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martes, 13 de enero de 2026

"Ladrillo por ladrillo"

Frustrado por todo, Graco se retira y reflexiona.
Su diabetes lo obliga a comer un bife con una ensalada sin sal y apenas jugo de limón.
La cosa está empeorando.
Está avanzando; esto es degenerativo, progresivo o como les guste llamar.
Cada vez más insulina, más dieta, más piel débil, más dolor, pero lo peor: más abandonado.
Ya se han cansado de él.
Nunca quiso ser una molestia, pero… parece que sí lo es.
Ahora una racha de suerte lo ha agarrado en forma de trabajo remoto y su humilde casa se está transformando en palacio.
Primero los pisos de tierra a parquet y luego a loza.
Luego las paredes con nueva pintura y ahora las conexiones todas prolijas, encubiertas por varillas y muchas por fibra óptica.
Los ventiladores de techo se cambian por splits de máxima potencia.
Acomoda su baño: quita la bañera, deja la ducha, pone un espejo táctil y cambia el lavatorio.
Se siente tan satisfecho que envía las fotos a sus parientes.
Ellos simplemente las ven y siguen su vida.
Graco espera por días una palabra de orgullo, de aliento por parte de ellos y no consigue ninguna, ni un miserable dedo arriba.
Se desilusiona, sufre un abandono y no entiende el porqué.
Si ahora es independiente, algo deberían decirle; un simple «¡Lindo!» hubiera bastado.
Con el tiempo corriendo, se da cuenta de que los aires son jurásicos y ahora hay sistemas de climatización que salen bastante caros, pero son más convenientes a largo plazo.
Revoca los buracos que los splits han dejado y pinta de nuevo de color rojo una pared de cada habitación.
Cambia las cortinas.
Luego el mobiliario.
Compra todos los meses algo nuevo y tira lo viejo o lo dona si ve que se encuentra en buenas condiciones.
Los vecinos lo sorprenden mirándolo como si se hubiera sacado la lotería y él solo sonríe.
El dolor en los pies se vuelve punzante.
Extraña a Lidia, pero ella no le corresponde; no habían tenido hijos y ella simplemente había desaparecido, quedándose con el departamento que luego vendió.
Nunca más supo qué fue de ella.
Y convengamos que no hizo mucho para buscarla. Graco extrañaba tener a alguien para conversar, alguien que lo recibiera con una mirada alegre. Pensó en buscarse una mascota, mas con todos los arreglos era poco factible en esos momentos; cuando terminara el fondo sería mejor, ya que tiene planes de convertirlo en un bello jardín.
Incomodaría hasta al mismo animal y no deseaba eso.
Era tal el malestar que dos días llamó a un auto de aplicación y fue a emergencias. Tardaron en atenderlo hasta que un médico gritó su apellido y Graco entró a la sala casi desmayado.
Dos días, entre estudios y demás, estuvo en el hospital.
Nadie fue a verlo.
Los médicos le explicaron que debía tener a alguien para que le lleve la ropa. Intentó llamarlos, pero nadie respondió.
No tenía el teléfono del vecino, así que estuvo en bata y, ya una vez que le dieron el alta y nueva medicación que lo estabilizó y empezó a mejorar…
Graco se puso en contacto con el vecino Santiago y le contó su situación. Santiago le dijo que sí, que mientras tenga un bolso pequeño a mano preparado para emergencias, él se lo llevaría a cualquier lado… por un módico precio mensual.
Graco se maldijo a sí mismo y llamó a otro auto de aplicación y fue de compras con Santiago.
Armó un bolso y se lo entregó a Santiago; luego fue a ver a un arquitecto para el jardín. Le pasó el presupuesto, Graco lo observó y lo aceptó.
Mientras él pintaba la medianera, una cuadrilla cavaba una zanja. Meses después estaba listo el jardín con jacuzzi y una hamaca, verde pasto y hasta pequeños árboles y plantas.
Miró su casa orgulloso, con el pecho inflado de orgullo bien merecido: cada habitación hermosa, con camas de dos plazas con sábanas de seda, las cortinas total black, las mesas de luz de hierro igual que las camas.
Los televisores de última generación.
Estéreos, parlantes de excelente sonido.
En la suya conectada al baño y a un escritorio con una computadora encima de su escritorio.
El atelier que jamás terminó de usar, lleno de pinturas y lienzos.
El living con una pantalla plana que cubría una pared, un sofá masajeador y una alfombra mullida.
La cocina con una cava de vinos aunque él no tomara.
El baño y el vestidor, aunque pequeño, enorme para la poca ropa que usa Graco.
