su horario. Lucio y Valentina. Ella había renunciado al trabajo por el embarazo y ahora no tenía donde ir en todo el día no tenía más compañia que Valentina. Y Valentina solo quería estar con Lucio. Se sentía fatal por sentir eso. Más no podía dejar de sentir. No tenía un interruptor para apagar ese sentimiento. Y el abandono. Extrañaba las sorpresas de Lucio las cenas románticas a la luz de las velas los pétalos de rosa regados en la cama las flores y todo aquello. Su corazón se lleno de codicia de romanticismo. Admitía estar pidiendo más y mucho más. Los meses transcurrían y por fin Lucio se dio cuenta que Olivia no estaba bien ya ni se peinaba. No hablaron simplemente la volvió a llenar de aquello que tanto extraña.
Pero el alivio duró poco. Olivia se volvió dependiente, una sombra que lo perseguía por la casa reclamando cada segundo de su existencia. Lucio, agotado por las guardias y por la demanda incesante de una mujer que ya no reconocía, empezó a sentir que el amor se convertía en odio. El cansancio era una costra en su mirada.
Una madrugada, el dolor físico estalló en el vientre de Olivia. Era una apendicitis aguda, clara y peligrosa. En el hospital, en medio del caos de la guardia, ella lo agarró con una fuerza sobrenatural, desencajada y fuera de sí.
— ¡No voy a dejar que nadie más me toque! —gritó Olivia, su voz resonando en las paredes frías del hospital—. ¡Operame vos, Lucio! ¡Quiero que seas vos! ¡Te lo ordeno, juralo! ¡QUIERO QUE SEAS VOS!
Lucio la miró. En ese momento no vio a la mujer de la que se enamoró, sino el ancla que lo estaba hundiendo en un mar de miseria. Entró al quirófano con una calma gélida. Mientras abría el tejido, el llanto de Valentina en su memoria y los reclamos de Olivia se mezclaron en un zumbido ensordecedor. Ya no quería más escenas, ya no quería más súplicas ni más flores compradas por obligación.
Al momento de cerrar, Lucio sostuvo la jeringa en su mano. 
Miró el rostro sedado de su esposa y, con una decisión silenciosa y oscura, la dejó adentro. Sabía perfectamente lo que hacía. Sabía que esa jeringa sería el final de su agonía mutua. Cosió la herida con una prolijidad aterradora, ocultando el arma bajo la piel.
Olivia nunca despertó .
.Ante el cuerpo inerte, Lucio no derramó una sola lágrima. 
Con la misma mano que había dejado la jeringa, tomó una lapicera y firmó el acta de defunción sin temblar. Dejó el papel sobre el escritorio de la clínica y caminó hacia la salida.
 Se fue del hospital sin mirar atrás, sintiendo por primera vez en años que podía respirar, mientras el secreto quedaba sepultado junto con ella
Y él volvió a su libertad.

martes, 17 de marzo de 2026

"Dominadora de noche"

