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martes, 5 de mayo de 2026

Esperanza de una maestra

Demetria se levanta todos los días, de lunes a viernes, a las seis y media de la mañana para ducharse, tomar unos mates con algo dulce y salir a esperar el colectivo que la lleva a la escuela donde trabaja. Ya ha perdido mucha de su tenacidad y otra tanta se la han arrebatado. Los chicos de hoy se mimetizan más fácil que nunca. Si lo hacen en internet, ellos lo hacen; el vocabulario que usan es lamentable. «Alto aquello», «guacho», «tronco», «malandra», «gato», «chorro», «puta», «puto», «fierita», «llantas»... todo lo deforman. Ni mentar la lengua pseudoinglesa que también usan: crush, love bombing, cutre, six seven, boomer y así. Cortan las palabras, las deforman; es horrible escucharlos. El gracias, permiso y las disculpas no las usan. Ella siente la impotencia de no poder decirles nada a los padres, porque la mayoría de ellos o hablan similar o se enojan porque ella no los deja expresarse. Además, la escuela limitó su autoridad. Es aberrante, pero es su trabajo enseñar a nuevas generaciones que no quieren aprender; así lo siente y lo grita. 
Pelea por una reforma estructural y académica. Los padres ven a la escuela como un depósito, es por eso que se perdió nuestro rol de educadores y pasó a ser contenedor. 
Hoy por hoy, es lo único que está abierto a la sociedad: es por eso que recibimos de todo y hasta estamos expuestos a actos de violencia, incluso cuando se agrede a los docentes que ganan nada. La educación necesita de una reforma estructural profunda, pero no debe ser ni de la mano de los políticos, que buscan estadísticas, ni de los gremialistas, que no pisan el aula hace añares.
 Tiene que ser por parte de los que ponemos el pecho. Estas son las ideas de Demetria que prepara para el mitin: Sueldo Digno y Carrera Real: Basta de parches. Necesitamos un salario básico que dignifique nuestro trabajo y elimine el presentismo. Queremos capacitación obligatoria y un control estricto de licencias para que el presupuesto se use en quien realmente está dando clase. Recuperar la Autoridad en el Aula: El docente debe volver a ser el centro de la enseñanza, con derechos y obligaciones claros. Hay que modernizar los contenidos para que los chicos se motiven, pero siempre bajo un marco de respeto mutuo y disciplina. Límites y Evaluación Justa: Necesitamos volver a las sanciones efectivas. Hay que terminar con las mesas de examen infinitas que regalan la nota; el esfuerzo debe tener valor real. Escuelas de Oficios para el Futuro: Para los chicos con dificultades o que son más grandes que el resto, proponemos formación técnica con salida laboral. No todos aprenden igual, y el sistema debe darles herramientas para el trabajo real. Demetria anota cada idea para el próximo mitin o la próxima asamblea. 
Demetria necesita hacerse oír; lleva años como educadora y ha pasado por generaciones excelentes y malas. 
Pronto al aula llega una alumna nueva: Aldana.
 Una chica bien formada que, ni bien pisa el aula, la saluda respetuosamente y le presenta su anterior examen de la escuela donde venía.
Un promedio de nueve. ¡Qué alegría más grande para Demetria! Aldana mira tímidamente a Demetria, quien le sonríe al ver su ropa. 
Lleva un pantalón negro largo casi como escuela privada y una chomba blanca. Algunas de otras chicas van casi desnudas con minifaldas y simples corpiños hasta en invierno, pero maquilladas y con uñas y pestañas postizas. Los varones se sacan las remeras en los recreos y no vuelven a ponérselas. Otros van con insignias políticas que ellos mismos militan en la escuela y a esos menos se les puede decir nada.
 Ese es un ítem a tratar, piensa Demetria.
