Natalí amaneció con un pésimo humor ese día. Dominico volvía de un viaje de trabajo.
Había ido en «misión» a ayudar al norte del país y ella tenía que ir a buscarlo al aeropuerto.Pero la manera de tratarla durante el viaje había sido, a su parecer, malísima: apenas le envió un vídeo y solo la llamó una vez en casi tres meses. Según él, estaba ocupado; Natalí también lo estaba y, sin embargo, todos los días le mandaba un «buen día» o un «te extraño». Y apenas le marcaba el visto en el celular. Y hoy tenía que ir a buscarlo hasta el aeroparque. No era justo, a su parecer.Lo había extrañado mucho y él y su «misión salvadora» era todo lo que le importaba. No era que ella se opusiera ni le pareciera mal lo que había estado haciendo; era la forma de ignorarla, de «ghoostearla», lo que le molestaba. Pero lo había extrañado tanto que se sacó el mal humor del cuerpo con una ducha y se vistió con una pollera a cuadros negra y blanca muy corta, medias por debajo de la rodilla, una blusa blanca casi transparente de seda fina que dejó abierta hasta el tercer botón para que se viera el corpiño de encaje. A eso le sumó un blazer negro y tacos. Luego se maquilló sutilmente, aunque resaltó sus labios con un rojo cereza; para terminar, roció un perfume frutal por todo su cuerpo y pelo, que dejó suelto y casi le daba a la cintura.Natalí se miró en el espejo del baño y se sintió hermosa; hasta le guiñó un ojo a su imagen.
Ideas sensuales de una bienvenida apasionada le inundaban la cabeza mientras manejaba.El avión donde viajaba Dominico arribó a tiempo y Natalí lo esperaba ansiosa, mirando el tablero y su teléfono para ver la hora y si llegaba algún mensaje, pero nada…Dominico pasó frente al lado de ella, mirándola con sorprendente ardor. Ella le tiró un beso con la mano y él le dijo:
—Hola, preciosa, estoy esperando a mi mujer, pero eres una niña hermosa.—Gracias, caballero —respondió ella con una sonrisa pícara, sonrojándose como si en realidad fuese un desconocido. Movió su cabello con coqueto gesto y una estela de perfume bañó a Dominico hasta lo más hondo de su ser. La tomó por la cintura, la besó con fogosa pasión y le dijo:
—Vámonos a seguir jugando.Y así partieron rumbo al auto, abrazados, dándose pequeños besos y caricias, y de ahí a un hotel donde dieron rienda suelta a la pasión e hicieron un amor puro.
Eso era amor del bueno, único, incomprensible para todos los demás.
Era tan íntimo como divertido: fue jugar a la alumna de anatomía y el profesor pervertido.Se quedaron apenas una hora y media. Dominico, por más que se había bañado y dormido parte del vuelo, estaba cansado y quería descansar. Natalí quería más amor de él, pero se resignó y manejó hasta su casa. Lo ayudó con la ropa, a tal punto que hizo casi todo, y cuando fue a preguntarle si esa camisa era para guardar o tirar, estaba Dominico dormido en el sillón.Lo miró con ternura, lo tapó con una colcha y lo dejó descansar mientras ella atendió pacientes desde Zoom. Luego fue al supermercado, trajo cosas para cocinar y un vino blanco frutal. Todavía seguía endulzada por la tarde en el hotel.
En realidad lo había extrañado…La cena fue rápida pero suculenta; Natalí se había esforzado. Luego se quedaron mirando televisión abrazados en el sofá, bebiendo el vino.
Dominico todavía estaba asombrado de la pobreza que había visto en el norte.
Le contaba anécdotas a Natalí y ella se sorprendía de que a él le doliera tanto. Nunca había mostrado esa empatía por nada de la pobreza. En el fondo, Natalí lo conocía mejor que nadie.Ella sabía que estaba dolido, pero se aburría de escucharlo. Se sorprendía de que Dominico, habiendo estado allá y viendo las noticias casi todos los días, viviera en su mundo. Pero sabía que en él convivían varios hombres: entre ellos el olvidadizo, el snob y el egoísta. Al enfrentarse con niños tan carentes de todo, lo había llevado a su pasado de alguna forma y, por más que el egoísta y el snob quisieran dar batalla, los recuerdos habían surgido y habían sido proyectados en otros, teniendo en él un efecto de compasión verbal —y seguramente real— que a ella la desmotivaba sexualmente, pero le daba la esperanza de recuperar al antiguo Dominico.Por más que hayan crecido juntos, seguían haciéndolo día a día.
Ella, como psicóloga, sabía muy bien cómo lo que él sentía. Además es mujer: simplemente lo escuchó sin demostrar lo aburrida que estaba, fingiendo interés y sorpresa y hasta compasión. Con eso, un par de gestos y besos en la oreja lo llevó tranquilamente a la habitación, donde le hizo un amor muy violento.Dominico había recuperado su fuerza, pero Natalí se acomodó tan perfectamente en su miembro y empezó a moverse mientras lo mordía con una desesperación que a Dominico solo le quedó agarrarla de la cintura y gozar tanto los movimientos de Natalí como la perfecta vista de ella que él tenía desde la cama, acostado, mirando cómo sus senos se movían con su cuerpo, acariciándolos por momentos, contemplando los ojos almendrados que revelaban el placer que ella sentía y ese dejo de maldad risueña que ella ponía cada vez que le mordía la boca o los pezones…Fue un amor brutal, feroz, desesperado, ansioso, mordaz, violento, pero tan sensual que dejó impactado a Dominico cuando Natalí salió de la cama, tomó uno de sus cigarrillos, lo encendió juguetonamente y le arrojó el humo a la cara.—¿Y dónde dejaste a la colegiala sexy que me fue a buscar al aeropuerto, Natalí? —preguntó sonriente y complacido.—¿En serio parecía una colegiala?—Sí.—¿Me veo así de joven?—Con ese atuendo sí. Eres hermosa, princesa. Te amo.—Y yo a ti —respondió Natalí y se quedó fumando mientras él la abrazaba.Se sentía joven; era joven, pero no una colegiala sexy, sí.
Dominante también.
Colegiala no.La barrera de los treinta ya la había pasado. Por suerte ya se le había pasado la idea de que estaba vieja y esas pequeñas arrugas que notaba las cubría con maquillaje.
Estaba en peso; esos meses había ido al gimnasio a escondidas. No le gustaba que él supiera todo de ella.
