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martes, 2 de junio de 2026

Viral mentira

Camila es una adolescente común que se hartó de todo y desea ser viral.
 Desea la fama.
 Abre cuentas en varias plataformas, toma su guitarra y se pone a cantar mientras se filma con su cámara web. Es otra con poco talento y una guitarra. 
Nada fuera de lo común. 
Pero en una plataforma tiene mejores comentarios y en la otra los comentarios son obscenos; no se sonroja y arma una cuenta en una página para adultos.
El sitio se queda con el veinte por ciento de sus ganancias y se vuelve tedioso despertarse, lavarse la cara, maquillarse sutilmente las ojeras y los labios para volver a la cama para sacarse una selfie para el sitio, pero es dinero que entra. Ella, más que el dinero, busca desesperadamente la viralidad. Así que investiga. El morbo vende.
¿Cómo explotar el morbo de la gente?

Inventa una historia triste. 

De niña su tío la había violado mientras su padre los miraba y su madre jamás le creyó.
 Sus hermanos se habían enojado con ella por denunciarlo, siendo que ellos habían sufrido lo mismo.
 Se lo dijo tantas veces que se lo creyó; por suerte, el tío estaba fuera de alcance, hacía años vivía como un ermitaño, el padre de ella había muerto y la madre estaba muy fuera de foco.
 El papel de víctima lo adoptó como propio, aunque su historia era más falsa que una moneda de cuero.
 La gente empatiza con esa joven que contaba su triste niñez frente a una cámara web y empezaron a llegar los followers y, los más importantes, los suscriptores sus aportes y sus likes.
Pasó días escribiendo guiones, aprendiéndolos de memoria para no errar si le hacían alguna pregunta sobre su infancia en los vivos.
 Tanto así que hasta borró a sus hermanos de su celular y a su madre, no sin antes pagarle a sus hermanos por su silencio.
 Ella misma creó una vida dolida, cruel, y se la creyó; se la implantó digitalmente, metafóricamente, pero hasta llegó a llorar en solitario su propio abuso.
En un video le preguntaron por qué tenía esa página porno; ella respondió que quería monetizar, que la vida era ruda.
 Lloraba el precio del alquiler y de a poco su comunidad le fue pasando dinero extra.
 Era bueno eso. 
¿Quién necesita hermanos cuando tiene gente que pague por vos?
 Algunos le habían pagado los servicios completos; ella dejaba poco sutilmente sus datos y los enlaces.
 A la noche empezó a hacer vivos; hablaba un tanto alto sobre un Dios apóstata que jugaba con nosotros como peones y filosofaba sobre ello; le costó al principio leer los mensajes, responder y no confundirse. 
Gritaba, se desesperaba. 
Con algo de práctica lo logró.
 En otros vídeos habla sobre sus relaciones con los hombres y cuenta demasiado: detalles muy picantes hasta donde la plataforma lo permite. 
Cada cita que tiene -ya que busca novio o compañía- cada tanto hay una aventura sexual en un lenguaje soez para subir números.
Muchos le dicen que se cuide, que ella es demasiado para regalarse así, pero hace caso omiso. Y al otro día hablaba de cómo se cura la candidiasis con aceite de coco, otra noche sobre el aborto legal, y la masa de visualizaciones aumenta.
Con ella llegan algunos haters que la insultan por simple juego y una cuenta que la trataba por su segundo nombre: Maribel.
 Esto la asustó, pero como la cuenta era agresiva, mandó a su comunidad a atacarla y denunciarla, y la bloquearon. 
Para seguir estando en ambas partes se armó una rutina y funcionó de maravilla.
 A la mañana se sacaba fotos para la página porno, a la tarde trabajaba, escribía los guiones y miraba tendencias; si podía, subía videos, y a la noche, luego de cenar, hacía sus vivos. 
Decía estudiar y trabajar; la mitad era mentira, había dejado los estudios ya que no le generaban placer económico. 
Una noche filosofó sobre el ateísmo y dijo serlo, cuando se pisó y volvió a la Pachamama.
 No hubo trending que no hiciera: Simple Life, jardinería, vegetarianismo, etc.
 Respondía a las preguntas hasta que por fin la invitan a un streaming. Y su viralidad gana más ciberterreno. Algunos verificados la empiezan a seguir y entre ellos hacen vivos y dan charlas: ganan ambos.
.La cuenta Verdad Maribel está protegida pero siempre presente.
 Siempre diciendo: "Maribel es tu nombre, cuenta la verdad". 
Tanto le preguntaron sobre la cuenta porno que decidió anclar el video donde decía que la tenía porque necesitaba dinero y el video donde resumía su historia de su niñez violada y su denuncia, aquella que nunca pasó a manos de la ley.
 Muchos le dicen que vaya a tal lado o a otro, que hablara con tal o cual, pero ella solo daba like y enviaba corazones sin hacer nada. 
A menudo llamaba a "hacer una guerra" contra el capitalismo en que vivimos y luego se iba de tema diciendo que la guerra era triste, ya que en tiempos de guerra los padres entierran a sus hijos y en tiempos de paz el orden natural de las cosas era al revés.
 Muchos se daban cuenta de que engarzaba cosas que nada tenían que ver, pero eso la hacía más valiosa y entretenida para el público, para su comunidad.