 Aldana era simple y Demetria la presenta a la clase. Ya uno de los varones se ríe de su nombre y las mujeres la miran como bicho raro por su ropa. Aldana baja la cabeza y Demetria se la sube. Es que así más o menos deberían estar vestidos todos. —Esto no es un colegio privado ni el servicio fucking fascista militar, doña.— —Profesora —corrige Aldana. Toda la clase hace muecas, ponen caras y hablan. Demetria logra callarlos, ubica a Aldana al centro al frente para que dejen de «atacarla» porque allí el bullying era moneda corriente. A pesar de los cursos que han tomado, los mismos alumnos se insultan; es la constante. Demetria dio su clase; al salir, Aldana le agradeció su apoyo. 
Todos los días era lo mismo: Aldana se esmeraba para sus notas, era la única que dejaba su celular bajo el pupitre, la única que se paraba cuando ella entraba al salón. Y a la que toda la clase molestaba con apodos que ella resistía estoicamente, pues como varias veces manifestó en voz alta, ella sí iba a estudiar. Era una chica con real ánimo de aprender; Demetria se aferraba a ella y ella a Demetria. Una tarde lluviosa se encontraron rumbo a la parada del colectivo y Aldana estaba pálida. Al notarlo, Demetria le preguntó qué le sucedía. 
Aldana dijo que eran cosas privadas. 
Demetria le dijo que en ella podía confiar (pensó algo muy malo). Aldana le dio a entender que tenía cólicos que solo le dan a las mujeres y Demetria respiró... lo único que faltaba era que ahora la golpearan o peor... ya bastante tenía con ser la señalada. Eventualmente, Demetria expuso sus ideas ante una asamblea escolar con padres; fue un desastre de nuevo frente a sus mismos compañeros que la miraban extrañados. Solo dos parejas de padres se quedaron a hablar con ella y la apoyaron: una eran los padres de Aldana. Quien en su casa, Aldana, en el grupo de estudio enfocada en la materia, cuando un compañero mandó una captura de pantalla por demás ofensiva. —¡Se portan como niños! —puso en el chat y arrojó el aparato lejos de ella. Tomó el libro y estudió a la antigua; luego envió un mail quejándose. Demetria siguió hablando con esas dos parejas de padres y logró no solo convencerlos, sino que la apoyaran; era lo justo. Ellos también querían una buena y sana educación para sus hijos. A la mañana siguiente, llena de esperanzas, envió su mail a una dirección más alta con el respaldo de aquellos padres. 
Revisando la bandeja de entrada, vio el mail de Aldana con capturas de pantallas; era sin dudas muy astuta al enviárselo a ella y no a la dirección donde lo más probable es que la expusieran. Demetria ese día en clase los reprimió con fuerza verbal explicando que el aula virtual era lo mismo que el aula y merecía respeto. 
Las quejas resonaron y las miradas a Aldana se notaron, pero fue de las pocas que aprobaron. El mail de respuesta tardó en llegar mientras entre Demetria y Aldana nacía un cariño. Los padres de Aldana la invitaron a cenar y, aunque ella opuso resistencia, Aldana se lo suplicó y no resistió. En esa mesa le explicaron que ellos podían hacer poco y nada, pero que la apoyaban. Aldana se indignó con el «poco y nada»; ella quería pelear por una educación justa, mas era pequeña aún. El mail de respuesta llegó a fin de año y fue una esperanza vana: «Solo una la tendremos en cuenta». Demetria empezó a hablar en redes sociales a juntar firmas y volvió a enviar el mail. Misma decepcionante respuesta. Con el paso del tiempo, Aldana pasaba más tiempo al lado de Demetria; ella le marcaba los «defectos» y cosas a corregir; esa muchacha era más exigente que la misma Demetria. También había que reformar los salones y baños la escuela en si. Al final del año se despidieron, pero siguieron enviando mails haciendo del aula un lugar mejor. Una vez Demetria se enteró de que en una clase habían roto las cerraduras para no tomarla y todos estaban implicados; solo una alumna los había delatado. Aunque eran la élite de la escuela, esta muchacha puso el pecho y señaló a los responsables. Era Aldana. Tuvo que protegerla de las mismas autoridades del colegio. Ya hartas, las dos llenaron de carteles el Ministerio de Educación. Casi todos los días iban a charlar después de clases allí y dejaban una carta que ya era carpeta. —¡Tarde o temprano seremos escuchadas! —se decían la una a la otra. Demetria dejó de ejercer como profesora y paso a ser directora el mismo año que Aldana se graduó. Y aún siguen luchando; solo que ahora tienen más respaldo. Aldana había hecho su parte y convencido a más gente, tanto alumnos como padres, y Demetria a docentes.