Era mujer y una mujer sin secretos deja de ser mujer.Pensando así apagó el cigarrillo y se durmió.Por semanas Dominico contó a Natalí sus hazañas en el norte y Natalí se tomaba un poco más cada vez de vino y lo llevaba casi a rastras a la cama a devorarlo: lo bañaba en chocolate y lo lamía cual helado, lo esposaba a la cama, lo dominaba todas las noches… hasta que una todo explotó.—¡Mientras vos ponías un estúpido yeso yo estaba sola acá en la casa, mirando si habías estado en línea y no! ¡Yo me tuve que bancar las noches sola, los días, las semanas, los meses sola!
¿Eres tan ingenuo que pensás que cambiaste el mundo? ¿Que la pobreza desapareció por tu obrita? Porque ahí están y seguramente ya hay otros yesos que poner. Sos ortopedista y fuiste de traumatólogo, ok, estudiaste para eso, pero… ¡vamos, Dominico, dejá de sentirte la Madre Teresa de Calcuta que ambos sabemos que sos un reverendo egoísta que seguramente se revolcó con un par de norteñas bien indias!—Natalí, eso no pasó y, como decía la Madre Teresa de Calcuta, puse un grano de arena. Eso será nada, pero a ojos de otros es mucho.—¡Ay, el santo! —gritó Natalí poniéndose de rodillas irónicamente—. Seguro no colonizó con su pene a nadie. Oh, poderoso San Dominico, bendíceme con tu miembro venoso y ardiente esta noche.
Padre Tereso, bendíceme. Sí, Tereso, porque eres una mierda y sin mí eres menos.Dominico, harto de todo el sarcasmo por parte de Natalí, la miró a sus manos y tuvo ganas de darle cachetadas; por primera vez en su vida. Más no lo hizo. Se limitó a llenar una valija con ropa y, seguir escuchando a Natalí blasfemar, e irse al consultorio a dormir.Natalí, a los dos días de no tener noticias sobre Dominico, le envió el resto de su ropa al consultorio.
Dominico no la recibió, ya que estaba en una conferencia de medicina en un hotel de Palermo y, para el caso, se había comprado un traje nuevo Armani negro que mostraba muy a las claras que él era un hombre de buen gusto, refinado, médico, con auto y con un iPhone.En la conferencia dio un pequeño discurso que Shannon le había corregido, agregando un léxico que aún levantaba más que un iPhone con un smartwatch o un Audi.
Un snob de punta a punta, un médico haciendo carrera a pasos de gigantes.
Los colegas lo aclamaron y varias miradas se dirigieron a él, lujuriosas. Simplemente las gozó y pensó: si Natalí lo viera tan gallardo, tan apuesto, cómo se revolvería de celos.Sin embargo, ella estaba viendo los sensuales abdominales del profesor del gimnasio y pensando si la dejaría lavar la ropa interior en ellos.La que sí lo vio al pasar y le llamó la atención fue Jezabel.
Una mujer de unos treinta y tres años, pelo negro con algunos rizos, ojos azules como la profundidad del mar, piel blanca como la luna, senos perfectos, cintura pequeña y hermosas curvas.Dominico la sintió en el aire, ese aroma único a mujer sensual; la sintió cuando pasó a su lado vestida de negro con la espalda casi al desnudo y le dedicó una mirada de afirmación.
Ni más ni menos: Jezabel le daba su aprobación por culto y bien vestido… quizás también por su galanura y mucho por su propio ego.Le encantaba jugar a ella y la seducción era su juego preferido. Eso sí, quien jugara con ella debía tener muchos requisitos. Por eso le dedicó una mirada aprobatoria y nada más.
Lo aprobaba en lo que hizo, en su forma de expresarse, pero no para su placer. Para eso debía investigarlo muy a fondo.Mientras Jezabel se paseaba con su vestido negro y sus zapatos Prüne por el salón, Dominico la perseguía con la mirada. Le parecía conocida.
De alguna manera Jezabel era una versión autóctona de Megan Fox joven: la misma boca, el mismo color de pelo con unos centímetros más que la original de estatura.
Una mujer muy atractiva y muy refinada: no llevaba un smartwatch, llevaba un Rolex grabado. Parecía fuera de lugar en esa convención de medicina… no lo estaba: había bajado de su suite a investigar el evento. Se hospedaba en el hotel hasta el día siguiente con uno de sus jefes.Era azafata de aviones privados.
Era también piloto, pero prefería los helicópteros a los aviones. Para manejar, cuando estaba en el país se quedaba en su departamento en Recoleta, finamente amueblado. Era una mezcla entre modernismo (tenía su casa conectada a Alexa) y antiguo: cama de hierro forjado con dosel, mármoles de Calacatta, alfombras al estilo inglés clásico, pinturas de varios autores clásicos y otros más modernos, cristalería, una biblioteca pequeña y espejos.Pero su mayor orgullo era el escudo de armas de su familia; y lo había colgado de una manera que era lo primero que veías cuando entrabas al departamento.Era deportista extrema: había escalado el Everest, solía hacer paracaidismo, saltos bungee; también era muy afín a las artes marciales. Había pasado casi dos años en Japón, en un monasterio, aprendiendo a manejar todo tipo de armas y a la vez convirtiéndose ella misma en una.
Era otro de sus juegos.
Superarse día a día. Había nacido bajo una estrella muy especial: desde niña se aventuró a todo y en todo destacó hasta que se dieron cuenta de que era una niña prodigio y la cambiaron de colegio a uno en Inglaterra más avanzado y especial. De allí su entrada a una gran universidad estuvo asegurada y la terminó.
Obtuvo su título en humanidades y regresó a casa para aprender la carrera de azafata. Provenía de una familia judía de gran poder adquisitivo; de ahí su buen gusto para casi todo, aunque la familia pensara lo contrario: el ser la heredera rebelde no era lo que ellos tenían planeado para ella.Era viuda: su marido había muerto; era un militar de las fuerzas especiales y nadie sabía cómo.
Alrededor de ella crecían las intrigas. Jezabel solo las ignoraba. Tenía un trabajo soñado; por más que tuviera que servir a muchos nuevos ricos —como ella les llamaba despectivamente—, la paga le permitía los lujos que necesitaba para vivir.
La semana de la moda en París era infaltable. De allí volvía cargada de vestidos, carteras, zapatos y demás de marcas como Chanel, Louis Vuitton, Prada, Gucci, Oscar de la Renta y todo aquello que le gustara.
Tampoco faltaba a estrenos de Broadway especiales; de allí se traía no solo la obra en su mente y alguna que otra foto con los actores, sino los folletos que coleccionaba.Mañana iría a Viena. Ya estaba cansada de ese hotel.
Era ir y volver; no había ninguna exposición importante allí como para retenerla, pero esta noche miraría con su precisión a los médicos desde la barra del hotel.Dominico por fin la encontró y dijo a los colegas en la mesa:
—Permiso, la Megan Fox de la barra me ha dedicado una bella mirada; se la voy a agradecer con un trago.—¿Megan Fox? —dijo uno asombrado y Dominico señaló.
