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miércoles, 22 de abril de 2026

Curvas peligrosas

Marco llega al estacionamiento, en su Mercedes de colección, de un edificio ubicado en el microcentro porteño después de dejar a sus hijas en el colegio y de haber pasado la noche con su novia, Amalia.
Ella es una mujer de treinta y dos años, rubia como el oro, con unos ojos azules profundos, siempre sonriente, de figura firme y un perfume dulce.
Al llegar al último piso, donde radica su empresa de ciberseguridad, saluda a todos y sigue su ruta hacia su oficina privada. Allí afuera lo espera Diana: una deslumbrante morocha de piel trigueña y ojos color miel, con el celular en una mano y, en la otra, una carpeta con un pendrive encima.
Marco, un hombre sonrisal, le agradece e intenta hacerla reír con un chiste.
 Diana, vestida de negro con un conjunto tailleur y una blusa escotada que insinúa sus atractivos senos, lo mira, le entrega la carpeta y el pendrive, esboza una media sonrisa y se retira dejando una estela de un perfume amaderado.
Diana era la joya del edificio.
 Era eficaz, empática, práctica, expeditiva y un "bombón", como la llamaban.
 Los tres primeros pisos pertenecían a abogados y, siempre que veían a Marco, le preguntaban cuándo la iba a despedir para contratarla ellos; decían que "se la compraban". Marco, siempre renuente y cuidándose de Recursos Humanos, solo decía que Diana era una secretaria y nada más; en la intimidad fantaseaba con ella. Luego se quedaba pensando en ese escote, en la curva de sus pechos y sus muslos y en el porqué trabajaba ella allí; Marco sabe que ella tiene granjas de criptomonedas y propiedades. 
Es divorciada y maneja un auto de hace tres años.
El perfume se desvanece en el aire. Marco pone música y Cerati canta que su corazón se vuelve delator. Marco pone manos a la obra, enciende la computadora y abre el pendrive.
 Revisaba los porcentajes cuando llamó su atención el portarretratos digital que tenía en su escritorio: sus dos hijas, desde que nacieron hasta el día de hoy. Cuánto tiempo había pasado.
Recordó sin sentimiento alguno a la madre de las chicas y fue más atrás, a su juventud.
 Evocó sus días como maestro, aquellas mañanas frías donde un trozo de tiza era su única herramienta y el sueldo apenas una ilusión que se escurría entre los dedos antes de llegar a fin de mes.
 Era una batalla constante contra los números rojos, una lucha digna pero agotadora por intentar enseñar futuro cuando el presente le resultaba tan escaso. 
Recordó el olor a aula vieja y el sonido de las hojas de los cuadernos, una vida austera que hoy parecía pertenecerle a otro hombre.
Luego, su mente se detuvo en el barro y el pasto. Sus días de jugador de rugby, cuando el mundo se reducía a ochenta minutos de choque y honor.
 Una pequeña lesión en el cuello aún le molestaba; había sido un tackle feroz, de esos donde el tiempo se detiene. Él había dado de lleno contra otro jugador más grande, un impacto que le sacudió hasta los pensamientos pero que terminó con la pelota recuperada. Todavía sentía en la boca ese sabor a sangre y tierra, el gusto agridulce de una gloria pasada que no necesitaba de Mercedes ni de empresas para sentirse real.
¡Juventud añorada!
Sabía que debía volver al presente, pero repasó sus momentos, los amó y volvió a la realidad. El ventanal que mostraba la ciudad se había opacado; la lluvia caía con furia. ¿Cuánto tiempo había estado en el pasado?
—Una eternidad —se dijo, y buscó a Diana.
Ella estaba sentada en su escritorio con las piernas extendidas, mirando fijamente el monitor. Se veía majestuosa, toda curvilínea.
—¡Quién fuera piloto de carreras para manejar sobre esas curvas! —pensó.
Era el chiste del edificio; muchas veces lo había oído y esta vez, más que nunca, lo entendió. En ese edificio trabajaban aproximadamente unas cien mujeres; Diana era la pista de carreras, la mujer maravilla, el bombón asesino.