 Y siempre aparece esa cuenta Verdad Maribel, pone comentarios y ya no puede más que bloquearla; al bloquearla, deja de verla instantáneamente.
Eventualmente se muda de casa a un lugar mejor y lo muestra orgullosa, y les regala a sus fans una tirada de cartas al ver el enorme impacto y la suba de números que produjo el esoterismo —aunque los VIPs, o sea los verificados, los influencers, le dijeran en privado que no lo hiciera—, lo hizo y por privado cobraba por la lectura de cartas personalizadas. 
Otro día sube un vídeo de cómo preparar guiso de mondongo, después enseña a poner ventosas que le dejan la piel marcada, otro día lee un cuento encontrado al azar.
 Así hasta que termina de acomodarse en su nueva casa.
 Una mucha más grande con una hermosa vista al mar y retoma los vivos.
Como sus métricas ascienden, llegan los canjes de bótox y cannabis, que ella a lo segundo siempre lo defendió; es más, contó que por el trauma, en una época, para pagar la psicóloga dejó de comprar cannabis, como si eso perteneciera a la canasta básica.
 Varios se lo dijeron, pero Camila se enojó.;para ella un par de secas o un par de cigarrillos de marihuana eran estrictamente necesarios.
 Otros influencers la defendieron en este tema y más viralidad alcanzó.
Hasta llegar a conseguir una sociedad con una estética: se implantó senos, se retocó todo lo que pudo y lo promocionó desde ahí; saludaba en sus vivos que ya eran muy cortos, y no hablando de aceptación como en un principio, nada más alejado a ella.
 Había que ser parte de la gente linda.
 Porque lindos somos todos por dentro, solo algunos por fuera, y eran aquellos que se trataban en la estética. 
Había llegado a su cúspide: era una influencer con dinero.
El vivo de esa noche celebraba los cien mil suscriptores. 
Camila lucía su nueva delantera y los labios retocados mientras sostenía una copa de champán frente a la cámara web de alta definición, con el ventanal de su nuevo departamento frente al mar de fondo. 
-Gracias a todos mis fieles -decía con voz alegre—. Ustedes me curaron. El capitalismo nos quiere aislar, pero esta comunidad... 
En el chat apareció una cuenta con el verificado dorado: un influencer de chismes con treinta millones de seguidores.
Al recibir su solicitud para unirse al vivo, Camila aceptó de inmediato buscando el crossover.
La pantalla se dividió.
 En lugar del influencer, apareció la cámara de un teléfono enfocando el interior de un auto abajo, en la calle
 El hermano no solo estaba en el vivo de Camila; transmitía en simultáneo desde la cuenta verificada hacia millones de personas. 
-Hola, Maribel -dijo una voz masculina y temblorosa. Camila se congeló.
-Te equivocaste de canal, amor, soy Camila. -
-No me podés bloquear de la vida real, Maribel -interrumpió su hermano mayor, enfocando su rostro y luego a su madre, sentada al lado con la mirada perdida y las partidas de nacimiento originales frente a la lente. Exponía todo el archivo familiar a millones de espectadores en tiempo real, mientras Camila, obnubilada por el pánico, solo miraba su propio monitor sin darse cuenta de la magnitud de la filtración. 
Pagaste nuestro silencio para comprarte esta vida de plástico -siguió el hermano-
 Pero acá estamos con mamá, mirándote desde abajo mientras vos te ponés de todo gratis por canje. -
-Estás confundido, pibe, yo no tengo hermanos, mi familia me abandonó después de lo de mi tío... —se quebró ella. -
-¿Qué tío, Maribel? El tío Pedro vive en el campo hace quince años y jamás te tocó un pelo. Nos pagaste con la plata de tu página porno para que no dijéramos que el viejo murió de un infarto en su cama y vos no hiciste nada no hay denuncia alguna eso de ahí de tu fijado es puro IA que inventaste una violación para dar lástima Pero mi parte te la devolví. -
-¡Es mentira! ¡Es un hater! -gritó Camila, tirando la copa al suelo. -
-¿Es mentira? Estoy abajo de tu edificio, piso doce, departamento B.Vivis ¿No? -
El hermano bajó del auto y apuntó la cámara hacia arriba, encuadrando su balcón iluminado-
Voy a subir con mamá a mostrarle a tus cien mil ingenuos las pruebas y la única transferencia que nos hiciste para que no hablemos.Los mensajes que te mandamos porque vos te fuiste de casa porque no apoyamos tus vicios tus drogas.-
 Su propio contador de visualizaciones batía récords, pero el chat del influencer era un incendio que exigía su cancelación.
 Los comentarios en su transmisión pasaron de la adoración al insulto en segundos.
 Los "verificados" empezaron a abandonar el vivo, borrando sus rastros.
 Se escuchó el zumbido del portero eléctrico y el eco del ascensor llegando al piso.
 Camila, con las lágrimas reales arruinando el maquillaje de la clínica, se abalanzó sobre la computadora y, en su pánico, tiró con fuerza del cable de la corriente.
 La pantalla se fue a negro para ella. 
Pero desde la cuenta del verificado, su hermano siguió transmitiendo en vivo para millones de personas el momento exacto en que la luz de ese ventanal se apagaba por completo, y con ella, la viralidad de Camila.