Sí, era una versión muy similar a la actriz en su juventud, admitieron todos. Hasta uno, a quien le gustaba la actriz, le dijo entre risas:
—Ojo, no vaya a ser una «Diabólica tentación», por la película donde aparecía la actriz como un demonio que se alimentaba de sus compañeros de colegio.Y todos rieron.Dominico se acercó. Ella estaba tomando un martini y él simplemente se pidió un whisky y le envió otro martini por su cuenta.
El mesero lo miró y miró a la destinataria del martini y sonrió.
Jezabel aceptó el trago y fue a investigar quién era…
Dominico estaría a prueba por un rato.—Vine a agradecerle el trago, señor…—Dominico. ¿Y usted, señorita?—Jez. Solo dígame Jez y tutéeme; ya basta de formalidades, ¿no cree? Usted no parece un hombre que use traje diario; puede quitarse la corbata si gusta.—Gracias, Jez. ¿Es muy obvio? ¿Jez por Jessica?—No, por Jezabel, una princesa fenicia del Antiguo Testamento. Mis padres son judíos. Y sobre el traje… las medias lo delatan.Dominico miró sus medias deportivas y quiso morirse de vergüenza al haber olvidado ese detalle. Y como lo había olvidado tan furtivamente, lo pasó por alto en la conversación de igual manera.—Soy ateo, discúlpame.—Es un error frecuente. Yo tampoco creo en nada, solo en la ciencia.—Acción y reacción, ¿verdad?—Entre otras cosas, sí —sentenció ella.Sus ojos grandes azules inspeccionaban cada detalle; nada se le escapaba.—Obviamente, Jez, no sos médica…—No, soy azafata. Mañana vuelvo a Viena.—¿Vivís allá?—No, tengo que llevar un CEO que me contrató. Además me encanta viajar. ¿Has viajado mucho?—Sinceramente no. Hace poco volví del norte del país…Dominico estaba a punto de soltar toda la obra de bien que había hecho cuando Jezabel lo frenó en seco diciendo:
—Sí, se notó en el mitin que dio. ¿Es muy de hacer caridad?Dijo mientras sus ojos se posaban en el reloj de Dominico.
Un reloj normal, ni viejo ni moderno, pero sin marca. Cualquier reloj era inferior al que Jezabel lucía en su muñeca izquierda.Esa misma mano que tomó para colocarla en la nuca de Dominico para preguntarle, al oído, con un tono de voz indescriptible para esta humilde narradora, si quería cenar con ella.
Toda Jezabel es casi indescriptible, pero esa frase al oído de Dominico fue como una propuesta a invitar a un mundo utópico lleno solo de lo que ella quisiera.Esa era la vida que Jezabel llevaba: solo lo que ella quería hacer, hacía. Trabajaba para no aburrirse; tenía dinero suficiente, no solo de su herencia sino de su trabajo invertido en criptos, en petróleo y en tantas monedas fuertes.Dominico ni dudó, aunque sintió cómo los vellos de su cuerpo se erizaron.Ella le dijo que lo espere en el lobby; ella iría a su habitación a buscar la cartera y volvió a usar un tono de voz que volvió a erizar los vellos de las zonas más íntimas de él. Había algo en los modales de esa mujer que era totalmente sensual y peligroso.Jezabel bajó tapada, cubierta con una capa negra de seda con capucha y su cartera color plata. Le guiñó la cabeza para que la siguiera fuera del hotel. Dominico se paró ni bien la divisó y, como un fiel sirviente, al gesto de ella la siguió con sigilo afuera.Ya afuera le trajeron su auto y, con un gesto galante, le abrió la puerta a ella y luego subió él.
Dominico esperaba algún gesto de sorpresa, pero para ella eso era lo común, lo que merecía.Fueron a un restó y comieron langosta al termidor y un delicioso strudel con crema.
La conversación giró en torno de la comida, el clima y el trabajo de ambos. Jezabel no podía creer la rutina de Dominico de pacientes y más pacientes, y Dominico no lograba entender cómo Jezabel llevaba con tanta practicidad los cambios horarios.—Realmente eres hermosa —dijo Dominico.—Gracias. Tú pareces un misterio y tengo ganas de saberlo todo. Yo siempre necesito saber todo.—Ya sabés que no uso con regularidad traje, que mi profesión es monótona por momentos… o eso creés. ¿Qué más deseas saber?—¿Eres casado? Tenés una marca de anillo.—Separado y próximamente divorciado. ¿Vos?—Viuda. El gran amor de mi vida murió.Mientras decía esto, los ojos azules de Jezabel se tornaron más claros y su piel relampagueó a la luz de las velas.—Lo siento.—Dominico, esta conversación me incomoda. Llevame al hotel.—Sí, por supuesto —respondió él, pagando la cuenta y levantándose para abrirle la puerta del auto de nuevo.Jezabel había notado la exageración de los movimientos caballerescos de Dominico; no eran del todo sinceros, eran más bien forzados, y olvidó abrirle la puerta para salir del restó. Mientras lo contemplaba conducir, sintió su olor a hombre. No era perfume, era su fragancia: un argentino amante del fútbol, asador dominguero, de tez trigueña, ojos oscuros profundos, espalda ancha, tomador de fernet y mate, con un sentido del gusto poco desarrollado, seguramente por falta de costumbre, sin aires de petulancia; un argentino orgulloso de serlo que seguramente ni había pisado Wall Street, un clase media y vaya a saber si un poco menos también… A sus ojos era una extravagancia, un misterio y esa noche estaba sola… ¿Qué podía perder?, se dijo. Había pasado tanto tiempo desde que no hablaba con alguien así y menos intimaba, y él la había hecho reír… Sería una experiencia como escalar una montaña.Al llegar a la puerta le susurró al oído:
—Sube a mi suite.Dominico se sentía por demás ganador: una mujer así parecía un misterio con curvas delicadas y hermosas y él podría averiguar aunque fuese un poco más.
Quería ser un Pedro de Mendoza o, mejor dicho, un Alejandro Magno.Al entrar a la habitación Jezabel se acercó con sus ojos puestos en los de Dominico y, al quedar frente a frente, simplemente se quitó la capa y se dio vuelta y le dijo:
—El cierre, bájalo.Así lo hizo y, mientras lo hacía, le cubría la espalda de besos hasta que ella giró nuevamente y le quitó el saco, la camisa y acomodó la mochila de él que le había causado tanta gracia por la manera de desentonar con su traje Armani. Y él solo había dicho: «No me gustan los maletines médicos». Ya frente a frente lo besó. Se besaron mutuamente, comenzaron a besarse como degustando uno al otro, se exploraron y a la vez se conquistaron. Ella quedó recostada debajo de él en la cama y Dominico, que hacía tiempo estaba siendo pasivo, la tomó con todas sus fuerzas, le subió una pierna a su hombro y ella estiró la otra con coqueta gracia y sensual placer y empezaron una danza muy excitante. Cada movimiento pélvico de Dominico era acompañado por uno de Jezabel.Dominico besó sus senos rectos mientras penetraba su intimidad con suave violencia.