miércoles, 22 de abril de 2026

Curvas peligrosas

Marco llega al estacionamiento, en su Mercedes de colección, de un edificio ubicado en el microcentro porteño después de dejar a sus hijas en el colegio y de haber pasado la noche con su novia, Amalia.
Ella es una mujer de treinta y dos años, rubia como el oro, con unos ojos azules profundos, siempre sonriente, de figura firme y un perfume dulce.
Al llegar al último piso, donde radica su empresa de ciberseguridad, saluda a todos y sigue su ruta hacia su oficina privada. Allí afuera lo espera Diana: una deslumbrante morocha de piel trigueña y ojos color miel, con el celular en una mano y, en la otra, una carpeta con un pendrive encima.
Marco, un hombre sonrisal, le agradece e intenta hacerla reír con un chiste.
 Diana, vestida de negro con un conjunto tailleur y una blusa escotada que insinúa sus atractivos senos, lo mira, le entrega la carpeta y el pendrive, esboza una media sonrisa y se retira dejando una estela de un perfume amaderado.
Diana era la joya del edificio.
 Era eficaz, empática, práctica, expeditiva y un "bombón", como la llamaban.
 Los tres primeros pisos pertenecían a abogados y, siempre que veían a Marco, le preguntaban cuándo la iba a despedir para contratarla ellos; decían que "se la compraban". Marco, siempre renuente y cuidándose de Recursos Humanos, solo decía que Diana era una secretaria y nada más; en la intimidad fantaseaba con ella. Luego se quedaba pensando en ese escote, en la curva de sus pechos y sus muslos y en el porqué trabajaba ella allí; Marco sabe que ella tiene granjas de criptomonedas y propiedades. 
Es divorciada y maneja un auto de hace tres años.
El perfume se desvanece en el aire. Marco pone música y Cerati canta que su corazón se vuelve delator. Marco pone manos a la obra, enciende la computadora y abre el pendrive.
 Revisaba los porcentajes cuando llamó su atención el portarretratos digital que tenía en su escritorio: sus dos hijas, desde que nacieron hasta el día de hoy. Cuánto tiempo había pasado.
Recordó sin sentimiento alguno a la madre de las chicas y fue más atrás, a su juventud.
 Evocó sus días como maestro, aquellas mañanas frías donde un trozo de tiza era su única herramienta y el sueldo apenas una ilusión que se escurría entre los dedos antes de llegar a fin de mes.
 Era una batalla constante contra los números rojos, una lucha digna pero agotadora por intentar enseñar futuro cuando el presente le resultaba tan escaso. 
Recordó el olor a aula vieja y el sonido de las hojas de los cuadernos, una vida austera que hoy parecía pertenecerle a otro hombre.
Luego, su mente se detuvo en el barro y el pasto. Sus días de jugador de rugby, cuando el mundo se reducía a ochenta minutos de choque y honor.
 Una pequeña lesión en el cuello aún le molestaba; había sido un tackle feroz, de esos donde el tiempo se detiene. Él había dado de lleno contra otro jugador más grande, un impacto que le sacudió hasta los pensamientos pero que terminó con la pelota recuperada. Todavía sentía en la boca ese sabor a sangre y tierra, el gusto agridulce de una gloria pasada que no necesitaba de Mercedes ni de empresas para sentirse real.