martes, 19 de mayo de 2026

Profeta de teclado

Falso, falso profeta.
Que dices clamar por tu verdad cuando tu voz lo único que declama son mentiras.
Profeta caminante que lo único que has caminado es hacia tu teclado. Virtualidad mal usada, lucro a una causa propia.
Dios en la Tierra te crees.
Lo único que ha estado bajo tus miserables pies es el piso que todos los mortales pisamos.
Si la frágil nieve de Bariloche se ha derretido en tus manos, lo ves como un milagro del fuego de tu corazón y no del calor térmico del verano.
Falso vidente que engañas con esotéricas palabras a los más desahuciados, mientras eliges a los pillos y atribuyes causas especiales a tus seguidores.
Estafados y convencidos en la próxima venida de un Señor que te has inventado, como buen sectario que eres.
¿Qué tanto reclamas?
Divide y vencerás, porque tú has dividido a un grupo fuerte, animoso y de presentismo.
Estos de dioses caminantes ya hartan. En realidad son más la noche que la luz que dicen ser.
Ahora gracias a tu soberbia, el invierno ha llegado antes de tiempo para los que te creyeron.
No eres fuego, eres el frío de una pantalla que se apaga; y cuando el ruido de tus teclas cese, solo quedará el silencio de los que aprendieron, por las malas, a caminar sin guías de cartón.
Decías que diferente a "guerreros del teclado" y eres lo mismo.
Falso.
Dios no eres tú, que queden bien claras mis palabras.
Dios te ha creado a ti.
Por más que lo desprecies y maltrates como a todos aquellos que no piensan como tú.
Que diferencian una profecía de un plan mal armado.
No nieva a tu voluntad, no llueve.
Solo caen letras en una absurda página de un pasquín que con suerte alguien leerá...
Y cuando esa pantalla finalmente se apague, lo único que quedará será tu reflejo en el vidrio negro: el rostro de un hombre común, atrapado en la oscuridad que él mismo sembró.
Para alimentar un ego tan grande que era diminuto.