Entre llamas se encontraban ambos. Jezabel le mordió los pezones con brutal apetito, le rasguñó la espalda con sus uñas pequeñas pintadas de rojo sangre y terminó por ahorcarlo en el momento de más clímax.«Ella es feroz», pensó Dominico mientras ella pensaba en el porqué no lo había atado con esas medias horrorosas mientras ambos fumaban.
Jezabel en realidad fumaba muy poco, pero cuando le ofreció un cigarrillo lo aceptó en forma de complacencia.El celular de Dominico sonó y lo tomó sin mirar más que la hora y lo apagó.
Este pequeño gesto le agradó a ella.—Es lo más triste y hermoso apagar el teléfono, ¿no crees? —le preguntó Jezabel.—No, ¿por qué?—Excúsame, yo no puedo hacerlo, no mientras esté trabajando. No lo entenderías.—Tienes una visión diferente a la mía, Jez, una vida diferente. No te disculpes.—Me satisface mi trabajo: viajo por el mundo, conozco gente nueva todo el tiempo. A veces, como mañana —y miró su reloj—, son simples nuevos ricos sin gracia alguna y maneras forzadas, pero ese detalle me hace ansiar volver a mi departamento, a mi calidez.—A menos me conociste, ¿no es ganancia eso, Jez?Ella le dijo: «Haz una pasarela para mí» y lo terminó de decidir.—¿Cómo?—Caminá por la habitación; no te vi completo y deseo examinar tu imagen.Dominico caminó y Jezabel lo corrigió mentalmente: los hombros un poco hacia delante, un poco de ausencia de firmeza en los muslos, pero estaba muy bien.—Sí, valió la pena soportar al creído por ti. Obviamente podrías mejorar ciertos aspectos físicos y de vestimenta, pero no deseo hacerte un muñeco y mucho menos mío —sentenció Jezabel y llamó para pedir servicio al cuarto. Para ella un agua mineral; él pidió una Coca-Cola.Ella pensó: eso también habría que cambiarle… Y cuando la trajeron, solo le dejó beber un sorbo y el resto se lo volcó sobre su cuerpo para que él saciara su sed por completo.
Y no solo sació su sed, sino sus apetitos masculinos.Luego le dijo:
—Duerme aquí; me voy dentro de unas horas, si gustas.Dominico aceptó y, como todavía dormía en su consultorio y no lo habían llamado de la inmobiliaria, pasar una noche en una cama en tan hermosa y misteriosa compañía sería un placer.Durmieron sin abrazarse, acariciándose en la oscuridad mínimamente.Dominico despertó solo en la cama. En vano buscó una nota con un número o algo y no encontró nada. Prendió su celular y los mensajes caían en cascada. Para su suerte la inmobiliaria lo esperaba para ver un departamento de dos ambientes en Caballito; lo demás eran pacientes.Llamó a recepción y en efecto no había nada para él, pero se podía quedar hasta el mediodía, así que pidió un café con leche y medialunas y se entró a bañar.
Ahí, en el espejo del baño, estaba su respuesta: el número de aquella de ojos azules y boca que parecía pedir a gritos ser besada, y su nombre escrito con un labial rojo. Tomó una foto, agendó el número, desayunó y se marchó.Ya terminado su día fue a ver el departamento y lo alquiló; lo podía empezar a habitar al día siguiente. Así que se reunió con Brandon a cenar.Dominico le contaba su noche con Jez y Brandon se reía por las comparaciones.—¿En serio tan refinada?—Sí, exquisita en todos los aspectos.—¿Cómo terminó con vos? Jajjajajajaja.—La pregunta del millón, jajajajja. Quiero creer que por mis encantos.—Espero que no hayas caído en la trampa de decirle su parecido a una mujer así. Hasta se le corre la silla para que se siente. Dominico, te voy a tener que enseñar modales.—No le corrí la silla, pero le abrí la puerta del coche.—¿Pasaste por delante o por atrás?—Por delante —dijo y se golpeó la cabeza al darse cuenta de su error.—Ay, amigo, te recomiendo que no lo vuelvas a hacer así si la querés mantener a tu lado. Aunque en el fondo deseo que vuelvas con Natalí y formen una familia.—Natalí ayer me envió el resto de mi ropa. Por suerte tengo varios trajes finos para lucir a Jez.—Tanto así por parte de Natalí… ¿Y tus cosas?Dominico dijo:
—Ahora veo y la llamo.Natalí le dijo que podía pasar al día siguiente por un televisor y algo más, pero que tampoco quisiera desmantelar la casa o recurriría a un abogado. Él simplemente respondió que eso estaba en ella si realmente quería el divorcio y colgó. Abrió WhatsApp y agendó el número de Jezabel como «Jez» y le envió la foto y un simple: ¿Cuándo nos vemos de nuevo?Brandon no podía creer que esta pareja siempre estuviera al borde del divorcio.—Sé que buscás lo mejor para mí, Brandon, pero hoy lo mejor es estar lejos de Natalí y cerca de Jezabel.—¿Jezabel se llama? Esperemos que sea más como la canción de Depeche Mode, aunque esa es «Jezebel» como el verdadero nombre bíblico.—Lo de la Biblia ya lo sé, que era la más mala. ¿Depeche Mode tiene una canción con ese nombre?Brandon sacó su celular, la buscó y se la hizo escuchar…—Ah, ok, entiendo: una rebelde, extravagante, bastante metida en la política. ¿O estoy mal?—No, es correcto, esa es la letra…—Esta es extravagante.—No, es una mujer de aparente fina alcurnia. Lo raro es el nombre.—Padres judíos, me dijo.—Y eligen Jezabel, que era una adoradora de Baal, asesina de profetas…—Bueno, vamos, la clase de historia me la quiero saltar.—Perdón, me intriga.Dominico sacó su celular y le mostró la foto de Jezabel que, para su suerte, le había agendado. En un acto ególatra.—Es realmente hermosa, pero te clavó el visto —replicó Brandon.—Y seguro está en vuelo…Prosigieron a terminar de cenar amigablemente y cada uno se marchó por su lado.Durante esa noche Dominico compró por internet un set de ollas y sartenes, cubiertos y utensilios para la cocina. Por suerte, al igual que la heladera, la cocina y el aire acondicionado venían con el departamento.Al día siguiente fue a buscar la llave y luego sus cosas a su antigua casa.
