Alondra decidió ir al restaurante para ver si habían impreso los nuevos menús; después de todo, ella misma los había diseñado. Al llegar, ver el lugar tan vacío le quebró el ánimo. Era fin de mes y la economía estaba bastante difícil.
De eso se puso a charlar con el dueño, quien amablemente le mostró la carta. Alondra se horrorizó: ese no era el diseño que ella había preparado. En la imprenta se habían confundido de archivo PDF.
-En fin -se dijo para sí misma-, así son las cosas.
-Para colmo de males, ya lo pagué -se lamentó el dueño.
-¿No podés reclamar?-
-No.-
-Y bueno, por lo menos los precios son los correctos. Tranquilo, esperemos que esto repunte.-
-Dios te oiga.-
En ese momento cayó -sí, cayó, porque esos seres fanatizados no llegan, caen como aves de mal agüero y cargados de ira- un cliente. Alondra lo miró y se corrió del mostrador con un movimiento rápido y elegante. Pero el sujeto la vio y, después de conjugar apenas dos verbos para hacer su pedido, la miró con una extraña confianza y empezó a pregonar su ideología política.
-En este país hay un treinta y tres por ciento de personas que votan bien, votan peronismo. Los demás joden al país.-
Alondra revoleó los ojos por la sola idea de que esa gente creyera que votaba bien y siguiera votando igual.
-Lo mío es de familia: mi bisabuelo era peronista, mi abuelo era peronista y mi padre me crió para ser peronista, como a él lo criaron -clamó con orgullo.
Alondra movió la cabeza en señal de negación.
-¿No qué? -saltó él.
-Disculpe, ¿a mí me habla? —respondió ella con tono irónico.
—Sí, a vos. ¿No qué?-
-No a su adoctrinamiento. A mí me enseñaron a pensar desde chiquita; me mostraron lo bueno y lo malo y me dieron a elegir. Siento lástima de que usted no haya tenido esa oportunidad.-
-¡Ah! Tus padres son unos traidores a la patria.-
-Disculpe, mis padres están en el seno del Señor. Si quiere puede insultarme a mí, pero a ellos no.
El dueño del restaurante se quedó impávido al ver ese lado de Alondra, que siempre era tan servicial, caritativa y dulce. Intentando desviar la atención, intervino:
-Alondra, ¿pudiste pagar...?
-Creyente católica, el opio de las masas -la interrumpió el hombre-. Alondra... qué nombre tan musical. Es irónico que no te hayan nombrado como a una virgen.
-Señor, usted toca fibras sensibles en mí y ni siquiera ha dicho su nombre.-
-Pedro -respondió petulante.
-Eran otras épocas, ¿sabe? Pedro mi familia y yo eramos muy felices. Recuerdo las vacaciones enteras en la costa, los eneros interminables en la playa, corriendo por las playas yendo al cine al teatro... Fue una niñez tranquila y perfecta.Había respeto.-
Pedro soltó una carcajada seca y sacudió la cabeza con desprecio.
-Sos una digna hija de la clase mierda -disparó sin disimulo-. ¿En la costa? Bien de clase mierda. Los demás nos íbamos a Disney,a Brasil.-
Alondra lo miró con distancia y, con un rostro totalmente distinto, volvió a dirigirse al dueño:
-Gracias a Dios sí pude pagar, solo que es una exageración lo que cobran esos desgraciados. Vivo acá, no en Recoleta. ¿Querés que vaya yo a la imprenta la próxima vez?-
-¡Eres tú! -gritó Pedro señalándola como si viera a un enemigo-. ¡Fuiste vos la loca que en la esquina llamó a la policía porque abajo unos trabajadores hacían un asado! Hace años de esto, pero ya sé quién sos, desgraciada.
Alondra hizo memoria y encontró el recuerdo. Para ella, ese tipo de episodios valían menos que nada.
-A ver: estaban en plena ciudad, debajo de mi ventana, haciendo un asado y la habitación se me llenaba de humo. ¿Usted no sabe que eso está prohibido?-
-¿Pero era necesario llamar a la policía?-
-Sí. Pasé con una amiga y "nos ofrecieron un chorizo". ¿Me entiende o su doctrina no lo deja ver más allá de su nariz?-
-Si en frente vos te basas en la ley de los yutas.El país que tu gobierno destruye día a día.-
-Tengo sesenta y cinco años, no miro esas cosas de redes.-
-A veces es bueno ver a los locos de los streamings, pero si no le gusta, yo no obligo a nadie a ver nada.No me educadron para obligar sino para pensar y defenderme .-
Desviando definitivamente la conversación, miró de nuevo al dueño del local:
-Por fin arreglé para que saquen la bañera.-
-¡Qué bien! -dijo el dueño-. Te tenía a mal traer eso. ¿Lo demás pudiste?-
-Sí, corre por parte de ellos.-
-Ah, te aprovechás del consorcio. Qué bien -acotó Pedro.
Sin pedir permiso, el hombre le tomó las manos a Alondra y se las besó.
Luego recogió su pedido y se fue silbando la marcha peronista.
Fue al médico y allí terminaron de curarla aunque ni ellos los médicos sabían que era pero le dejaron las manos como nuevas.
Al salir de la clínica se cruzó con Pedro: a él le habían operado la boca.