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martes, 28 de julio de 2026

La infección del adoctrinamiento

Alondra decidió ir al restaurante para ver si habían impreso los nuevos menús; después de todo, ella misma los había diseñado. Al llegar, ver el lugar tan vacío le quebró el ánimo. Era fin de mes y la economía estaba bastante difícil.

De eso se puso a charlar con el dueño, quien amablemente le mostró la carta. Alondra se horrorizó: ese no era el diseño que ella había preparado. En la imprenta se habían confundido de archivo PDF.

-En fin -se dijo para sí misma-, así son las cosas.

-Para colmo de males, ya lo pagué -se lamentó el dueño.

-¿No podés reclamar?-

-No.-

-Y bueno, por lo menos los precios son los correctos. Tranquilo, esperemos que esto repunte.-

-Dios te oiga.-

En ese momento cayó -sí, cayó, porque esos seres fanatizados no llegan, caen como aves de mal agüero y cargados de ira- un cliente. Alondra lo miró y se corrió del mostrador con un movimiento rápido y elegante. Pero el sujeto la vio y, después de conjugar apenas dos verbos para hacer su pedido, la miró con una extraña confianza y empezó a pregonar su ideología política.

-En este país hay un treinta y tres por ciento de personas que votan bien, votan peronismo. Los demás joden al país.-

Alondra revoleó los ojos por la sola idea de que esa gente creyera que votaba bien y siguiera votando igual.

-Lo mío es de familia: mi bisabuelo era peronista, mi abuelo era peronista y mi padre me crió para ser peronista, como a él lo criaron -clamó con orgullo.

Alondra movió la cabeza en señal de negación.

-¿No qué? -saltó él.

-Disculpe, ¿a mí me habla? —respondió ella con tono irónico.

—Sí, a vos. ¿No qué?-

-No a su adoctrinamiento. A mí me enseñaron a pensar desde chiquita; me mostraron lo bueno y lo malo y me dieron a elegir. Siento lástima de que usted no haya tenido esa oportunidad.-

-¡Ah! Tus padres son unos traidores a la patria.-

-Disculpe, mis padres están en el seno del Señor. Si quiere puede insultarme a mí, pero a ellos no.

El dueño del restaurante se quedó impávido al ver ese lado de Alondra, que siempre era tan servicial, caritativa y dulce. Intentando desviar la atención, intervino:

-Alondra, ¿pudiste pagar...?

-Creyente católica, el opio de las masas -la interrumpió el hombre-. Alondra... qué nombre tan musical. Es irónico que no te hayan nombrado como a una virgen.

-Señor, usted toca fibras sensibles en mí y ni siquiera ha dicho su nombre.-

-Pedro -respondió petulante.

-Eran otras épocas, ¿sabe? Pedro mi familia y yo eramos muy felices. Recuerdo las vacaciones enteras en la costa, los eneros interminables en la playa, corriendo por las playas yendo al cine al teatro... Fue una niñez tranquila y perfecta.Había respeto.-

Pedro soltó una carcajada seca y sacudió la cabeza con desprecio.

-Sos una digna hija de la clase mierda -disparó sin disimulo-. ¿En la costa? Bien de clase mierda. Los demás nos íbamos a Disney,a Brasil.-

Alondra lo miró con distancia y, con un rostro totalmente distinto, volvió a dirigirse al dueño:

-Gracias a Dios sí pude pagar, solo que es una exageración lo que cobran esos desgraciados. Vivo acá, no en Recoleta. ¿Querés que vaya yo a la imprenta la próxima vez?-

-¡Eres tú! -gritó Pedro señalándola como si viera a un enemigo-. ¡Fuiste vos la loca que en la esquina llamó a la policía porque abajo unos trabajadores hacían un asado! Hace años de esto, pero ya sé quién sos, desgraciada.

Alondra hizo memoria y encontró el recuerdo. Para ella, ese tipo de episodios valían menos que nada.

-A ver: estaban en plena ciudad, debajo de mi ventana, haciendo un asado y la habitación se me llenaba de humo. ¿Usted no sabe que eso está prohibido?-

-¿Pero era necesario llamar a la policía?-

-Sí. Pasé con una amiga y "nos ofrecieron un chorizo". ¿Me entiende o su doctrina no lo deja ver más allá de su nariz?-

-Eran trabajadores, no ladrones saliste histerica te merecias una bala-
-Me faltaron el respeto y estaban haciendo algo ilegal; mi deber y derecho como ciudadana era denunciarlos. Cuando aprendamos que las leyes no están hechas para romperlas, podremos empezar a reconstruir el país.¿Una bala por denunciar? Suena a amenaza-

-Si en frente vos te basas en la ley de los yutas.El país que tu gobierno destruye día a día.-

-Yo no estoy a favor de los que gobiernan, sir Peronista. Si usted se tomara el tiempo, en vez de levantar el dedo para acusar y dividir, sabría que somos muchos los que no los apoyamos.Y muchos los que defendemos la patria a base de leyes e impuestos para convivir mejor. Debería ver el streaming de...

-Tengo sesenta y cinco años, no miro esas cosas de redes.-

-A veces es bueno ver a los locos de los streamings, pero si no le gusta, yo no obligo a nadie a ver nada.No me educadron para obligar sino para pensar y defenderme .-

Desviando definitivamente la conversación, miró de nuevo al dueño del local:

-Por fin arreglé para que saquen la bañera.-

-¡Qué bien! -dijo el dueño-. Te tenía a mal traer eso. ¿Lo demás pudiste?-

-Sí, corre por parte de ellos.-

-Ah, te aprovechás del consorcio. Qué bien -acotó Pedro.

Sin pedir permiso, el hombre le tomó las manos a Alondra y se las besó.

Luego recogió su pedido y se fue silbando la marcha peronista.

Nunca supo el contexto solo se alegró de su suposición. 
Alondra sintió una sensación repetida y asquerosa. 
Esos besos no solicitados le causaban una profunda molestia,tanto que agarró el alcohol en gel que había sobre el mostrador y se cubrió las manos.
El dueño se despide de ella cortesmente él sabía que era molesto fanático y desde el `punto de vista de él todo lo que esta mal Pedro,ero no iba a maltratar a un cliente.Menos ahora.
Alondra llego y se sintió tan mal tan furiosa,tan decepcionada de la humanidad que prefirió dormirse aunque el malestar en las manos era importante.
Al día siguiente ya tenía un sarpullido.
 Al segundo día, las manos hinchada y calientes.
Su sistema peleaba contra algo.
Al tercero, una mancha de sangre y una cicatriz sobre la que parecía crecer algo: a la semana, la piel parecía la corteza de un árbol que necesitaba ser podado.
Era una infección voraz que no podía detener.

Fue al médico y allí terminaron de curarla aunque ni ellos los médicos  sabían que era pero le dejaron las manos como nuevas.

Al salir de la clínica se cruzó con Pedro: a él le habían operado la boca.


Prejuicio enfermo

La infección del adoctrinamiento

Alondra decidió ir al restaurante para ver si habían impreso los nuevos menús; después de todo, ella misma los había diseñado. Al llegar,...