Un rayo iluminó el cielo y, junto con él, se encendió el celular de Marco: su hija quería una fiesta de cumpleaños temática. Sin pensarlo le dijo que sí. después de todo, lo hacía más por ellas que por su ego. Como Diana tenía una amiga que organizaba eventos, la llamó. Diana entró a la oficina con el celular en la mano y le dijo que Agatha tenía otros estándares, aunque podría preguntar. Marco le agradeció y ella se retiró a hablar con Agatha. Se escuchaba la risa de Diana y el: —Qué fina te volviste, amiga, dejá el salmón noruego—.
Marco abrió la red social de esta organizadora de eventos y, vaya, no se andaba con pequeñeces la pelirroja: fiestas de blanco y negro, casamientos, eventos de caridad y hasta cumpleaños de famosos. Todo calidad premium y ella, como siempre, impecable. Sexy y sublime casi siempre mirando fijo a la cámara y vestida de azul. No acepta canjes, no hace propaganda más que a sí misma y, en una foto, está en una playa con Diana tomando mojitos; la imagen era espectacular.
Cuando la verdadera Diana entró, rompió el hechizo de sus ojos miel y su risa en la foto diciendo:
—Vas a tener que ir conmigo y, desde ya te aviso, que Agatha no es tan amable como yo; esto lo hago por tu hija.
—Gracias —respondió él.
La jornada terminó y Marco pasó a buscar a Amalia. Fueron a comer, luego a pasear y, más tarde, Amalia, siempre hermosa y dulce, escuchó atenta el pedido de la hija de Marco y cómo Diana lo iba a ayudar.
—Diana es una gran salvadora, ¿verdad? —dijo con ironía.
—No seas celosa, Amalia.
—Tiene más de cuarenta años y todos en ese edificio la desean, opaca hasta a las de veinte. ¿Qué tendrá?
—Eficiencia, cultura...
—Ok, ya entendí. Comé, mi amor, que esta noche el postre es muy dulce.
Se mordió los labios, hizo un gesto coqueto con el pelo y señaló la curva de sus senos. Aún caían pequeñas gotas de lluvia cuando llegaron a casa de Marco y Amalia se le lanzó al cuello en pleno ascensor con ferocidad. Era un cuerpo dulce en exceso, podía empalagar; por eso Marco la degusta como al extracto de vainilla, en pequeñas dosis, aunque esta noche fue imposible.
A la tarde siguiente, Marco y Diana se dirigieron al hotel palermitano donde Agatha tenía su oficina. Al entrar al vestíbulo, los acompañaron por un ascensor privado hasta llegar al primer piso y toparse con una puerta de cristal con el nombre de Agatha. 
Ella, una imponente pelirroja vestida de blue jeans y camisa azul, abrazó a Diana y la acompañó a su oficina dejando atrás a Marco.
 Cuando se dio cuenta del error, simplemente agachó los ojos y dijo:
—Por aquí, tome asiento y explíqueme su plan. ¿Usted no es el "nuevo Iron Man" argentino?
—¿Y usted de dónde sacó ese apodo?-Por demás incómodo respondió Marco.- 
—Tengo contactos. ¿Ya tiene el contrato con el ejército?-
Marco no se lo había dicho a nadie más que a los inversores. Le molestó que esta mujer supiera tanto, más esquivó el dardo envenenado y dijo:
—Mi hija quiere una fiesta para su cumpleaños aquí.-
—¿Cuántas personas?-
—Cincuenta.-
—¿Nada más? Yo me dedico a eventos grandes y de nivel.
Sus ojos negros eran un abismo de frustración; Agatha no organizaba cumpleaños íntimos. Miró a Diana, quien con la cabeza le señaló que había herido a su jefe.
—Si pudiesen agregar más gente, que sean setenta mínimo, sería viable.
Marco la miraba; era una mujer muy hermosa pero muy petulante. Diana seguía haciendo gestos hasta que Agatha la llamó aparte.
—Por favor, la nena quiere y él va a pagar.
—Por supuesto que va a pagar, pero ¿"la nena" no tiene amigos? No pido que sea la reina del baile, solo que no sea la ñoña inadaptada, Diana.