¡Juventud añorada!
Sabía que debía volver al presente, pero repasó sus momentos, los amó y volvió a la realidad. El ventanal que mostraba la ciudad se había opacado; la lluvia caía con furia. ¿Cuánto tiempo había estado en el pasado?
—Una eternidad —se dijo, y buscó a Diana.
Ella estaba sentada en su escritorio con las piernas extendidas, mirando fijamente el monitor. Se veía majestuosa, toda curvilínea.
—¡Quién fuera piloto de carreras para manejar sobre esas curvas! —pensó.
Era el chiste del edificio; muchas veces lo había oído y esta vez, más que nunca, lo entendió. En ese edificio trabajaban aproximadamente unas cien mujeres; Diana era la pista de carreras, la mujer maravilla, el bombón asesino.
Un rayo iluminó el cielo y, junto con él, se encendió el celular de Marco: su hija quería una fiesta de cumpleaños temática. Sin pensarlo le dijo que sí. después de todo, lo hacía más por ellas que por su ego. Como Diana tenía una amiga que organizaba eventos, la llamó. Diana entró a la oficina con el celular en la mano y le dijo que Agatha tenía otros estándares, aunque podría preguntar. Marco le agradeció y ella se retiró a hablar con Agatha. Se escuchaba la risa de Diana y el: —Qué fina te volviste, amiga, dejá el salmón noruego—.
Marco abrió la red social de esta organizadora de eventos y, vaya, no se andaba con pequeñeces la pelirroja: fiestas de blanco y negro, casamientos, eventos de caridad y hasta cumpleaños de famosos. Todo calidad premium y ella, como siempre, impecable. Sexy y sublime casi siempre mirando fijo a la cámara y vestida de azul. No acepta canjes, no hace propaganda más que a sí misma y, en una foto, está en una playa con Diana tomando mojitos; la imagen era espectacular.
Cuando la verdadera Diana entró, rompió el hechizo de sus ojos miel y su risa en la foto diciendo:
—Vas a tener que ir conmigo y, desde ya te aviso, que Agatha no es tan amable como yo; esto lo hago por tu hija.
—Gracias —respondió él.
La jornada terminó y Marco pasó a buscar a Amalia. Fueron a comer, luego a pasear y, más tarde, Amalia, siempre hermosa y dulce, escuchó atenta el pedido de la hija de Marco y cómo Diana lo iba a ayudar.
—Diana es una gran salvadora, ¿verdad? —dijo con ironía.
—No seas celosa, Amalia.
—Tiene más de cuarenta años y todos en ese edificio la desean, opaca hasta a las de veinte. ¿Qué tendrá?
—Eficiencia, cultura...
—Ok, ya entendí. Comé, mi amor, que esta noche el postre es muy dulce.
Se mordió los labios, hizo un gesto coqueto con el pelo y señaló la curva de sus senos. Aún caían pequeñas gotas de lluvia cuando llegaron a casa de Marco y Amalia se le lanzó al cuello en pleno ascensor con ferocidad. Era un cuerpo dulce en exceso, podía empalagar; por eso Marco la degusta como al extracto de vainilla, en pequeñas dosis, aunque esta noche fue imposible.
A la tarde siguiente, Marco y Diana se dirigieron al hotel palermitano donde Agatha tenía su oficina. Al entrar al vestíbulo, los acompañaron por un ascensor privado hasta llegar al primer piso y toparse con una puerta de cristal con el nombre de Agatha. 
Ella, una imponente pelirroja vestida de blue jeans y camisa azul, abrazó a Diana y la acompañó a su oficina dejando atrás a Marco.
 Cuando se dio cuenta del error, simplemente agachó los ojos y dijo:
—Por aquí, tome asiento y explíqueme su plan. ¿Usted no es el "nuevo Iron Man" argentino?
