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martes, 11 de agosto de 2026

Corredor

Un hombre sale de una casa y comienza a correr no parece ir a hacer deporte.
Esta vestido con un pantalon de jean y un buzo con capucha.
Corre una dos y diez cuadras.
A la cuadra once se topa con una mujer y la atropella  más sigue corriendo.
Mirando el horizonte en apariencia.
Corre raudo por momentos parece agobiado.
¿Alguien lo persigue?
¿Escapa de algún delito?
¿O de sus propios demonios?
No se logra ver a nadie delante de él.
Ni detrás.
Sigue su carrera 
Mientras corre su infinita carrera cruza una avenida sin darse cuenta. Un auto frena aparatosamente para esquivarlo, pero el auto de atrás golpea al primer auto causando un choque.
 La gente grita entre vidrios y llaman a la policía.
 Inmutable, él sigue corriendo.
El aire le quema en la garganta y las piernas amenazan con ceder a cada paso.
 El buzo pesado y empapado en sudor se le pega al pecho mientras ignora las miradas de la gente y el estruendo de la calle.
 Sigue sumando cuadras, con la respiración entrecortada y los ojos fijos en la nada.
 La duda sigue en el aire: ¿de qué huye?, ¿qué lo mueve a correr así?
.Llega la policía y comienza una persecución. Lo persiguen, pero él sigue corriendo mientras la policía le grita varias veces:
 -¡Alto! ¡Alto! ¡Alto!-
 Sin embargo, el corredor anónimo sigue su carrera desesperada..
Apenas unos metros más adelante, el chillido de unos frenos corta la noche.
 Un patrullero cruza la calle a toda velocidad y clava las ruedas, bloqueándole el paso. Dos agentes se bajan rápido detrás de las puertas abiertas, con las armas empuñadas.
 Para ellos, solo hay un sujeto sospechoso, encapuchado y fuera de sí, corriendo a ciegas en medio de la oscuridad.
-¡Alto! ¡Policía! ¡Al suelo!-
El hombre no frena. No puede frenar. 
Desesperado, ignora el grito y sigue avanzando a toda marcha con el último aliento que le queda.
Un estruendo seco retumba en el asfalto.
El impacto del balazo en el torso lo detiene en seco.
 Cae de rodillas sobre el pavimento frío antes de desplomarse de costado. 
Mientras el calor de la sangre le empapa el buzo y la vista se le empieza a nublar, junta la fuerza que le queda para estirar un brazo tembloroso y señalar hacia la esquina y gritar:
-Ayudenla-
Los policías, con las armas todavía apuntando, siguen el dedo del hombre y se quedan paralizados de asombro.
A unos metros, una camioneta negra con los vidrios polarizados arranca a toda velocidad. 
A través de la ventanilla semiabierta, se alcanzan a ver las manos pequeñas de su sobrina golpeando el vidrio, aterrorizada. 
Los policías miran la escena horrorizados, comprendiendo tarde que el hombre no escapaba de nada: solo intentaba salvar a la nena del secuestro.
Ahora era tarde.
El corredor esta abatido en la calle y ellos ya no ven camioneta alguna.











martes, 28 de julio de 2026

La infección del adoctrinamiento

Alondra decidió ir al restaurante para ver si habían impreso los nuevos menús; después de todo, ella misma los había diseñado. Al llegar, ver el lugar tan vacío le quebró el ánimo. Era fin de mes y la economía estaba bastante difícil.

De eso se puso a charlar con el dueño, quien amablemente le mostró la carta. Alondra se horrorizó: ese no era el diseño que ella había preparado. En la imprenta se habían confundido de archivo PDF.

-En fin -se dijo para sí misma-, así son las cosas.

-Para colmo de males, ya lo pagué -se lamentó el dueño.

-¿No podés reclamar?-

-No.-

-Y bueno, por lo menos los precios son los correctos. Tranquilo, esperemos que esto repunte.-

-Dios te oiga.-

En ese momento cayó -sí, cayó, porque esos seres fanatizados no llegan, caen como aves de mal agüero y cargados de ira- un cliente. Alondra lo miró y se corrió del mostrador con un movimiento rápido y elegante. Pero el sujeto la vio y, después de conjugar apenas dos verbos para hacer su pedido, la miró con una extraña confianza y empezó a pregonar su ideología política.

-En este país hay un treinta y tres por ciento de personas que votan bien, votan peronismo. Los demás joden al país.-

Alondra revoleó los ojos por la sola idea de que esa gente creyera que votaba bien y siguiera votando igual.