Natalí las había dejado a cargo del cuidador del barrio privado donde vivían, pulcramente empaquetadas, sin una nota.Las llevó e instaló el televisor, revisó la ropa —estaba casi toda— y había tenido la «amabilidad» de poner un juego de sábanas, una frazada, un acolchado, un set de toallas… todo perfumado con su perfume.
También un escritorio, algunos de sus libros, una pintura pequeña, un espejo, sus perfumes y demás cosas personales de aseo, una tablet y una foto de su boda.Dominico guardó todo menos la ropa perfumada, que llevó a la lavandería, y fue a comprar un colchón. Llamó a Tiffany para que lo ayudara a escoger una cama y un sofá.Tiffany lo encontró dando vueltas en redondo a un sofá de color naranja que ella catalogó de repulsivo y lo llevó a otra casa de muebles un poco más fina, donde eligió por él un sommier con un espaldar de cuero negro, una mesa para el living con cuatro sillas tapizadas en blanco y un sofá negro.Pagó el flete y fueron a tomar un café.—En serio, Dominico, no vendas estos muebles. Si te arreglás con Natalí, guardalos en algún lado. «El felices por siempre» no aplica a nosotros, simples mortales.Tiffany se había divorciado hacía un mes y estaba resentida contra la humanidad por haberle hecho creer que ella también podía ser feliz. Así iba diciendo por la vida, como si fuera un mantra.Dominico le contó sobre Jezabel y ella estalló en carcajadas.—Seguro es una azafata de Aerolíneas Argentinas, se llama Jessica y es más pobre que nosotros, jajajaj. ¡Jezabel, jajajajaj! O peor, como la canción de Sade.—Carajo, ¿hay otra canción con ese nombre?Tiffany tomó su móvil y la reprodujo.—Bueno, en todas es una mala mujer. Eso ya me quedó claro.—Tampoco seas así. Has estado con cada una que… ¿una mancha más al tigre qué le hace?—Vamos, Tiffany, por la ropa de cama y demás.Así, entre compras, Dominico se pasó una semana y de Jezabel nada.Cuando hubo terminado de guarnecer hasta la heladera, se sentó con la tablet y buscó todas las canciones de Jezebel.
Hasta había una banda con ese nombre… Era un heavy que no era muy de su agrado y, escuchándolos, casi se quedó dormido en el sofá. Fue un día pesado y la semana aún no terminaba.Llegando a su cama solo pensaba en ella, recordaba la manera de estrangularlo, su olor, su forma de caminar altiva, sus modismos.
La veía frente a él derramándose la Coca-Cola sobre su cuerpo con tal eficiencia que la gaseosa había llegado hasta su pubis… Esto lo excitó de sobremanera.Tomó su celular y le envió una foto de él con el torso desnudo y le agregó: «¿No se te antoja?».Jezabel respondió a los pocos minutos:
«Estoy en Milán, vuelvo el lunes. No soy Hannibal Lecter, aunque se apetece un poco de carne argentina… Cuando llegue disponemos para esa cena, jajajaj».Dominico, ansioso como hacía años no lo estaba por otra mujer que no fuera Natalí, le respondió ardoroso que deseaba que sea pronto. Ella simplemente mandó un emoticon de beso y culminó la charla.Dominico veía la foto de WhatsApp de ella con la Torre Eiffel atrás, mirando fijamente a la cámara sin sonreír, con esos ojos azules grandes y ese cuerpo esbelto curvilíneo.
—Es tan sexy —susurró para sí mismo… y se durmió.Al despertarse se encontró con el celular en la cama sin batería y lo puso a cargar apagado. Se preparó un café y unas tostadas, se duchó, se vistió y demás y fue al consultorio en su auto. Al entrar encendió el celular y quedó atónito.Jezabel le había enviado una foto: ella vestida de azafata con una copa de champán; por la ventana del avión se veía una catedral.
Ese traje llenó la mente de Dominico de fantasías, pero los demás mensajes no se hicieron tardar y se obligó a contestarlos y a atender pacientes.Terminada la jornada encendió un cigarrillo y volvió a la foto. Le había puesto un simple «hermosa».
La amplió, la miró por todos lados y sí, era una mujer abrumadora. Lo había dejado sin palabras. Fue difícil salir del trance de esa mirada y ese gesto, pero lo logró y llegó a su casa.A los dos días le escribió de nuevo y no obtuvo respuesta alguna hasta el día siguiente, tarde en la noche.
Jezabel había llegado, pero luego de dormir y poner en horario argentino se iba a escalar el volcán Lanín. Necesitaba regocijar su corazón.Dominico, frustrado, siguió dedicándose a sus pacientes hasta que una noche, como un espectro, apareció el recuerdo de Natalí.
Tan bella, con la dulzura de su sonrisa, su pelo al viento, sus ojos almendrados, su escote prominente… toda ella maravilla de mujer. Y se cuestionó: ¿por qué él tenía que perseguir a esta mujer? Y a Jezabel.Su inconsciente fue totalmente despiadado al darle la respuesta: «Amás a Natalí, no podés vivir sin ella, pero ni bien te sentís aburrido empezás a buscar otra para llenar el vacío en tu cuerpo, en tu alma. Estás atado a las mujeres y Jezabel es la primera que se muestra esquiva; eso la hace doblemente sexy a tus ojos».Era cierto. Educado por mujeres en el arte de la seducción y dominación, ninguna se había hecho rogar tanto como esta. Bien por el contrario, había sucedido y bastante; se había quejado por ello.Dominico lo tomó como un reto más y siguió con su vida y el recuerdo de Natalí, que no llamaba ni escribía.Hasta que Jezabel volvió por completo y lo invitó a su departamento de Recoleta.
Dominico aceptó y le preguntó si quería ir a comer antes. Ella se negó: ya había comido y que no se preocupara, que no era necesario ponerse medias al tono.Dominico rió, pero sintió que eso lo había dejado mal parado, así que en su mochila añadió un champán Baron B y lo surtió de juguetes nuevos.Al llegar al departamento Jezabel le dijo que deje el auto en la cochera, en el espacio número quince que era de ella, y suba por el ascensor y toque.