miércoles, 22 de abril de 2026

Curvas peligrosas

Marco llega al estacionamiento, en su Mercedes de colección, de un edificio ubicado en el microcentro porteño después de dejar a sus hijas en el colegio y de haber pasado la noche con su novia, Amalia.
Ella es una mujer de treinta y dos años, rubia como el oro, con unos ojos azules profundos, siempre sonriente, de figura firme y un perfume dulce.
Al llegar al último piso, donde radica su empresa de ciberseguridad, saluda a todos y sigue su ruta hacia su oficina privada. Allí afuera lo espera Diana: una deslumbrante morocha de piel trigueña y ojos color miel, con el celular en una mano y, en la otra, una carpeta con un pendrive encima.
Marco, un hombre sonrisal, le agradece e intenta hacerla reír con un chiste.
 Diana, vestida de negro con un conjunto tailleur y una blusa escotada que insinúa sus atractivos senos, lo mira, le entrega la carpeta y el pendrive, esboza una media sonrisa y se retira dejando una estela de un perfume amaderado.
Diana era la joya del edificio.
 Era eficaz, empática, práctica, expeditiva y un "bombón", como la llamaban.
 Los tres primeros pisos pertenecían a abogados y, siempre que veían a Marco, le preguntaban cuándo la iba a despedir para contratarla ellos; decían que "se la compraban". Marco, siempre renuente y cuidándose de Recursos Humanos, solo decía que Diana era una secretaria y nada más; en la intimidad fantaseaba con ella. Luego se quedaba pensando en ese escote, en la curva de sus pechos y sus muslos y en el porqué trabajaba ella allí; Marco sabe que ella tiene granjas de criptomonedas y propiedades. 
Es divorciada y maneja un auto de hace tres años.
El perfume se desvanece en el aire. Marco pone música y Cerati canta que su corazón se vuelve delator. Marco pone manos a la obra, enciende la computadora y abre el pendrive.
 Revisaba los porcentajes cuando llamó su atención el portarretratos digital que tenía en su escritorio: sus dos hijas, desde que nacieron hasta el día de hoy. Cuánto tiempo había pasado.
Recordó sin sentimiento alguno a la madre de las chicas y fue más atrás, a su juventud.
 Evocó sus días como maestro, aquellas mañanas frías donde un trozo de tiza era su única herramienta y el sueldo apenas una ilusión que se escurría entre los dedos antes de llegar a fin de mes.
 Era una batalla constante contra los números rojos, una lucha digna pero agotadora por intentar enseñar futuro cuando el presente le resultaba tan escaso. 
Recordó el olor a aula vieja y el sonido de las hojas de los cuadernos, una vida austera que hoy parecía pertenecerle a otro hombre.
Luego, su mente se detuvo en el barro y el pasto. Sus días de jugador de rugby, cuando el mundo se reducía a ochenta minutos de choque y honor.
 Una pequeña lesión en el cuello aún le molestaba; había sido un tackle feroz, de esos donde el tiempo se detiene. Él había dado de lleno contra otro jugador más grande, un impacto que le sacudió hasta los pensamientos pero que terminó con la pelota recuperada. Todavía sentía en la boca ese sabor a sangre y tierra, el gusto agridulce de una gloria pasada que no necesitaba de Mercedes ni de empresas para sentirse real.
¡Juventud añorada!
Sabía que debía volver al presente, pero repasó sus momentos, los amó y volvió a la realidad. El ventanal que mostraba la ciudad se había opacado; la lluvia caía con furia. ¿Cuánto tiempo había estado en el pasado?
—Una eternidad —se dijo, y buscó a Diana.
Ella estaba sentada en su escritorio con las piernas extendidas, mirando fijamente el monitor. Se veía majestuosa, toda curvilínea.
—¡Quién fuera piloto de carreras para manejar sobre esas curvas! —pensó.
Era el chiste del edificio; muchas veces lo había oído y esta vez, más que nunca, lo entendió. En ese edificio trabajaban aproximadamente unas cien mujeres; Diana era la pista de carreras, la mujer maravilla, el bombón asesino.
Un rayo iluminó el cielo y, junto con él, se encendió el celular de Marco: su hija quería una fiesta de cumpleaños temática. Sin pensarlo le dijo que sí. después de todo, lo hacía más por ellas que por su ego. Como Diana tenía una amiga que organizaba eventos, la llamó. Diana entró a la oficina con el celular en la mano y le dijo que Agatha tenía otros estándares, aunque podría preguntar. Marco le agradeció y ella se retiró a hablar con Agatha. Se escuchaba la risa de Diana y el: —Qué fina te volviste, amiga, dejá el salmón noruego—.