—Siempre fuiste una perra, jajaja... Mean girl —rió Diana.
—¿Regina George? Esa eras vos por lo que me dijeron; la inadaptada era yo, siempre estudiosa, pero tenía amigos aparte de los libros. Esta nena, ¿qué onda?-
—Podés hacerlo, a la chiquita le vendría bien.-
—Lo haré, pero con esta me debés dos.-
—¿Dos?-
—¡Sí, la otra por no acompañarme a Praga!-
Y las dos soltaron la carcajada. Volvieron y Agatha, seria, le pasó a Marco —que había observado todo el interludio con ojos agigantados ante los cambios de esas dos mujeres— una tablet con el salón, las flores y demás detalles. Marco lo miró y pensó en su hija; sí, era un precio excesivo, pero era "la marca" y él sabía de eso.
—¿Le parece bien ese paquete?
—Sí —respondió cortante.
—Perfecto, traeré los papeles.
Mientras iba saliendo, casi se tropieza con una rubia vestida de rojo que se sacaba fotos.
—Disculpe, ¿qué hace y cómo entró?-
—Ah, hola. Soy Amalia, señorita Agatha, la pareja de Marco —dijo Amalia señalando hacia dentro de la oficina.-
—La junta fue estipulada para dos personas. No se me avisó de nadie más. Deberá retirarse.-
Amalia hacía gestos e intentaba llamar la atención de Marco, que conversaba gratamente con Diana. Al verlos así, empezó a gritar. Agatha llamó a seguridad.
 Estaban a punto de retirarla casi a empujones cuando Marco se dio cuenta de lo que pasaba y pidió disculpas, mientras Diana intervenía ante Agatha para detener a los guardias. Al final la hicieron pasar; saludó forzadamente a Diana, besó exageradamente a Marco y le agradeció efusivamente a Agatha.
Agatha, seria como un juez, la miró despectivamente mientras Amalia decía que la fiesta tenía que ser temática.
—No más Moana, por favor —acotó Agatha.
Diana no contuvo la risa.
—Cierto, la fiesta sería temática, pero quédese tranquila: digamos de princesa, flores, alguna corona.
—El vestuario no corre por mí cuenta, solo la decoración y el buffet —aclaró Agatha.
—Claro, el que vi está bien con algunos globos.-
—¿Globos plateados? Porque no pensará en esos de animales...-
—No, señorita, mi hija es grande, no necesita un payaso.-
—Cuánto me alegro. Esto, como ya le expliqué, es un servicio VIP.
Y se levantó de su silla de reina como una alta pelirroja con algunos lunares en la piel y un metro de piernas bajo esos jeans ajustados ese cinto Gucci que marcaba su preciosa cintura. En ese instante, el aire de la oficina se volvió denso. Marco sintió cómo el perfume dulce y empalagoso de Amalia chocaba contra la madera seca de Diana y la fragancia fría, casi metálica, de Agatha. Era un campo de batalla invisible donde él, a pesar de su fortuna, se sentía repentinamente vulnerable.
A Amalia no le alcanzaban las palabras para expresar lo que significaba estar ahí con la organizadora más famosa del mundo. Marco le pidió discreción y Diana fingió no escucharla, aunque sonreía de reojo. Amalia lo notó y disparó:
—Mirá, "bombón asesino", esta mujer es famosa en las redes, organizó los eventos más chic. ¿A ella también la envidiás como a mí por tener a Marco? Siempre sola, la pobre.
Diana se rió a más no poder en la cara de Amalia; la había soportado demasiado. Marco intentó hablar, pero Agatha volvió con un contrato y una bolsa de regalos. 
Le entregó el contrato a Marco y le dio la bolsa de regalos a Diana como quien entrega algo valioso. Diana la abrazó; Agatha le dijo: —La próxima vení, el vodka es espectacular, los puentes son una maravilla arquitectónica y....
—¿Cómo? O sea, ¿ustedes dos son pareja? —disparó Amalia con los ojos abiertos como faros.
Agatha la miró de arriba abajo desdeñosamente y terminó la frase: —Los hombres excesivamente caballerosos y guapos.