En efecto así lo hizo, para que una Jezabel vestida con un exquisito salto de cama de seda negra le abra la puerta. De fondo sonaba Bach. Lo hizo pasar, lo llevó al living donde había unos pequeños bocadillos de caviar negro y crema agria. Dominico suspiró al recordar el champán, se lo dio y le dijo:
—Para acompañar.Ella lo tomó, lo observó: era del bueno, lo puso un rato en el freezer y se sentó al lado de Dominico.—¿Y qué tal la escalada, Jez?—Fructífera para mi alma, no obstante no tanto para mi rodilla —dijo mostrando un pequeño raspón en la rodilla, casi imperceptible, pero lo suficiente para que ella se sintiera herida en su orgullo.—Pobrecita —dijo él—. Aunque ni se nota, no seas aniñada.—Dominico —dijo poniéndose de pie—. Yo escalo desde que cumplí dieciocho. Es una falta enorme, más que no hubo casi viento.Y lo tomó de la mano y lo guió a la biblioteca, que se abría —como casi toda la casa— con una cerradura electrónica. Allí, entre los libros, había una katana, dos sais. Ella se concentró en mostrarle sus fotos en las cimas y sobre todo la del Everest. No había dudas: eran reales. Aunque él se quedó observando las armas y ella le contó de su retiro a Japón para estudiar artes marciales. Allí había conocido a su esposo; de él eran los sais.
Ella prefería la katana.—Fue una confluencia de circunstancias que consideré divertida en su momento, pero fue el destino. Éramos almas gemelas.—¿Creés en las almas gemelas?—Él era la mía. No tengo dudas de eso. Más cambiemos el coloquio.—Me asombras. Eso, no quise traer a tu bella cabecita recuerdos tristes.—Lo sé… El champán ya debe estar frappé.—Perfecto, vamos por él.Bebieron, comieron, charlaron hasta que empezaron a besarse sin timidez pero sin prisa.
Lentamente Dominico le corrió el hombro del salto de cama a la altura del hombro y empezó a besarlo. Ya había besado su cuello. Ahora la tomó en sus brazos rumbo a su cuarto mientras ella le desabotonaba la camisa y la hacía volar y aterrizar en el respaldo del sofá.Entre besos y caricias Dominico le preguntó:
—¿Jugamos más fuerte?—Siempre.Sacó sus esposas con cadenas y se las colocó en una mano y una pierna. Ella sonrió complacidamente y le ofreció:
—La otra también, si gustas.Dominico así lo hizo y empezó a cubrir con besos su vagina, profundos besos. Luego la penetró, al principio suavemente, para ir subiendo la intensidad hasta sentir cómo su cuerpo se contraía de placer. Ella apretaba su vulva por momentos; se sentía tan dentro de ella que podía caer a un mundo desconocido.
Todo terminó en un gran y bello orgasmo.Ambos se lavaron, bebieron el resto del champán. Él fumó y ella, mientras, sacó un champán Cristal y se lo ofreció. Dominico aceptó y comentó:
—Me encantaría bañarte en él.Ella revolvió su cajón y sacó un gel con sabor a lima y se lo dio para luego morderle un pezón demasiado fuerte. Dominico la miró y ella respondió:
—Te propusiste como alimento, si mal no recuerdo, en una foto. Y yo debo saciar mi hambre de alguna manera.—Y vos respondiste que no eras Hannibal Lecter y ahora ¿lo eres?—Seré siempre yo, pero soy camaleónica cuando lo deseo.Dicho esto le untó el gel en el pecho y el miembro y comenzó a deleitar su lengua con Dominico, luego sus dientes, hasta sus manos.
Tomó una copa de champán y se la dio a beber entre sus senos para luego sentarse cuidadosamente en su boca, para extender toda su espalda y brazos como si fuese un ave.
Volvió a morder, esta vez su boca —que tenía un poco de su sabor— para luego sumergir el miembro venoso y aumentado de tamaño gracias a sus caricias en su dilatada vagina y empezar a desplazar su cuerpo sobre el de él mientras rodaban por la cama, agarrándose de ellos mismos, de algún poste y hasta tirando el mosquitero.Beso a beso, presión tras presión, gemido tras gemido, en el clímax lo asfixió brutalmente y llegaron a otro orgasmo magnífico y exhaustos descansaron en la cama bebiendo lo que había restado del Cristal hasta que se durmieron.Dominico se despertó a mitad de la noche, exaltado, y vio que Jezabel tampoco dormía y pensó en decirle sus reglas.
Más a ella la habían contratado para un viaje de tres semanas en Ámsterdam y le pidió que no la molestara esos días. Este cliente era importante y ella quería traer cosas de allí.—Igual te pido un favor yo —dijo Dominico—. No te enamores de mí; no te convengo y no voy a terminar de dejar a mi mujer jamás.—¿El hilo rojo?—¿Qué?—La fábula que dice que estamos atados a…—Ah, sí, sí, digamos que eso.—Ergo ella es tu alma gemela.—No lo sé.—Un hombre que duda sobre eso es bastante común. Deberías preguntarle a ella.—No nos hablamos.—Tienen que hacerlo, aunque sea para que tengas certezas y no dudas.Dicho esto se volvió a acomodar en la cama sin abrazarlo y apagó con una orden la luz de su veladora de pie.Dominico durmió como si se sintiera en una cama de plumas cuando solo la almohada era de plumas, pero en una semi paz del cuerpo porque la mente y el alma habían calado muy hondo las palabras de ella.¿Podía haber una mujer que se rodea de lujos, armas y, cuando tiene a un hombre, lo desdeña?
¿Cuál había sido el final de su marido?
¿Por qué todo en ella era tan misterioso?A la mañana siguiente le simplificó las preguntas en una:
—¿Qué escondes, Jez?—Mujer sin misterios no es mujer.Y lo despachó como se despacha a un amante casual.Al sentirse tan fría le dijo en un susurro:
—Me gustas.Él, sin embargo, estaba lleno de dudas y atracción. Ella tomó un baño largo de tina con sales antes de cambiar las sábanas y volver a dormirse.
Tenía los horarios cambiados más de lo de costumbre, pero no le afectaba. De alguna manera prefería la noche.Dominico pasó las siguientes semanas entre pacientes y amigos.Una noche pensaba tanto en Natalí que la llamó. Ella atendió sorprendida y, para hacer breve la conversación, le dijo que sí, que siempre había una esperanza si a él se le habían bajado los humos de salvador.Dominico recordó a Jezabel: esa manera de hablar, esos gestos cuidados, esa superioridad, esas armas y todo en ella lo habían vuelto humilde de alguna manera.
Pero él estaba con ella; él había penetrado su fortaleza o había abierto una pequeña rendija.A la tarde llamó a Shannon, quien apareció vestida de negro con un guante de red y, como siempre, impecablemente maquillada.