—¿Y usted de dónde sacó ese apodo?-Por demás incómodo respondió Marco.- 
—Tengo contactos. ¿Ya tiene el contrato con el ejército?-
Marco no se lo había dicho a nadie más que a los inversores. Le molestó que esta mujer supiera tanto, más esquivó el dardo envenenado y dijo:
—Mi hija quiere una fiesta para su cumpleaños aquí.-
—¿Cuántas personas?-
—Cincuenta.-
—¿Nada más? Yo me dedico a eventos grandes y de nivel.
Sus ojos negros eran un abismo de frustración; Agatha no organizaba cumpleaños íntimos. Miró a Diana, quien con la cabeza le señaló que había herido a su jefe.
—Si pudiesen agregar más gente, que sean setenta mínimo, sería viable.
Marco la miraba; era una mujer muy hermosa pero muy petulante. Diana seguía haciendo gestos hasta que Agatha la llamó aparte.
—Por favor, la nena quiere y él va a pagar.
—Por supuesto que va a pagar, pero ¿"la nena" no tiene amigos? No pido que sea la reina del baile, solo que no sea la ñoña inadaptada, Diana.
—Siempre fuiste una perra, jajaja... Mean girl —rió Diana.
—¿Regina George? Esa eras vos por lo que me dijeron; la inadaptada era yo, siempre estudiosa, pero tenía amigos aparte de los libros. Esta nena, ¿qué onda?-
—Podés hacerlo, a la chiquita le vendría bien.-
—Lo haré, pero con esta me debés dos.-
—¿Dos?-
—¡Sí, la otra por no acompañarme a Praga!-
Y las dos soltaron la carcajada. Volvieron y Agatha, seria, le pasó a Marco —que había observado todo el interludio con ojos agigantados ante los cambios de esas dos mujeres— una tablet con el salón, las flores y demás detalles. Marco lo miró y pensó en su hija; sí, era un precio excesivo, pero era "la marca" y él sabía de eso.
—¿Le parece bien ese paquete?
—Sí —respondió cortante.
—Perfecto, traeré los papeles.
Mientras iba saliendo, casi se tropieza con una rubia vestida de rojo que se sacaba fotos.
—Disculpe, ¿qué hace y cómo entró?-
—Ah, hola. Soy Amalia, señorita Agatha, la pareja de Marco —dijo Amalia señalando hacia dentro de la oficina.-
—La junta fue estipulada para dos personas. No se me avisó de nadie más. Deberá retirarse.-
Amalia hacía gestos e intentaba llamar la atención de Marco, que conversaba gratamente con Diana. Al verlos así, empezó a gritar. Agatha llamó a seguridad.
 Estaban a punto de retirarla casi a empujones cuando Marco se dio cuenta de lo que pasaba y pidió disculpas, mientras Diana intervenía ante Agatha para detener a los guardias. Al final la hicieron pasar; saludó forzadamente a Diana, besó exageradamente a Marco y le agradeció efusivamente a Agatha.
Agatha, seria como un juez, la miró despectivamente mientras Amalia decía que la fiesta tenía que ser temática.
—No más Moana, por favor —acotó Agatha.
Diana no contuvo la risa.
—Cierto, la fiesta sería temática, pero quédese tranquila: digamos de princesa, flores, alguna corona.
—El vestuario no corre por mí cuenta, solo la decoración y el buffet —aclaró Agatha.
—Claro, el que vi está bien con algunos globos.-
—¿Globos plateados? Porque no pensará en esos de animales...-
—No, señorita, mi hija es grande, no necesita un payaso.-
—Cuánto me alegro. Esto, como ya le expliqué, es un servicio VIP.
Y se levantó de su silla de reina como una alta pelirroja con algunos lunares en la piel y un metro de piernas bajo esos jeans ajustados ese cinto Gucci que marcaba su preciosa cintura. En ese instante, el aire de la oficina se volvió denso. Marco sintió cómo el perfume dulce y empalagoso de Amalia chocaba contra la madera seca de Diana y la fragancia fría, casi metálica, de Agatha. Era un campo de batalla invisible donde él, a pesar de su fortuna, se sentía repentinamente vulnerable.