Nacida y criada en un hogar disfuncional donde su padre se fue al enterarse de que su esposa tenía cáncer y su hermana murió de pena tras la muerte de la misma, Fiama siempre alerta a todo jamás se perdonó ni la muerte de su madre ni la de su hermana Greta.
Por eso estudió medicina y se especializó en oncología.
Lee va bastante bien, tiene su nombre y su prestigio.
Es realmente buena en lo que hace, es empática y ese don es muy preciado, más cuando tiene pacientes terminales.
No podía recordar a todos, pero sí a varios, a uno en especial: un hombre adinerado que se negó a hacer quimioterapia y solo esperó morir, con un profundo dolor que ni la máxima dosis de morfina calmaba.
Ella, en un acto de piedad, se quedó con él mientras agonizaba. Antes de morir le confesó que había sido infiel miles de veces a su esposa, tantas que lo había descubierto y llevado con ella a su hijo; hacía años no lo veía, calculaba que ahora sería un hombre derecho.
También que su dinero estaba manchado con sangre.
Que se había unido en su momento a toda mafia de guante blanco que se le cruzara y por eso soportaba la agonía.
Fiama lo miró con sus ojos tristes y le pidió que se calmara.
—Eres tan dulce… ¿Qué te habrá pasado para ser esta médica de corazón?
—Nada.
—Tan bella, sin prejuicios, escuchaste todo lo que confesé quieta, solo mirándome con tus ojos… Debes haber sufrido mucho o simplemente eres un ángel en la tierra…
Fiama iba a responder, pero el paciente falleció.
Lo cubrió con la sábana, marcó la hora del deceso y se marchó.
Fiama no iba a confesar nada.
Ella tenía una doble vida. Hacía años, para sustentar la facultad, empezó a prostituirse de vez en cuando, una o dos veces al año, con señores mayores que pagaban muy bien.
Lidia, su compañera, le presentó a uno que quería ser dominado y le explicó cómo hacerlo. Fiama aceptó el reto y le gustó… tener el control, humillarlo, maltratarlo y aún así, sin acto sexual, cobrar.
Investigó sobre el tema del sadomasoquismo y BDSM.
Era un mercado exclusivo.
Fiama invirtió el dinero ganado en ropa de cuero y látigos.
Con el pasar de los años juntó lo suficiente como para alquilar un departamento de dos habitaciones y moldear una para que pareciera una cueva con paredes rojas, cruces y una cama de postes con arneses para atar.
Allí tenía su peluca pelirroja natural y otros accesorios para ser Valquiria; ese era su nombre de dominatriz.
Sus parejas a lo largo de los años fueron hombres agradables que nunca supieron nada de su otra vida; algunos jugaban juegos de roles, otros no, ninguno pidió dominar ni ser dominado.
Pero ninguno le alcanzó para formar una familia y dejar a Valquiria en el pasado.
Tal vez no eran ellos, era ella que necesitaba el control absoluto en su vida… tal vez.
En la clínica ella era la que prescribía tratamientos y daba las malas y buenas noticias.
En su casa ella limpiaba y ordenaba.
Fiama.
En el departamento ella también limpiaba y ordenaba, sobre todo el cajón de perfumes para hombres; como su clientela era mayormente hombres casados de buen rango económico, ella guardaba en un cajón sus perfumes para que luego de bañarse se los pusieran y así evitar problemas.
Obviamente, antes de entrar, todos los clientes dejaban sus pertenencias en un cajón.
Y allí Valquiria es quien ordenaba como reina de un paraíso muy parecido al averno, pero que muchos gozaban.
Era una dualidad como la de cualquier mujer… explicó una vez, pero la juzgaron de tal manera que solo decidió nunca más rendir explicaciones a nadie.
Lunes, miércoles y jueves, Fiama era completamente Fiama.
Jamás atendía un cliente esos días. Jamás respondía un mensaje de esa índole.
Era Fiama amando su hogar mientras estaba en él y luchando contra el cáncer de sus pacientes.
Viernes y sábados era más Valquiria, aunque sí atendía cosas de Fiama.
Fiama siempre ganaba por más que no hubiera una lucha entre ellas.
Los domingos simplemente miraba televisión, resolvía algún trámite de cualquiera de sus trabajos y era ambas o ninguna.
No sentía conflicto de estar dividida; ambos roles eran totalmente normales para ella.
Y en ambos era la mejor.
Ya se había cansado de psicólogos sin títulos a los cuales tenía que justificar sus acciones; ya de pequeña tuvo las ideas claras en su cabeza, aún luego de enterrar a su hermana Greta y quedar ella sola en el mundo y en esa época tan oscura de su vida sí tuvo terapeutas que sí se habían ganado el título.
Fiama amaba la vida a su manera.
No lastimaba a nadie si no se lo pedían y las heridas siempre eran superficiales y por ellos pedidas.
Un cliente una vez quiso probar wax play: un juego con velas y por un mal movimiento suyo salió con una pequeña quemadura en la espalda.
Los latigazos y gritos eran más lo suyo; sentía un inmenso placer cuando le lamían las botas a modo de saludo, a partir de entonces todo era dominación.
Fiama debía luchar con fuerzas más grandes que ella y vencerlas.
Un domingo lavaba las sábanas de ambas camas aunque muy rara vez durmiera en la cama de postes; era muy meticulosa en tener todo limpio, dejó andando el lavarropas y fue a comprar un perfume para la casa y otras cosas a la farmacia cuando vio en la pantalla lo mal que estaba el mundo.
Cuántos colegas de ella estaban sin empleo y agradeció su suerte, más se quedó un gusto a podrido en la boca mientras caminaba; le llegó un mensaje de su excompañera, aquella que la introdujo en el mundo de la dominación.
Fue tan triste el texto que Fiama hizo una introspección en su vida y se dio cuenta de que tenía demasiado.