Fueron a tomar un jugo y Dominico le contó sobre Jezabel y Natalí. Después de escucharlo un rato le dijo:—Hay que tener muy en cuenta que vos sos muy variado a la hora de escoger amantes. Pasas de una a otra y esta me gusta. Pobre Natalí, pero esta mujer es un magnífico misterio. Ese léxico demuestra a las claras que es refinada o finge estupendamente. Déjame ver…Sacó su celular y buscó Jezabel en las redes sociales y Dominico le dijo: no usa, no le gustan, tiene pero no las usa.—Perfecto, ahora investiguemos mejor. Entró al registro de datos y sí, ahí aparece ella. Ese era su nombre, su dirección es correcta, sabemos de dónde proviene…Y le mostró la pantalla diciendo:
—¿Esta es la dirección?En efecto era esa, Avenida Alvear…—Por lo menos tengo la certeza de que existe. Me gustaría percibirla. Podría tener un mitin muy satisfactorio con ella. Ni mentar sus peregrinaciones y ese exótico gusto por Bach y su adiestración en las artes marciales y esa biblioteca que enunciaste, aunque dudo sea superior a la mía. Asimismo compartimos otra cosa: el error en nuestros nombres. Yo soy Shannon con una N y ella Jezabel con A. Sin titubear te avalo que nos hallaríamos de acuerdo en un sinfín de…—Ay, Shannon, no seas…—¿No ser qué?—Empezaste a hablar como ella.—Yo también me manejo en grandes círculos, solo que no lo hago con vos. Que no se te olvide.—Ok, ok, no enojes. ¿Pero si es tan refinada por qué desaparece así como así?—Porque simplemente no eres su prioridad. Te está tratando como un amante más. Vas a tener que cavar bien hondo en ella si querés que te persiga. Ella es la mejor sobreviviente del mundo.
Es parte de una canción de mi «crush»…Iba a mostrarle la canción, pero Dominico la frenó en seco: ya escuché todas las canciones con el nombre Jezebel.—¿Todas? Porque hay hasta una…—Banda, sí, todas.—De acuerdo. Yo solo quería mostrarte a mi «crush».—Jajajja, ¿estás loca, lo sabés, no?—Él no lo cree así. Y ahora vamos a comprar la mantelería que querías y, si vas a volver con Natalí, hacete el favor de guardar todo en un depósito. Y Jez o Jezabel debería ser tu ideal de mujer. No llama, no molesta y te dejó en claro que no te va a amar. Eso también me intriga: su vida tiene tintes novelescos. Y si ya sé, también existió una novela con su nombre, tranquilo.Shannon tenía algo de gótica en su existir —por eso el guante—, mucho de extravagante, demasiado de inquisitiva y era una narradora excelente. Dominico se guardó el detalle de que a Jezabel le gusta morderlo porque Shannon, en su búsqueda eterna de respuestas, hubiera dicho que estaba «marcando el terreno o simplemente sometiendo sexualmente» y eso ya lo sabía él.
Y no quería que nadie más lo supiera.Natalí merodeaba su mente una noche cuando el celular sonó: era Jezabel.
Estaba en Ámsterdam y le enviaba una foto de ella frente a un local de venta de mujeres.Dominico le preguntó:
—¿Te vendés o vas a comprar?—No y no.—No te ofendas, era chiste. Como estás tan cerca parece que estuvieras en la vidriera.—Lo sé, solamente dejo asentado mi parecer y no, tampoco me enojé. Quería mostrarte un poco. Dijiste que viajabas poco.—Cierto, estás hermosa.—Gracias. La semana que viene regreso.En esa semana Dominico estaba comprando velas aromáticas y de otras clases para darle una bienvenida especial cuando Natalí lo llamó.
Quería verlo y definir qué pasaría de ahora en adelante.
Se citaron en un café.Dominico llegó antes; estaba un tanto enojado por haberlo hecho, pero a la distancia vio a Natalí y se quedó sentado.
Hablaron largamente. Natalí le preguntó si se había cansado de sentirse el salvador del país y si en realidad la extrañaba.
Dominico quiso discutir, pero Natalí amagó a pararse y terminó asintiendo con desdén, a pesar de lo mucho que la había extrañado. Tenía que ceder. Había algo extraño en ella, no sabía qué, pero algo había y, de solo imaginar que Natalí estuviera en brazos de otro hombre, todos sus músculos se tensaban de ira.Volverían, pero antes tendría que desmantelar su departamento. Natalí quedó sorprendida al ver lo rápido que se había instalado y tan bien.
Se dieron una semana como plazo y juraron no volver a tocar el tema.
Con un beso ardoroso cargado de promesas se despidieron.A la noche Dominico invitó a sus amigos a la «despedida de soltero», pero solo Leila y Horacio fueron, así que compraron cervezas y pizzas y se sentaron a hablar y reír.Ya el lunes llamó a Jezabel. Estaba durmiendo cuando lo atendió; había llegado hacía dos días y Dominico planeaba cortarla cuando ella suspiró:
—¡Qué hambre me provocás!Y lo invitó a su departamento para la noche.
Le dijo que no se riera de su humildad y ella prometió hacerlo y dijo que él se quedara tranquilo, que ella llevaría un regalito especial.
Ajenjo. El hada verde.Dominico pensó que, como había «fracasado» la despedida con amigos, se podía realizar con esto y ella. Así que aceptó gustoso, quedándose para ver esa noche a las nueve.Puntual, a las nueve en punto, Jezabel tocaba el timbre. Dominico bajaba luego de haber rodeado la cama con velas y cadenas con esposas.Jezabel llevaba un vestido de rojo carmesí con un gran escote y un tajo hasta más arriba de la rodilla, con una cartera y zapatos negros. Una vista más entrenada se hubiera percatado de que eran zapatos Gucci y un vestido Oscar de la Renta, y un collar que parecía una lágrima entre sus senos y una cartera en forma de maletín un poco más grande de lo que ella solía usar.Entraron. Dominico le abrió la puerta del departamento y la dejó pasar. Le dijo que no había para hacer un tour house, pero que se divertirían.