Marco se quedó mudo reflexionando. 
Entre esas tres mujeres hermosas había más de cien años de vivencias, belleza y las curvas más peligrosas. Sin embargo, a su manera, cada una estaba llena de defectos; eran las curvas que solo una pista de carreras que un experto podía sortear y ganar.
 Él era experto en el ovoide del rugby y, aunque ahora estuviera dispuesto a enfrentar todos los peligros de la vida, sabía que no servía de nada acelerar si no tenía un norte.
Podría acelerar la pista con Amalia si se comportaba mejor ante las personas y seguir soñando con Diana inclusive admirar a Agatha de lejos durante la fiesta. 
Se acomodó el nudo de la corbata y soltó un suspiro; caminar entre Amalia, Diana y Agatha juntas era como jugar un mundial sin protección.
Firmo el contrato pago la mitad y siguió pensando Agatha más que una pista de carreras era una curva cerrada Amalia era la más fácil.
Más viéndola comportarse así como lo hizo lo defraudo ella habia quedado en ridiculo pero siguió alabando a Agatha mientras ella se miraba con Diana con maldad en los ojos.
Manejar esas pistas a alta velocidad intentando llegar a la meta sin cinturón de seguridad en cada curva girar y tomar la otra... era difícil más no imposible por ahora solo derrapara la pista que tenia segura aunque muy dulce:Amalia.
 Marco ya no era el maestro que temía a los números rojos, sino el dueño de su propio destino.
Entendió que su verdadera victoria no estaba en los negocios ni en los lujos, sino en asegurar que, al final del día, el camino fuese derecho y siempre lo llevara de vuelta al abrazo de sus hijas.

domingo, 12 de abril de 2026

Amado esposo

A sus treinta y dos años Olivia sin querer encontró al amor de su vida: Lucio. Un hombre de treinta y cinco años cirujano simpático, con un buen pasar económico una familia simple pero cariñosa y lo más importante que la quería y valorara por lo que ella era. El tiempo transcurre entre flores y bombones de parte de Lucio hasta que los lleva altar. Una bella boda pequeña pero Olivia con su vestido de novia esta hermosa y Lucio con su traje azul marino muy elegante, sus abuelos estuvieron presentes y eso fue un regalo aparte por parte de Lucio hacia ella. Una recepción pequeña y felicidad enorme.
A los dos años de casados llego Valentin una niña sana tez trigueña a sus vidas y no se los podía creer más felices Lucio asistió al parto y acompañó a Olivia todos los días hasta en sus peores antojos. A partir de ahí la vida empezó a cambiarles más drásticamente las noches sin dormir los horarios de las cirugías adelantados pero siguieron felices en su amor. Firmes vencerian al mundo y a todas las contras que les vinieses. Cuando discutían terminan la discusión con una frase: -Acordemos no de estar de acuerdo.- Y cada uno se retira a hacer lo que mejor les plazca.
Lucio seguía con sus peluches y sus rosas solo que ahora eran divididos entre Olivia y Valentina. Y de una extraña forma Olivia lo resentia. Amaba a su hija con todo su ser pero al ver a Lucio cargando a Valentina diciéndole: Mi niña Valiente. Cuando ella Olivia la había traído al mundo en un parto doloroso le molestaba. Lucio se dormía en la habitación con Valentina en sus brazos y Olivia se acercaba para llevarla a la cuna y empezaba a llorar siempre Lucio se despertaba y la llevaba él pero se quedaba dormido contando historias hablándole como si ya fuera una niña grande. Mientras Olivia intentaba dormir su dilema. Lucio y su horario. Lucio y Valentina. Ella había renunciado al trabajo por el embarazo y ahora no tenía donde ir en todo el día no tenía más compañia que Valentina. Y Valentina solo quería estar con Lucio. Se sentía fatal por sentir eso. Más no podía dejar de sentir. No tenía un interruptor para apagar ese sentimiento. Y el abandono. Extrañaba las sorpresas de Lucio las cenas románticas a la luz de las velas los pétalos de rosa regados en la cama las flores y todo aquello. Su corazón se lleno de codicia de romanticismo. Admitía estar pidiendo más y mucho más. Los meses transcurrían y por fin Lucio se dio cuenta que Olivia no estaba bien ya ni se peinaba. No hablaron simplemente la volvió a llenar de aquello que tanto extraña.