-Lo mío es de familia: mi bisabuelo era peronista, mi abuelo era peronista y mi padre me crió para ser peronista, como a él lo criaron -clamó con orgullo.

Alondra movió la cabeza en señal de negación.

-¿No qué? -saltó él.

-Disculpe, ¿a mí me habla? —respondió ella con tono irónico.

—Sí, a vos. ¿No qué?-

-No a su adoctrinamiento. A mí me enseñaron a pensar desde chiquita; me mostraron lo bueno y lo malo y me dieron a elegir. Siento lástima de que usted no haya tenido esa oportunidad.-

-¡Ah! Tus padres son unos traidores a la patria.-

-Disculpe, mis padres están en el seno del Señor. Si quiere puede insultarme a mí, pero a ellos no.

El dueño del restaurante se quedó impávido al ver ese lado de Alondra, que siempre era tan servicial, caritativa y dulce. Intentando desviar la atención, intervino:

-Alondra, ¿pudiste pagar...?

-Creyente católica, el opio de las masas -la interrumpió el hombre-. Alondra... qué nombre tan musical. Es irónico que no te hayan nombrado como a una virgen.

-Señor, usted toca fibras sensibles en mí y ni siquiera ha dicho su nombre.-

-Pedro -respondió petulante.

-Eran otras épocas, ¿sabe? Pedro mi familia y yo eramos muy felices. Recuerdo las vacaciones enteras en la costa, los eneros interminables en la playa, corriendo por las playas yendo al cine al teatro... Fue una niñez tranquila y perfecta.Había respeto.-

Pedro soltó una carcajada seca y sacudió la cabeza con desprecio.

-Sos una digna hija de la clase mierda -disparó sin disimulo-. ¿En la costa? Bien de clase mierda. Los demás nos íbamos a Disney,a Brasil.-

Alondra lo miró con distancia y, con un rostro totalmente distinto, volvió a dirigirse al dueño:

-Gracias a Dios sí pude pagar, solo que es una exageración lo que cobran esos desgraciados. Vivo acá, no en Recoleta. ¿Querés que vaya yo a la imprenta la próxima vez?-

-¡Eres tú! -gritó Pedro señalándola como si viera a un enemigo-. ¡Fuiste vos la loca que en la esquina llamó a la policía porque abajo unos trabajadores hacían un asado! Hace años de esto, pero ya sé quién sos, desgraciada.

Alondra hizo memoria y encontró el recuerdo. Para ella, ese tipo de episodios valían menos que nada.

-A ver: estaban en plena ciudad, debajo de mi ventana, haciendo un asado y la habitación se me llenaba de humo. ¿Usted no sabe que eso está prohibido?-

-¿Pero era necesario llamar a la policía?-

-Sí. Pasé con una amiga y "nos ofrecieron un chorizo". ¿Me entiende o su doctrina no lo deja ver más allá de su nariz?-

-Eran trabajadores, no ladrones saliste histerica te merecias una bala-
-Me faltaron el respeto y estaban haciendo algo ilegal; mi deber y derecho como ciudadana era denunciarlos. Cuando aprendamos que las leyes no están hechas para romperlas, podremos empezar a reconstruir el país.¿Una bala por denunciar? Suena a amenaza-

-Si en frente vos te basas en la ley de los yutas.El país que tu gobierno destruye día a día.-

-Yo no estoy a favor de los que gobiernan, sir Peronista. Si usted se tomara el tiempo, en vez de levantar el dedo para acusar y dividir, sabría que somos muchos los que no los apoyamos.Y muchos los que defendemos la patria a base de leyes e impuestos para convivir mejor. Debería ver el streaming de...

-Tengo sesenta y cinco años, no miro esas cosas de redes.-

-A veces es bueno ver a los locos de los streamings, pero si no le gusta, yo no obligo a nadie a ver nada.No me educadron para obligar sino para pensar y defenderme .-

Desviando definitivamente la conversación, miró de nuevo al dueño del local:

-Por fin arreglé para que saquen la bañera.-

-¡Qué bien! -dijo el dueño-. Te tenía a mal traer eso. ¿Lo demás pudiste?-

-Sí, corre por parte de ellos.-

-Ah, te aprovechás del consorcio. Qué bien -acotó Pedro.

Sin pedir permiso, el hombre le tomó las manos a Alondra y se las besó.

