Todos necesitamos una mujer que, en algún momento de nuestras vidas —más precisamente cuando todo se derrumba y las heridas nos desgarran—, nos ponga la cabeza en sus rodillas y nos acaricie la espalda, ya sea dándonos fuerza o simplemente en silencio. Más aún si eres un gato.
Que vaga por la vida medio cansado, un tanto frágil y tímido, que va por el mundo con la cola atenta y los pelos de punta.
Así era Sebastián, con su pelaje negro salpicado de manchas blancas como fantasmas. Tenía esa primera necesidad descrita sin siquiera saberlo.
A su lado siempre estaba Gabriel, su amigo inseparable desde las primeras noches en el arrabal. Gabriel era un gato gris atigrado, más callejero y curtido, pero con un corazón leal que latía al ritmo del de Sebastián. Juntos recorrían los techos, compartían los pequeños hallazgos de comida que encontraban en las calles y se acurrucaban uno contra el otro cuando el frío mordía. Gabriel era el que avisaba del peligro con un maullido bajo. Sebastián, más tímido, encontraba en él la valentía que a veces le faltaba.
Podrían haber seguido vagando así, con sus pulgas felices y su libertad, pero una mano amable les tendió un plato hondo de leche y les acarició con ternura la cabeza. Así, ambos se quedaron cerca de esa señora que también cuidaba a Leandro, otro minino que paseaba durante las noches por los arrabales de la zona.
Todos los días, Mirinda les dejaba un plato hondo de leche a cada uno y les rascaba la cabeza cariñosamente. Gabriel y Sebastián comían hombro con hombro, rozándose las colas en un gesto silencioso de complicidad.
Sebastián sentía que esa mujer lo conocía de algún modo profundo, casi como si lo hubiera estado esperando toda la vida, aunque no recordaba haberla visto antes. Mirinda lo había buscado durante años —a él, a Sebastián— por los callejones con una obsesión casi sagrada, convencida de que era el único ser digno de su amor. Pero ese amor era una trampa de cristal. En el momento en que lo tuvo a sus pies, la devoción se pudrió en soberbia: recordó que ella era una reina y él solo un vagabundo miserable que vivía de su limosna. Entonces, la misma mano que lo buscó para amarlo empezó a desear su destrucción, solo para demostrarle que un paria nunca sería igual a su dueña.
En el barrio la llamaban “la reina de los gatos”, pero murmuraban que luego se los comía con caramelos de medianoche. Llegaba al atardecer con su delantal y los platos hondos llenos de leche tibia, y los mininos se reunían a sus pies como súbditos fieles. Reinaba con una sonrisa que parecía dulce, pero que escondía algo frío, un control que no admitía desobediencia. Los gatos la obedecían porque el hambre y la soledad los ataban a ella. Era su reina… pero una reina malvada.
Y entre todos, había uno que era su favorito absoluto: Sebastián. El gato negro con manchas blancas siempre llegaba primero, se subía a su falda sin pedir permiso y ronroneaba más fuerte cuando ella le rascaba detrás de las orejas. Mirinda lo premiaba con trozos extras de carne y palabras cariñosas que no dedicaba a los demás. “Mi Sebastián”, decía, y el gato se acurrucaba contra ella como si supiera que era intocable. Gabriel, desde un poco más atrás, observaba con una mezcla de alegría por su amigo y una punzada de inquietud que no sabía explicar.
Era su consentido, el que nunca había recibido un empujón ni un golpe. Hasta que, por un malentendido o por su lengua suelta —porque Sebastián, en sus momentos de confianza, maullaba demasiado alto y contaba “secretos” del barrio que ella interpretaba como chismes—, el capricho de la reina se hizo real.
Mirinda vertió agua helada sobre Gabriel cuando intentó acercarse, empapándolo y haciéndolo retroceder con un bufido de sorpresa y frío. Leandro recibió un empujón con el pie que lo hizo rodar por el empedrado. Y cuando Sebastián, aún confiado, se acercó a su regazo, ella levantó el cinturón que llevaba en la cintura y lo descargó con fuerza contra su lomo.
El chasquido resonó en el arrabal como un trueno seco. Sebastián maulló de dolor y sorpresa, retrocediendo con los pelos erizados. Gabriel, desde el borde, soltó un maullido ronco de furia y miedo, queriendo correr hacia su amigo pero paralizado por el terror.