Pero el alivio duró poco. Olivia se volvió dependiente, una sombra que lo perseguía por la casa reclamando cada segundo de su existencia. Lucio, agotado por las guardias y por la demanda incesante de una mujer que ya no reconocía, empezó a sentir que el amor se convertía en odio. El cansancio era una costra en su mirada.
Una madrugada, el dolor físico estalló en el vientre de Olivia. Era una apendicitis aguda, clara y peligrosa. En el hospital, en medio del caos de la guardia, ella lo agarró con una fuerza sobrenatural, desencajada y fuera de sí.
— ¡No voy a dejar que nadie más me toque! —gritó Olivia, su voz resonando en las paredes frías del hospital—. ¡Operame vos, Lucio! ¡Quiero que seas vos! ¡Te lo ordeno, juralo! ¡QUIERO QUE SEAS VOS!
Lucio la miró. En ese momento no vio a la mujer de la que se enamoró, sino el ancla que lo estaba hundiendo en un mar de miseria. Entró al quirófano con una calma gélida. Mientras abría el tejido, el llanto de Valentina en su memoria y los reclamos de Olivia se mezclaron en un zumbido ensordecedor. Ya no quería más escenas, ya no quería más súplicas ni más flores compradas por obligación.
Al momento de cerrar, Lucio sostuvo la jeringa en su mano. 
Miró el rostro sedado de su esposa y, con una decisión silenciosa y oscura, la dejó adentro. Sabía perfectamente lo que hacía. Sabía que esa jeringa sería el final de su agonía mutua. Cosió la herida con una prolijidad aterradora, ocultando el arma bajo la piel.
Olivia nunca despertó .
.Ante el cuerpo inerte, Lucio no derramó una sola lágrima. 
Con la misma mano que había dejado la jeringa, tomó una lapicera y firmó el acta de defunción sin temblar. Dejó el papel sobre el escritorio de la clínica y caminó hacia la salida.
 Se fue del hospital sin mirar atrás, sintiendo por primera vez en años que podía respirar, mientras el secreto quedaba sepultado junto con ella
Y él volvió a su libertad.

martes, 31 de marzo de 2026

Prejuicio enfermo

¿Quién diría que en pleno siglo veintiuno el prejuicio estaría tan presente como está?
Porque si vas al psicólogo, estás loco.
Si vas al psiquiatra, estás mucho peor.
Ser discapacitado es ser inválido, no tener piernas, no poder caminar, ser ciego o sordomudo.
Lo demás no existe, son inventos.
Vos no querés ser "normal".
Porque lo normal es lo que la sociedad espera de nosotros.
Nosotros, seres comunes.
Si hay una cosa que toda mi vida me hizo sentir mal es el significado que yo le doy a la palabra comunismo.
SOMOS TODOS COMUNES.
Y yo siempre me sentí especial y no de mala manera.
Yo soy yo y punto, no hay extensiones de mí, ni las habrá.
La moral de esta época, donde un hombre tiene vagina y una mujer pene y está bien y ¡bravo!, ¡qué orgullo!, mira y discrimina a epilépticos, a los que sufren Tourette, depresión, trastorno de atención, etc.
El autismo ha acaparado todo en esa índole.
Si no mirás fijamente a alguien cuando hablás, sos autista.
No es así.
Para todas estas condiciones hay niveles y tratamientos.
No todo se cura con las mismas pastillas y mucho menos con dos secas de marihuana.
Algunos remedios te hacen aumentar o perder peso o algún efecto secundario tienen. 
La epilepsia es convulsiva en la mayoría de los casos, lo que implica que de pronto estás bien y empezás a patear, a tirar manotazos como un ahogado y entrás en un estado avanzado.
El cerebro es —como para que se lo imaginen— un campo lleno de lámparas encendidas; en eso una empieza a fallar y el mismo efecto dominó lleva a las demás hasta provocar que todas las luces hagan un cortocircuito.