Luego recogió su pedido y se fue silbando la marcha peronista.

Nunca supo el contexto solo se alegró de su suposición. 
Alondra sintió una sensación repetida y asquerosa. 
Esos besos no solicitados le causaban una profunda molestia,tanto que agarró el alcohol en gel que había sobre el mostrador y se cubrió las manos.
El dueño se despide de ella cortesmente él sabía que era molesto fanático y desde el `punto de vista de él todo lo que esta mal Pedro,ero no iba a maltratar a un cliente.Menos ahora.
Alondra llego y se sintió tan mal tan furiosa,tan decepcionada de la humanidad que prefirió dormirse aunque el malestar en las manos era importante.
Al día siguiente ya tenía un sarpullido.
 Al segundo día, las manos hinchada y calientes.
Su sistema peleaba contra algo.
Al tercero, una mancha de sangre y una cicatriz sobre la que parecía crecer algo: a la semana, la piel parecía la corteza de un árbol que necesitaba ser podado.
Era una infección voraz que no podía detener.

Fue al médico y allí terminaron de curarla aunque ni ellos los médicos  sabían que era pero le dejaron las manos como nuevas.

Al salir de la clínica se cruzó con Pedro: a él le habían operado la boca.


jueves, 9 de julio de 2026

Lucia y el Dragón

En un pueblo rodeado por ríos y campos silvestres vive Lucía. 
Amada por su familia y consentida por todos, es una niña alegre, cariñosa, parlanchina y sonriente; de esas que abrazan y salen corriendo entre risas.
 Es una de esas bellas criaturas de la naturaleza que son puras de mente y alma.
 Pero ella, además, tiene un corazón de oro. Lucía es la alegría hecha movimiento: siempre estaba bailando, saltando y repartiendo abrazos que hacían que todo el mundo se sintiera bien.
Lucía tenía un "corazón de oro", no porque fuera una joya sino porque era tan valiente, tan pura y tan brillante que su sola presencia llenaba de luz los días más nublados.
Pero en los rincones más lejanos del pueblo, donde la luz no llegaba, vivía el Dragón Sombrío.
 Era un ser pesado, lento y lleno de sombras que envidiaba profundamente la energía y la luz de Lucía. El dragón quería robarle su corazón de oro para guardarlo en su cueva.
Un día, el Dragón Sombrío apareció en medio del pueblo, extendiendo sus alas gigantescas que ocultaron el sol.
El aire se volvió frío y pesado.
Lucía sintió que el dragón intentaba robarle su luz, haciendo que sus pasos se sintieran cansados y que su corazón empezara a latir de una forma extraña. 
Pero Lucía, que era la niña más audaz del mundo, no se quedó quieta. Corrió a su habitación y, en un abrir y cerrar de ojos, se puso su armadura.
Estaba reluciente, hecha de escamas de peces mágicos que su abuelo le había regalado, brillantes que reflejaban todo el amor de su familia, y en su mano sostenía una espada forjada con destellos de sol  y sonrisas de memorias de su pronta niñez.
El dragón se lanzó contra ella, soltando ráfagas de sombras que intentaban apagar su luz.
Lucía esquivaba los ataques moviéndose con la agilidad de una bailarina; saltaba y giraba, usando toda su fuerza.
Cada movimiento de Lucía era un paso de su danza de batalla.
Ella sabía que su fuerza venía de lo profundo de su pecho, donde su corazón de oro latía con una fuerza que el dragón jamás podría entender.
Esos seres no entienden la alegría pero la envidian.
Cuando el Dragón Sombrío se abalanzó para intentar atraparla con sus garras de niebla, Lucía no huyó aunque temió se compuso.
 Con la valentía de una verdadera heroína, levantó su espada en alto.
 Su armadura brillaba con una intensidad deslumbrante y, en un movimiento rápido y preciso, Lucía lanzó un poderoso golpe de espada directo al corazón oscuro del dragón. 
El impacto fue increíble. 
Una onda de luz pura salió de su espada, mezclada con el brillo de su propio corazón. 
El dragón, al recibir aquel golpe de luz valiente, se deshizo en pedazos de sombra que volaron lejos, convirtiéndose en humo que el viento se llevó para siempre.
Fue la batalla de su vida.

Prejuicio enfermo

Corredor

Un hombre sale de una casa y comienza a correr no parece ir a hacer deporte. Esta vestido con un pantalon de jean y un buzo con capucha. Cor...