—Tú también, malhablado —le espetó Mirinda con ojos fríos—. Crees que puedes hablar de mí a mis espaldas. Ya no hay favoritos. ¡Fuera todos! Si vuelven, los mato. Y a ti, Sebastián, te destruiré tarde o temprano.
Sebastián retrocedió herido, no solo por el latigazo, sino por la traición profunda de quien había sido su refugio. Gabriel se acercó rápido, rozando su hocico contra el de su amigo en un gesto de consuelo urgente, y juntos huyeron, perdiéndose entre los callejones oscuros junto a Leandro. El rechazo y el dolor del cinturón quemaban más que el frío. Era una herida que ardía desde adentro. En ese momento, Sebastián alzó su pensamiento al cielo y un ruego nació de su corazón roto, con Gabriel a su lado escuchando en silencio:
«Viento, lleva mis penas, mis tristezas. Si quieres, limpia mi corazón que late sin sentido. Vamos, ven, búscame. Llévame… Pero no quiero regresar… Viento, dime tú, que lo sabes todo: ¿acaso no es demasiado sufrimiento? Llévame contigo…»
Esa misma noche, bajo una luna roja que teñía el cielo de sangre, ocurrió lo imposible. El viento escuchó y los transformó. Gabriel y Leandro se convirtieron en panteras negras imponentes, pero fue Sebastián quien cambió de forma más terrible. El que había sido mimado y luego azotado se transformó en la pantera más grande, la más oscura, la más silenciosa. Sus músculos se hincharon hasta parecer esculpidos en metal oscuro y sus ojos amarillos ardieron con un fuego que hervía la sangre. Gabriel, ahora pantera, se quedó a su lado, su pelaje negro brillando bajo la luna, fiel hasta en esa nueva forma.
Ya no buscaban caricias ni leche. Buscaban justicia. Mirinda estaba sola en su casa, mientras el televisor murmuraba los ecos de Lo que el viento se llevó. El silencio del arrabal se rompió con tres rugidos profundos. Las panteras aparecieron en las sombras del patio y, con una lentitud que helaba el alma, surgió Sebastián, flanqueado por Gabriel.
Sus ojos amarillos, ahora brasas, se clavaron en Mirinda a través del vidrio. Ella reconoció esa mirada; era la misma que él le dedicaba cuando era su favorito, pero ahora solo había un silencio que prometía dolor y miedo. Mirinda retrocedió hasta chocar con la mesa. El cinturón cayó al suelo con un ruido sordo. Por primera vez en su vida, la reina sintió miedo verdadero.
Las panteras avanzaron despacio, dejando que el pánico creciera en ella. Sus garras rasgaron el piso y el aliento caliente de Sebastián le rozó el cuello, mientras Gabriel vigilaba desde un flanco, sus ojos fijos en la mujer que había herido a su mejor amigo.
Mirinda se hizo un ovillo en el suelo, esperando el final. Pero su final no llegó. Ellos no eran tan despiadados como ella.
Los rugidos se apagaron y los pasos se alejaron. Cuando abrió los ojos, el patio estaba vacío. Solo quedaban las huellas de garras en la tierra, el delantal rasgado y el cinturón tirado en el suelo, como un recordatorio cruel de lo que ella había hecho.
Mirinda quedó viva, pero ya nunca volvió a ser la misma. Cerraba las persianas antes de que cayera el sol y dormía con la luz encendida, sobresaltándose ante cualquier ruido. A veces, en la quietud, creía ver un par de ojos amarillos brillando en la oscuridad, y otro par verde oscuro a su lado, recordándole que su favorito nunca la había olvidado… y que tampoco lo había hecho su leal amigo.
Ya no había platos de leche ni favoritos. Solo una mujer que había perdido su corona y que, cada noche, se preguntaba si Sebastián y Gabriel estaban allí afuera, invisibles, esperando el momento en que bajara la guardia.
En el arrabal, los gatos callejeros volvieron a sus vidas con algo nuevo en la mirada: respeto por lo que una vez fueron, y advertencia para quien se atreva a jugar a ser reina de los que no piden nada más que un poco de bondad.