Jezabel sonrió al entrar y oír esas excusas.Se acomodaron en el sofá y ella sacó de su cartera una botella de enjuague bucal y la movió ante la vista de él: ahí estaba el ajenjo, absenta.—Siempre quise copiar esa parte de la película de Jude Law «Alfie, un seductor irresistible», eso, jajajajaj.Dominico recordó la escena y le dijo que ella era más hermosa que Susan Sarandon y joven.Prepararon el «hada verde» casi como en la película y, a la hora de brindar, Dominico le preguntó por qué le gustaría hacerlo.—¿Por nosotros?—Así será.Y brindaron por ellos mientras él pensaba en dejarla o mantenerla como amante luego de volver con Natalí. Ella notó su inquietud y, sin reservas, le dijo:
—Háblame de ella, de tu mujer. Cómo se llama, cómo se conocieron, todo…—Estás inquisitiva, me gusta. Natalí y yo nos casamos jóvenes. Fue un amor clásico de adolescentes que creció con el tiempo. Ella es un poquito más baja que vos, tiene ojos almendra, es rubia y… Dime de tu marido.—Él era de las fuerzas especiales, tenía ojos verdes, pelo oscuro, medía uno noventa. También nos casamos jóvenes. Amaba estar con él. Vivía para aprender. Las cosas que hicimos juntos nadie las creería y las que las creyeron no las apoyaron…—Bueno, Jez, tranquila —dijo Dominico. El hada verde le había quitado todas sus inhibiciones al parecer, también su fineza y su máscara.—Y yo lo perdí por mi culpa, Dominico. No hagas lo mismo que yo, aunque no creo que puedas…—Si ya lo dijiste, estoy atado a Natalí.Jezabel le contaba que su exmarido le había regalado el Rolex y que la fecha que tenía grabada atrás era su aniversario, que ella preferiría mendigar, prostituirse antes de vender ese reloj… que eso era eterno y a la vez efímero porque ellos habían planeado tanto y no cumplieron casi nada…—¿Qué pasó con él? —preguntó Dominico.Ella solo bajó la mirada, se compuso y empezó a tocarse el cuello y el escote en señal de calor.
Esa barrera no la saltaba ni la droga.Se compuso en un minuto y preparó otro trago para cada uno y empezó a mover las piernas inquieta y Dominico comenzó a acariciarlas. Llevaba medias, pero se las sacó en un coqueto gesto, las besó y se las tiró en la cara. Él no pudo contra su instinto y las olió.—Mmmm, huele a mujer.—Cierto, no uso perfumes muy impregnantes.Dominico lo había notado y eso la hacía más especial. Era algo más a favor de quedarse con ella para tener una amante. Apenas escribía, no usaba perfume y lo mejor: ya había puesto en claro que le era imposible amarlo.—Pon algo de Mozart, Dominico, me encantaría escuchar música.Fue y buscó en Spotify y puso la primera lista que encontró.—De alguna manera eres cinéfila, ¿verdad, Jez?—Un poco.—Y tu entrenamiento y demás… Parecés una Lara Croft.—Admiro ese personaje, pero también puedo ser una Beatrix Kiddo.—¿Esa es…?—Kill Bill.—Ay, reina, qué miedo —dijo Dominico mientras le daba masajes en sus pies.—Deberías… jajjajaja.—¿Así? —respondió él besándola en la boca apasionadamente. Ella se recostó en el sofá y lo dejó hacer… hasta que él mismo se paró, fue a la pieza, encendió las velas, llevó los vasos y la cargó como a una niña mientras ella simulaba decirle terribles venganzas por levantarla así.La depositó en la cama y le sacó el vestido. No llevaba corpiño, solo una tanga negra con encaje. La volteó y empezó a darle chirlos en las nalgas mientras ella seguía prometiendo despiadadas represalias, pero a la vez estaba asombrada: las sábanas parecían de seda, el detalle de las velas… todo le gustaba, quizás más de lo que admitía.Cuando pudo soltarse le mordió la boca mientras lo besaba, le sacó una pequeña gota de sangre. Jezabel la miró con deseo y siguió besándolo, pero él se soltó y, al hacerlo, entre el forcejeo un vaso cayó al piso partiéndose en cientos de pedazos. No le dio importancia y se subió a su espalda, bajando suavemente, besando la espalda, acariciando toda esa piel marmórea y excitándose y excitándola para girarla y besarla al sur del Ecuador, en ese lugar rosa y privado; sintiéndola gemir y curvar su cuerpo de placer hasta que retomó su conciencia y subió su pierna al cuello de él e inició a moverse más rudamente: no era nada sumisa y era una suerte para Dominico que no usara sus artes marciales en la cama… Era fuerte la presión, pero Dominico se escurrió hasta quedar a la altura de sus ojos y comenzó a introducirse en ella, lento pero seguro, después más rápido. Ella gemía y apoyaba sus manos en la espalda de él haciendo presión, le clavaba las uñas una y otra vez. Cada vez que él estaba más dentro, ella lo acompañaba, lo guiaba a pequeños mordiscos, rasguños y hasta una bofetada. De esta manera llegaron al apogeo para terminar un sexo brutal.Dominico, afectado por el hada verde, se tendió en la cama boca abajo. Jezabel se excusó y pasó al baño.Al volver Dominico le dijo, sosteniendo las esposas:
—Eres una niña muy mala, hay que castigarte. Ya lo haré, tenlo seguro.—Voy por otra copa mientras tú preparas un castigo para mí que no se cumplirá.Tardó unos cuantos minutos, pero regresó con una máscara antigua, de esas que se usaron en los antiguos guerreros. Se paró entre las velas, tomando un trozo pequeño de vidrio del vaso roto y dijo:
—Yo soy Jezabel, reina absoluta de todas las logias habidas y por haber, y aquí tengo un ciervo que voy a sacrificar en mi nombre.Le dio el trago a Dominico que reía para luego terminar bebiendo ella de un sorbo.Él seguía acostado boca abajo. Ella escaló su espalda, se frotó contra él. Suavemente él sentía sus senos y lo disfrutaba, sentía cómo ella hacía pequeños círculos en su espalda y le cuestionó:
—¿Es un pentagrama lo que dibujás?—No, yo no sirvo al demonio. Yo soy el demonio.—Y yo el de corbata, jajajaj.—Y medias deportivas, pequeño zángano. Arruinar un Armani así… Por eso no viste mi vestidor, no lo merecés.El tono de la voz de Jezabel había cambiado… Dominico pensó que era parte de su juego y le restó importancia. La dejó actuar; era placentero… hasta que le ató una cadena al cuello e inició a escribir con el vidrio roto en su espalda su nombre. Le dijo que parara, mas ella no hizo caso. La cama empezaba a tener sangre de las heridas. Antes de terminar de escribir su nombre se detuvo en seco y giró, lo miró a los ojos e intentó ahorcarlo.Dominico le gritaba que reaccionara, hasta le pegó una cachetada.Ella se incorporó, se sacó la máscara y dijo:
—Tú no eres nadie, no des órdenes. Si me detengo es porque así lo deseo.Lo miró, soltó una lágrima y le dijo:
—Adiós para siempre.Y se marchó.Nunca volvió a saber de ella.Volvió a la casa con Natalí y de esta mujer solo quedó el recuerdo.
Jezabel tenía un enorme secreto: en un acto similar, mientras hacía el amor con su marido, lo había estrangulado hasta darle muerte.
Ese era su más grande secreto y su más terrible pecado.
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