Aunque siempre donara, esto ya era un pedido de auxilio urgente.
Leslie estaba en apuros y no solo ella.
Llegó a su casa con su vestido amarillo y pensó, ubicó horarios, personas, clientes, pacientes y tuvo un pequeño sueño.
Armar una salita de urgencias; para lograrlo tendría que ser Valquiria de lunes a sábados.
Usaría más la “casa roja” como solía llamarla, ya que allí todo o casi era rojo y negro.
Desde los látigos hasta su ropa.
Aprovecharía su alquiler; de tanto escuchar a los ricos quejarse de sus aburridas esposas, les pediría dinero para donaciones.
A ellos les sobraba lo que otros necesitaban; Fiama y Valquiria serían un puente magnífico.
Al principio ser Valquiria todas las noches fue cansado, pero logró acostumbrarse a la peluca roja y los corsets rojos con encaje negro, a dar latigazos fuertes y hasta a bailar para un diputado una danza árabe que Leslie le enseñó, pero las horas de práctica fueron bien invertidas.
El “caballero” le donó un terreno a medio construir.
Y así, entre vestidos color pastel sobre guardapolvo blanco, era Fiama la que daba la cara para donaciones menores con su cabello marrón y su sonrisa; les contó la situación a las familias adineradas de la clínica hasta que le ofrecieron hacer una cena de beneficencia con lo recaudado terminaron de construir la salita.
Leslie juntaba donaciones de farmacéuticas.
Los amigos de ambas pintaban y demás.
Un domingo mientras Fiama pasaba por la casa roja a lavar las sábanas recibió un llamado de urgencia: un paciente quería verla, era un señor que estaba internado.
Fue a su casa, puso a andar el lavarropas y se puso un vestido amarillo, se ató el pelo y puso un poco de labial rosado y se marchó al hospital.
Al llegar, el paciente y ver su historial, se acercó a la habitación, entró con una mirada amable y le dijo:
—Don Joaquín, me estaba buscando, acá me tiene.
—Mi bella Fiama, sabes que muchas veces quise estar con Valquiria y por pudor y respeto no lo hice.
Asombrada, Fiama lo miró y lo negó.
—Mi niña, soy hombre de mundo y me enteré, no te apenes, hermosa; mi amor por mi familia es enorme y entiendo que necesitas el dinero y más ahora. Yo, como habrás visto, estoy entrando en metástasis.
Voy a dejar un donativo para tu salita porque, si bien no conocí a Valquiria, no debe ser tan dulce como Fiama.
Ella golpea, humilla; tú, preciosa, das la mano y sonríes.
¿Cómo convives con esa dualidad?
—Es fácil, a veces hasta siento alivio en castigar a ciertos hombres corruptos. Muchos han estafado a otros menos afortunados, la mayoría son ladrones de guante blanco, don Joaquín.
—Claro, sí, y conocidos míos… tranquila, no diré nada. Soy de la idea de que Dios es amor, pero una dominatriz no ama y tú ni siquiera tienes sexo con ellos… ¿no te creerás la mano de Dios en la Tierra, verdad?
—No, nada más lejos. Quiero ayudar; ahora era solo mi beneficio.
—A esa causa este viejo va a ayudar y si pudiera te sacaría de esa profesión. Aunque el morbo me consume, muéstrame a Valquiria.
—¿En serio, don Joaquín?
—Unas fotos debes tener en tu celular, quiero ver tu otro rostro, no logro imaginarla.
Fiama sacó su móvil y le mostró unas fotos de ella con la peluca roja, vestida de cuero negro y rojo, con botas con cordones largos, con corsets, su maquillaje rojo y negro y algo de la casa roja.
Don Joaquín se rió y admitió que no era suficiente, que quería probarla, pero no lo haría.
Fiama sonrió con su lápiz labial rosado y se acomodó la falda del solero amarillo.
—Doctora, gracias, sé que me queda poco y la verdad me ha impactado. Solo una pregunta y juro llevarme a Valquiria a la tumba y todo lo que sé: ¿es cierto que nada de sexo sucede allí?
—A veces me hacen un oral o se masturban, nada más y en algunos casos los penetro yo a ellos con consoladores. ¿Ya?
—¿Y cómo te atas los cordones de esas botas largas?
—Ay, señor, jajajaja, tienen un cierre oculto.
Y así Fiama se sintió más ligera y habló de casi todo con su paciente hasta que fue la hora de comer y ella se marchó.
Don Joaquín quedó impactado; el contraste de Fiama con Valquiria era espectacular y asombroso. Si le dieran a elegir, él se quedaba con Fiama con su sonrisa amable, su labial rosa y sus atuendos de colores pastel.
Valquiria, aunque majestuosa, no era su clase de mujer.
Al fallecer, este buen samaritano dejó un gran cheque a Fiama que le permitió abrir la salita que nombró “Joaquín” sin apellido porque él no quería reconocimiento alguno, y dejó a todos sus conocidos cartas para que donen en lugar de ir a llevarle flores al cementerio: que lleven gasas, algodones, insumos en general a la salita.
Así Fiama logró tener su salita tan bien que hasta un resonador magnético le donaron, entre sábanas, camas, equipos quirúrgicos, máquinas de rayos X, tanto que casi era un hospital.
Y las donaciones anónimas siempre siguieron llegando todos los meses.
Fiama trabajaba como administradora de la sala de urgencias, hacía sus rondas médicas allí y en la clínica.
Muy de vez en cuando vuelve a ser Valquiria…cuando la sala lo necesita o cuando ella quiere sacarse el stress de el cuerpo.
Sin contar que en su corazón de miel y barro necesita abrir más que una sala y poner en marcha el resonador.
Sino montar un hospital con todos los equipos para la gente que no puede pagarlos.

Prejuicio enfermo

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Un hombre sale de una casa y comienza a correr no parece ir a hacer deporte. Esta vestido con un pantalon de jean y un buzo con capucha. Cor...