Las ondas cerebrales son electromagnéticas, así que creo que es un ejemplo fácil y expeditivo para el lector no entendido en la materia.
Es una afección neurológica que no tiene cura.
Se puede controlar, mas nunca se sana, y todos nacemos con ella igual que con la diabetes, solo que a algunos se les "despierta", o sea se les manifiesta, y a la mayoría no.
Hace años se creía que esta condición no era una enfermedad; estabas poseído por algún demonio.
Hace poco, en un país limítrofe al mío, a una mujer le dio una convulsión y le practicaron un exorcismo en pleno siglo veintiuno.
¿No queman brujas de casualidad?
Vemos gente vestida de animales, pero hagamos un exorcismo a esta mujer que está convulsionando en la calle...
¡El Diablo la quiere hacer su esclava!
¿Doble moral?
 No, para nada. 
¿Se notó el sarcasmo o lo escribo de nuevo?
El Tourette son movimientos espasmódicos y tics corporales muy dolorosos; en la mayoría de los casos retenerlos puede ser tan agobiante luego que llegan al límite, ya que los músculos se tensan provocando dolor.
Sin contar si a eso lo acompaña la coprolalia, que es decir palabras mayormente obscenas.
Y la mayoría sacan el celular y no para llamar a emergencias, sino para filmar y reírse en redes sociales.
Exponen los malestares de personas más vulnerables.
Porque cuando te dan el diagnóstico de que lo posees o alguien cercano a vos lo tiene, lo primero que se siente es depresión y la clásica pregunta: 
¿POR QUÉ A MÍ? 
Te llenás de frustración, la vida se vuelve una sombra ya que esto no lo podés hacer... ejemplo: manejar o algo de equilibrio, ya que suele fallar en algunos casos no podes tener cosas de vidrio ya que esta el riesgo de tirarlas y cortarte y así un sin fin de ejemplos.
Para un diabético inyectarse insulina es, desgraciadamente, su día a día y comer carne, y ahí saltan los veganos a quejarse de que son asesinos.
No lo son, no quieren morirse de hambre; así de vulgar te lo escribo y disculpame, querido lector, es que en esta era no habría por qué explicar nada y, sin embargo, para algunos hay que explicar todo y hasta excusarse.
¡NO SE ELIGE ESTAR ENFERMO!
Estas realidades limitan.
Hay senderos para ciegos que me parece un gran paso, igual que los semáforos y las Olimpiadas Especiales.
Pero esas son discapacidades mayores, por decirlo de alguna manera.
Cuando saques a pasear a tu perro, recogé lo que deja, porque esa suciedad que ignorás termina en las manos de los que van en sillas de ruedas .
Ayuda a cruzar al no vidente.
No mires mal a nadie.
 Empatía básica.
Cuidado mínimo.
La fotosensibilidad viene de muchas cosas y las migrañas que ocasiona son muy crueles.
Te cambia el ánimo un dolor de cabeza normal, imagina una migraña...
Pero intentás ir a averiguar con un psicólogo que te derivo el neurólogo  porque puede ser nerviosa la causa y solo querés una charla con un especialista —y de paso para relajarte—, y ya estás loco.
Vos solo buscás una óptica diferente y tal vez más centrada.
¿Nunca les molesto el flash de la cámara cuando les toman muchas fotos?
Es más o menos eso a milésima potencia.
No digo que todos los especialistas sean santos y expertos, nada más lejos de mi opinión; hay que buscar para encontrar al adecuado, que te dé un tratamiento tanto para el paciente como para el entorno que sufre.
Si hay entorno obviamente.
Podés estar deprimido por algo que te sucedió y querer volver a estar bien, y vas al psicólogo y te deriva a un psiquiatra que te medica, ya sea con un placebo suave o un remedio fuerte; vos solo querés salir de esa depresión que te tuvo cautivo desde que abriste los ojos hasta que los cerraste para ir a dormir, martillando tu cabeza cual taladro hidráulico.
Pero a los ojos de esta sociedad, estás loco.