A Amalia no le alcanzaban las palabras para expresar lo que significaba estar ahí con la organizadora más famosa del mundo. Marco le pidió discreción y Diana fingió no escucharla, aunque sonreía de reojo. Amalia lo notó y disparó:
—Mirá, "bombón asesino", esta mujer es famosa en las redes, organizó los eventos más chic. ¿A ella también la envidiás como a mí por tener a Marco? Siempre sola, la pobre.
Diana se rió a más no poder en la cara de Amalia; la había soportado demasiado. Marco intentó hablar, pero Agatha volvió con un contrato y una bolsa de regalos. 
Le entregó el contrato a Marco y le dio la bolsa de regalos a Diana como quien entrega algo valioso. Diana la abrazó; Agatha le dijo: —La próxima vení, el vodka es espectacular, los puentes son una maravilla arquitectónica y....
—¿Cómo? O sea, ¿ustedes dos son pareja? —disparó Amalia con los ojos abiertos como faros.
Agatha la miró de arriba abajo desdeñosamente y terminó la frase: —Los hombres excesivamente caballerosos y guapos.
Marco se quedó mudo reflexionando. 
Entre esas tres mujeres hermosas había más de cien años de vivencias, belleza y las curvas más peligrosas. Sin embargo, a su manera, cada una estaba llena de defectos; eran las curvas que solo una pista de carreras que un experto podía sortear y ganar.
 Él era experto en el ovoide del rugby y, aunque ahora estuviera dispuesto a enfrentar todos los peligros de la vida, sabía que no servía de nada acelerar si no tenía un norte.
Podría acelerar la pista con Amalia si se comportaba mejor ante las personas y seguir soñando con Diana inclusive admirar a Agatha de lejos durante la fiesta. 
Se acomodó el nudo de la corbata y soltó un suspiro; caminar entre Amalia, Diana y Agatha juntas era como jugar un mundial sin protección.
Firmo el contrato pago la mitad y siguió pensando Agatha más que una pista de carreras era una curva cerrada Amalia era la más fácil.
Más viéndola comportarse así como lo hizo lo defraudo ella habia quedado en ridiculo pero siguió alabando a Agatha mientras ella se miraba con Diana con maldad en los ojos.
Manejar esas pistas a alta velocidad intentando llegar a la meta sin cinturón de seguridad en cada curva girar y tomar la otra... era difícil más no imposible por ahora solo derrapara la pista que tenia segura aunque muy dulce:Amalia.
 Marco ya no era el maestro que temía a los números rojos, sino el dueño de su propio destino.
Entendió que su verdadera victoria no estaba en los negocios ni en los lujos, sino en asegurar que, al final del día, el camino fuese derecho y siempre lo llevara de vuelta al abrazo de sus hijas.

domingo, 12 de abril de 2026

Amado esposo

A sus treinta y dos años Olivia sin querer encontró al amor de su vida: Lucio. Un hombre de treinta y cinco años cirujano simpático, con un buen pasar económico una familia simple pero cariñosa y lo más importante que la quería y valorara por lo que ella era. El tiempo transcurre entre flores y bombones de parte de Lucio hasta que los lleva altar. Una bella boda pequeña pero Olivia con su vestido de novia esta hermosa y Lucio con su traje azul marino muy elegante, sus abuelos estuvieron presentes y eso fue un regalo aparte por parte de Lucio hacia ella. Una recepción pequeña y felicidad enorme.
A los dos años de casados llego Valentin una niña sana tez trigueña a sus vidas y no se los podía creer más felices Lucio asistió al parto y acompañó a Olivia todos los días hasta en sus peores antojos. A partir de ahí la vida empezó a cambiarles más drásticamente las noches sin dormir los horarios de las cirugías adelantados pero siguieron felices en su amor. Firmes vencerian al mundo y a todas las contras que les vinieses. Cuando discutían terminan la discusión con una frase: -Acordemos no de estar de acuerdo.- Y cada uno se retira a hacer lo que mejor les plazca.