Marco abrió la red social de esta organizadora de eventos y, vaya, no se andaba con pequeñeces la pelirroja: fiestas de blanco y negro, casamientos, eventos de caridad y hasta cumpleaños de famosos. Todo calidad premium y ella, como siempre, impecable. Sexy y sublime casi siempre mirando fijo a la cámara y vestida de azul. No acepta canjes, no hace propaganda más que a sí misma y, en una foto, está en una playa con Diana tomando mojitos; la imagen era espectacular.
Cuando la verdadera Diana entró, rompió el hechizo de sus ojos miel y su risa en la foto diciendo:
—Vas a tener que ir conmigo y, desde ya te aviso, que Agatha no es tan amable como yo; esto lo hago por tu hija.
—Gracias —respondió él.
La jornada terminó y Marco pasó a buscar a Amalia. Fueron a comer, luego a pasear y, más tarde, Amalia, siempre hermosa y dulce, escuchó atenta el pedido de la hija de Marco y cómo Diana lo iba a ayudar.
—Diana es una gran salvadora, ¿verdad? —dijo con ironía.
—No seas celosa, Amalia.
—Tiene más de cuarenta años y todos en ese edificio la desean, opaca hasta a las de veinte. ¿Qué tendrá?
—Eficiencia, cultura...
—Ok, ya entendí. Comé, mi amor, que esta noche el postre es muy dulce.
Se mordió los labios, hizo un gesto coqueto con el pelo y señaló la curva de sus senos. Aún caían pequeñas gotas de lluvia cuando llegaron a casa de Marco y Amalia se le lanzó al cuello en pleno ascensor con ferocidad. Era un cuerpo dulce en exceso, podía empalagar; por eso Marco la degusta como al extracto de vainilla, en pequeñas dosis, aunque esta noche fue imposible.
A la tarde siguiente, Marco y Diana se dirigieron al hotel palermitano donde Agatha tenía su oficina. Al entrar al vestíbulo, los acompañaron por un ascensor privado hasta llegar al primer piso y toparse con una puerta de cristal con el nombre de Agatha. 
Ella, una imponente pelirroja vestida de blue jeans y camisa azul, abrazó a Diana y la acompañó a su oficina dejando atrás a Marco.
 Cuando se dio cuenta del error, simplemente agachó los ojos y dijo:
—Por aquí, tome asiento y explíqueme su plan. ¿Usted no es el "nuevo Iron Man" argentino?
—¿Y usted de dónde sacó ese apodo?-Por demás incómodo respondió Marco.- 
—Tengo contactos. ¿Ya tiene el contrato con el ejército?-
Marco no se lo había dicho a nadie más que a los inversores. Le molestó que esta mujer supiera tanto, más esquivó el dardo envenenado y dijo:
—Mi hija quiere una fiesta para su cumpleaños aquí.-
—¿Cuántas personas?-
—Cincuenta.-
—¿Nada más? Yo me dedico a eventos grandes y de nivel.
Sus ojos negros eran un abismo de frustración; Agatha no organizaba cumpleaños íntimos. Miró a Diana, quien con la cabeza le señaló que había herido a su jefe.
—Si pudiesen agregar más gente, que sean setenta mínimo, sería viable.
Marco la miraba; era una mujer muy hermosa pero muy petulante. Diana seguía haciendo gestos hasta que Agatha la llamó aparte.
—Por favor, la nena quiere y él va a pagar.
—Por supuesto que va a pagar, pero ¿"la nena" no tiene amigos? No pido que sea la reina del baile, solo que no sea la ñoña inadaptada, Diana.
—Siempre fuiste una perra, jajaja... Mean girl —rió Diana.
—¿Regina George? Esa eras vos por lo que me dijeron; la inadaptada era yo, siempre estudiosa, pero tenía amigos aparte de los libros. Esta nena, ¿qué onda?-
—Podés hacerlo, a la chiquita le vendría bien.-
—Lo haré, pero con esta me debés dos.-
—¿Dos?-
—¡Sí, la otra por no acompañarme a Praga!-
Y las dos soltaron la carcajada. Volvieron y Agatha, seria, le pasó a Marco —que había observado todo el interludio con ojos agigantados ante los cambios de esas dos mujeres— una tablet con el salón, las flores y demás detalles. Marco lo miró y pensó en su hija; sí, era un precio excesivo, pero era "la marca" y él sabía de eso.
—¿Le parece bien ese paquete?
—Sí —respondió cortante.
—Perfecto, traeré los papeles.
Mientras iba saliendo, casi se tropieza con una rubia vestida de rojo que se sacaba fotos.
—Disculpe, ¿qué hace y cómo entró?-
—Ah, hola. Soy Amalia, señorita Agatha, la pareja de Marco —dijo Amalia señalando hacia dentro de la oficina.-
—La junta fue estipulada para dos personas. No se me avisó de nadie más. Deberá retirarse.-