No se cura una depresión con ponerle ganas ni un ataque de pánico con respirar profundo. Pedirle a un epiléptico que controle su cerebro es tan ridículo como pedirle a un asmático que fabrique su propio oxígeno.
En los años noventa muchos acá fueron diagnosticados con epilepsia y ahora están sanos.
No es así.
Simplemente eran jóvenes, estaban sobreestimulados, estresados, con las hormonas alborotadas por la edad y tuvieron una convulsión nerviosa o varias, y el neurólogo o psiquiatra dijo: "Otro para las estadísticas".
Qué ganaban los médicos con esto no tengo idea.
 Pero sé que pasó.
Deformidades desagradables a la vista sensiblera de muchos progresistas del falso progreso   como hidrocefalia, alergias, tumores, masas: 
¿Y qué hacen?
Sacan el celular y les toman una foto.
Ah, pero no se puede sacar una foto a una drag queen que es la copia de María Antonieta porque denuncia y escrache social.
¿Y los otros dónde denuncian?
 Nadie te toma la denuncia.
 Moral patética.
Yo no digo que ser homosexual sea una enfermedad , nada más dista de mi pensamiento; solo quiero explicar que ellos o elles, o como deba mencionarlos, optaron por esa vida, ya que muy pocos lo sienten realmente de niños.
La anorexia y la bulimia tampoco son algo voluntario y se quedan mirando a estas personas con asco mientras ellos se inyectan botox ácido hialuronico se hacen implantes capilares y demás para ni siquiera ser normales ser comunes porque exageran y terminan deformen e iguales vienen en tres modelos pelirrojo,morocho y rubio.
Gente de plástico concentrado.
La cuarentena, que aquí fue la más larga del mundo, contribuyó de sobremanera a aumentar los casos de ansiedad social, agorafobia y distintos trastornos.
Hay gente que aún hoy no sale de sus casas por temor y pasaron seis años.
El síndrome de personalidad límite ahora salió a la luz y no es un chiste.
Es un patrón de inestabilidad emocional y de las relaciones; es vivir en una montaña rusa constante, con un miedo profundo al abandono y se enojan con facilidad; muchos solo intentan manejar una intensidad que les quema por dentro.
Como cuando dicen de alguien que hoy dice NO y mañana dice SÍ que es bipolar. 
No lo es.
Cambio de opinión.
La bipolaridad es otra cosa más grave.
Esos tocs pueden o no ser síntomas, pero el dedo que juzga siempre es el mismo.
Dejen de apuntar la cámara del celular y el dedo pensando que una convulsión es por la droga o que alguien está "fuera de sí" por elección.
Vivimos en una era donde es casi obligatorio preguntar el género de cada "elle", pero nadie se toma un segundo para preguntar si la persona que sufre una convulsión o un tic está enferma o necesita ayuda.
Es la misma falta de empatía que ignora el esfuerzo por seguir adelante mientras otros critican.
Las enfermedades de la piel tampoco son una broma pero asi se toman ; llevar la cara llena de minis volcanes en erupción no es una elección estética, es un padecimiento que se carga a la vista de todos y no es lepra.
Miran a los que padecen hidrocefalia o tumores muy visibles como si fueran alienígenas, con una curiosidad morbosa que despoja de humanidad al que tiene enfrente.
Si tenemos tanta delicadeza para algunos y tanta crueldad para otros, entonces el prejuicio nos ganó y es una moral selectiva.
Y un prejuicio.
No es una falla de carácter, no es un capricho y mucho menos un invento para llamar la atención.
A veces el cuerpo, manejado astutamente por el cerebro, simplemente se dispara y toma el control: un parpadeo constante que no podés frenar, un hombro que se sacude solo o un sonido que se escapa sin permiso.
Son tics involuntarios, chispazos de un sistema que no te define como persona pero que te expone ante la mirada ajena.
El verdadero cortocircuito no está en el cerebro del que padece, sino en la mente del que señala y juzga.
No está mal ir al psicólogo; no es síntoma de locura, es de valientes que buscan entenderse en un mundo que prefiere filmar antes que ayudar.
No está mal buscar una guía para aprender a caminar en la propia tormenta.