Lucio seguía con sus peluches y sus rosas solo que ahora eran divididos entre Olivia y Valentina. Y de una extraña forma Olivia lo resentia. Amaba a su hija con todo su ser pero al ver a Lucio cargando a Valentina diciéndole: Mi niña Valiente. Cuando ella Olivia la había traído al mundo en un parto doloroso le molestaba. Lucio se dormía en la habitación con Valentina en sus brazos y Olivia se acercaba para llevarla a la cuna y empezaba a llorar siempre Lucio se despertaba y la llevaba él pero se quedaba dormido contando historias hablándole como si ya fuera una niña grande. Mientras Olivia intentaba dormir su dilema. Lucio y su horario. Lucio y Valentina. Ella había renunciado al trabajo por el embarazo y ahora no tenía donde ir en todo el día no tenía más compañia que Valentina. Y Valentina solo quería estar con Lucio. Se sentía fatal por sentir eso. Más no podía dejar de sentir. No tenía un interruptor para apagar ese sentimiento. Y el abandono. Extrañaba las sorpresas de Lucio las cenas románticas a la luz de las velas los pétalos de rosa regados en la cama las flores y todo aquello. Su corazón se lleno de codicia de romanticismo. Admitía estar pidiendo más y mucho más. Los meses transcurrían y por fin Lucio se dio cuenta que Olivia no estaba bien ya ni se peinaba. No hablaron simplemente la volvió a llenar de aquello que tanto extraña.
Pero el alivio duró poco. Olivia se volvió dependiente, una sombra que lo perseguía por la casa reclamando cada segundo de su existencia. Lucio, agotado por las guardias y por la demanda incesante de una mujer que ya no reconocía, empezó a sentir que el amor se convertía en odio. El cansancio era una costra en su mirada.
Una madrugada, el dolor físico estalló en el vientre de Olivia. Era una apendicitis aguda, clara y peligrosa. En el hospital, en medio del caos de la guardia, ella lo agarró con una fuerza sobrenatural, desencajada y fuera de sí.
— ¡No voy a dejar que nadie más me toque! —gritó Olivia, su voz resonando en las paredes frías del hospital—. ¡Operame vos, Lucio! ¡Quiero que seas vos! ¡Te lo ordeno, juralo! ¡QUIERO QUE SEAS VOS!
Lucio la miró. En ese momento no vio a la mujer de la que se enamoró, sino el ancla que lo estaba hundiendo en un mar de miseria. Entró al quirófano con una calma gélida. Mientras abría el tejido, el llanto de Valentina en su memoria y los reclamos de Olivia se mezclaron en un zumbido ensordecedor. Ya no quería más escenas, ya no quería más súplicas ni más flores compradas por obligación.
Al momento de cerrar, Lucio sostuvo la jeringa en su mano. 
Miró el rostro sedado de su esposa y, con una decisión silenciosa y oscura, la dejó adentro. Sabía perfectamente lo que hacía. Sabía que esa jeringa sería el final de su agonía mutua. Cosió la herida con una prolijidad aterradora, ocultando el arma bajo la piel.
Olivia nunca despertó .
.Ante el cuerpo inerte, Lucio no derramó una sola lágrima. 
Con la misma mano que había dejado la jeringa, tomó una lapicera y firmó el acta de defunción sin temblar. Dejó el papel sobre el escritorio de la clínica y caminó hacia la salida.
 Se fue del hospital sin mirar atrás, sintiendo por primera vez en años que podía respirar, mientras el secreto quedaba sepultado junto con ella
Y él volvió a su libertad.

Prejuicio enfermo

Esperanza de una maestra

Demetria se levanta todos los días, de lunes a viernes, a las seis y media de la mañana para ducharse, tomar unos mates con algo dulce y sa...