Amalia hacía gestos e intentaba llamar la atención de Marco, que conversaba gratamente con Diana. Al verlos así, empezó a gritar. Agatha llamó a seguridad.
 Estaban a punto de retirarla casi a empujones cuando Marco se dio cuenta de lo que pasaba y pidió disculpas, mientras Diana intervenía ante Agatha para detener a los guardias. Al final la hicieron pasar; saludó forzadamente a Diana, besó exageradamente a Marco y le agradeció efusivamente a Agatha.
Agatha, seria como un juez, la miró despectivamente mientras Amalia decía que la fiesta tenía que ser temática.
—No más Moana, por favor —acotó Agatha.
Diana no contuvo la risa.
—Cierto, la fiesta sería temática, pero quédese tranquila: digamos de princesa, flores, alguna corona.
—El vestuario no corre por mí cuenta, solo la decoración y el buffet —aclaró Agatha.
—Claro, el que vi está bien con algunos globos.-
—¿Globos plateados? Porque no pensará en esos de animales...-
—No, señorita, mi hija es grande, no necesita un payaso.-
—Cuánto me alegro. Esto, como ya le expliqué, es un servicio VIP.
Y se levantó de su silla de reina como una alta pelirroja con algunos lunares en la piel y un metro de piernas bajo esos jeans ajustados ese cinto Gucci que marcaba su preciosa cintura. En ese instante, el aire de la oficina se volvió denso. Marco sintió cómo el perfume dulce y empalagoso de Amalia chocaba contra la madera seca de Diana y la fragancia fría, casi metálica, de Agatha. Era un campo de batalla invisible donde él, a pesar de su fortuna, se sentía repentinamente vulnerable.
A Amalia no le alcanzaban las palabras para expresar lo que significaba estar ahí con la organizadora más famosa del mundo. Marco le pidió discreción y Diana fingió no escucharla, aunque sonreía de reojo. Amalia lo notó y disparó:
—Mirá, "bombón asesino", esta mujer es famosa en las redes, organizó los eventos más chic. ¿A ella también la envidiás como a mí por tener a Marco? Siempre sola, la pobre.
Diana se rió a más no poder en la cara de Amalia; la había soportado demasiado. Marco intentó hablar, pero Agatha volvió con un contrato y una bolsa de regalos. 
Le entregó el contrato a Marco y le dio la bolsa de regalos a Diana como quien entrega algo valioso. Diana la abrazó; Agatha le dijo: —La próxima vení, el vodka es espectacular, los puentes son una maravilla arquitectónica y....
—¿Cómo? O sea, ¿ustedes dos son pareja? —disparó Amalia con los ojos abiertos como faros.
Agatha la miró de arriba abajo desdeñosamente y terminó la frase: —Los hombres excesivamente caballerosos y guapos.
Marco se quedó mudo reflexionando. 
Entre esas tres mujeres hermosas había más de cien años de vivencias, belleza y las curvas más peligrosas. Sin embargo, a su manera, cada una estaba llena de defectos; eran las curvas que solo una pista de carreras que un experto podía sortear y ganar.
 Él era experto en el ovoide del rugby y, aunque ahora estuviera dispuesto a enfrentar todos los peligros de la vida, sabía que no servía de nada acelerar si no tenía un norte.
Podría acelerar la pista con Amalia si se comportaba mejor ante las personas y seguir soñando con Diana inclusive admirar a Agatha de lejos durante la fiesta. 
Se acomodó el nudo de la corbata y soltó un suspiro; caminar entre Amalia, Diana y Agatha juntas era como jugar un mundial sin protección.
Firmo el contrato pago la mitad y siguió pensando Agatha más que una pista de carreras era una curva cerrada Amalia era la más fácil.
Más viéndola comportarse así como lo hizo lo defraudo ella habia quedado en ridiculo pero siguió alabando a Agatha mientras ella se miraba con Diana con maldad en los ojos.
Manejar esas pistas a alta velocidad intentando llegar a la meta sin cinturón de seguridad en cada curva girar y tomar la otra... era difícil más no imposible por ahora solo derrapara la pista que tenia segura aunque muy dulce:Amalia.
 Marco ya no era el maestro que temía a los números rojos, sino el dueño de su propio destino.
Entendió que su verdadera victoria no estaba en los negocios ni en los lujos, sino en asegurar que, al final del día, el camino fuese derecho y siempre lo llevara de vuelta al abrazo de sus hijas.

Prejuicio enfermo

Viral mentira

Camila es una adolescente común que se hartó de todo y desea ser viral.  Desea la fama.  Abre cuentas en varias plataformas, toma su guitarr...