De la depresión con buenos consejos tanto médicos como de familiares y/o amigos y seguimiento se sale.
Vitorean gloriosos a una joven que se practicó dos abortos en seis meses mientras miran con horror a un niño con hidrocefalia.
¿Creen que el niño hizo algo para tener esa condición?
El síndrome de Down lo sufren muchos pero se usa como insulto, siendo que han demostrado ser muy capaces.
Algunas enfermedades son genéticas y/o hereditarias.
Aplauden al sobrepeso porque no pueden pagar el Ozempic y tratamientos estéticos ; cuando puedan se les olvida.
Algunos tiemblan cuando se sienten nerviosos o les sudan las manos y no, no están sufriendo un ataque al corazón ni están alcoholizados; están nerviosos y esta es una manera involuntaria de demostrarlo.
Todos nos lavamos los dientes antes de dormir, ¿verdad?
Hay quienes lo hace muy pulcramente y no es un tic.
Capaz hayan sufrido algún tipo de infección o no... Gustos, libertades caprichos..
Pero ya es un psicótico de la limpieza bucal.
También están los que sufren de trastornos obsesivos compulsivos.
Algunos limpian compulsivamente cada superficie buscando un orden que el mundo no les da, mientras quienes los juzgan ignoran que su propia máscara es solo una apariencia más; mientras tanto, el prejuicio sigue ganando terreno.
Si seguimos así por culpa del prejuicio y del olvido de otros, ya que hemos sido perseguidos —sí, como suena—, tendremos no solo que andar con un cartel porque no exigimos que se no se nos trate diferente, sino que buscaremos un día, ya que hay varios, y nos obligarán a sentirnos orgullosos de nuestras condiciones y marchar por la avenida cada uno con un cartel con su condición.
¿Eso quieren?
¿A ese límite nos quieren acorralar?
Saben que muchos no tienen dinero para sus remedios y sus tratamientos y es muy difícil conseguirlo gratis.
No todos quieren exponerse ni a sus males; sé que muchos hacen lo posible para visibilizar sus males y ellos mismos nos cuentan lo mucho que han sido maltratados.
Si realmente quieren ser inclusivos, dejen de mirar como si fuéramos de otro planeta y extiendan su mano.
Si aceptaron a los gays, lesbianas, transgénero, trans edad y hasta a los therians, ¿por qué no a los que vamos al psicólogo para un simple desahogo o por alguna condición?.
No les estamos pidiendo nada más que el mínimo esfuerzo pero se niegan a hacerlo.
Una mano amiga.
Un poco de consideración.
Guarden su prejuicio.
No pregunten asombrados que ¿es eso? y su dedo señalador.
Sigan, sigan con su cámara y sus críticas; el prejuicio y la moral barata destruirán al mundo que bastante podrido esta.


Nota de la autora: 
No soy psiquiatra, ni psicóloga, ni farmacéutica; solo quise hacer un simple descargo.
 Existen terapias variadas: desde la terapia cognitivo-conductual y la estimulación magnética, hasta la musicoterapia y la terapia con animales. 
La depresión es un tema serio y no es simplemente "estar bajoneado".
 Muchas de estas condiciones no tienen cura, o los tratamientos son demasiado agresivos e invasivos. Y si estas personas han aprendido a vivir estoicamente con estos problemas limitantes, ¿por qué la mayoría sigue viéndolos como "loquitos de m^^^"?
 Hablo de las enfermedades que conozco. 
No hablo del enanismo, ni de la dislexia, ni de temas que no domino; por eso omití tantos. Sé que se organizan eventos y convenciones, y que en algunos casos existe una intervención para la epilepsia, pero es muy riesgosa, igual que para el Tourette. Es increíble que tenga que volver a explicar cosas que se pueden encontrar en Google, pero aquí va: dejen sus prejuicios, no contagiamos.
 Contagien empatía, contagien cariño, una mano amiga o un oído comprensivo.

Prejuicio enfermo

Curvas peligrosas

Marco llega al estacionamiento, en su Mercedes de colección, de un edificio ubicado en el microcentro porteño después de dejar a sus hijas e...