Filma toda su casa; realmente está feliz.
Casi se diría que la levantó ladrillo a ladrillo a un ritmo fascinante.
Cuando se da cuenta de que le falta el comunicador de las cámaras y que sería práctico instalar algún tipo de inteligencia artificial.
Y así lo hace.
Instala todo y se recuesta en el sofá a ver televisión, mide su azúcar en sangre, se decepciona de lo alta que está.
Y filma un video para enviárselo a su familia de cómo quedó la casa terminada.
La hermana le pregunta dos días después si se siente como Sarah Winchester o está loco.
Graco miró el celular feliz de que le contestara e intentó hablar un rato, invitarla. Allegra promete ir al mes siguiente.
Mas falta a su promesa.
Graco todos los años hace una mini fiesta de cumpleaños para él y Santiago. Este año invitó a toda su ingrata familia con dos meses de anticipación.
Se compró un traje fino, zapatos, se recortó el pelo y hasta mandó por un buffet.
Decoró la casa, alquiló una vajilla ya que era lo único que se negaba a comprar: tenía dos tenedores, dos cuchillos, dos de todo y no quiso jamás comprar más.
Algunos habían prometido ir.
A la hora de la cena nada era como esperaba, así que con su traje se recostó en el living y miró todo. Una furtiva lágrima escapó a sus ojos.
Comió muy escuetamente y la IA le recordó que tenía que tomar los remedios; así lo hizo y buscó alguna aplicación de citas.
La primera era una señorita muy hermosa pero cobraba por sus servicios y él no estaba dispuesto a pagar. La segunda estaba demasiado lejos, en otro país, pero era agradable; podría viajar un día a conocerla. Así que siguió con Gisella.
Era dulce, amable, hasta que empezó a quejarse de la distancia. Graco le dijo que iría pronto, pero ella no quería eso, quería lo opuesto. Graco lo meditó y sacó cuentas mentales: no podía costearle el pasaje y se lo hizo saber.
Y así desapareció Gisella también de la vida de Graco.
Solo, sumido en sus bifes con ensalada y sus dolores físicos, trató de buscar a alguien en las redes sociales. Ya no se sentía bien saliendo a la calle. Encontró gente buena y gente pésima.
Otra internación; por su soledad una médica le recomendó hacer terapia tan sagazmente que lo mandó con una psicóloga online.
Esa ciudad apartada no era fácil hacer amigos y la familia aparecía de vez en cuando por WhatsApp.
Entre este día y la cena frustrada han pasado dos años.
La calvicie ganaba terreno a las canas en la cabeza de Graco. El tiempo inexorable pasa y deja su huella.
De pronto una llamada cambia todo en la vida de Graco.
En los estudios han encontrado una falla en su corazón y su sangre estaba coagulada. La maldita enfermedad está avanzando, digamos que se tardó, piensa…
Pero no hay consuelo y llama a Allegra, quien tarda en responder y lo hace vía texto. Entre texto y texto Graco pregunta por Daniel y se entera que hace meses nadie sabe de él.
Que siempre estuvo loco y ahora más seguramente.
¡Bravo! Acá nadie se habla con nadie, qué bella relación fraternal.
Los hermanos alejados, los demás desaparecidos, comidos por una fuerza perversa en apariencia.
Así, con eso pensando, tuvo su sesión online con la psicóloga y le comentó sus nuevos males.
Ella, siempre optimista, le propuso entrar en las redes sociales más de lleno. Mas Graco se negó. Entonces una rutina diferente: salir al cine o simplemente a caminar… hacer amistad con los vecinos, ir si creía a la iglesia.
Todo probó Graco, aminar, ser simpático, cosa que no era; era una persona muy tímida y cerrada. Pese a ello hasta fue a la iglesia y estaba cerrada.
Ese pequeño pueblo estaba en efecto abandonado por Dios.
El cine lo incomodó: la pareja de adelante hablando toda la película y grabando.
Caminar le agradó. Pudo observar de lejos la casa de Allegra y ver que no había nadie, lo mismo con la casa de Daniel.
Se cruzó con personas, no obstante a la hora de dialogar con ellos su timidez no lo dejó.
Así continuó su vida, solitaria en demasía.
Miraba la cocina con desdén. ¿Podría cambiarla? ¿Hacer una reforma que combine con lo demás?
Se cuestionaba, mas los pensamientos y palpitaciones que tenía al recordar su soledad se lo impedían. Tomó sus pastillas y las miró: eran una exageración.
Gastaba casi todo su sueldo en pastillas.
Sus lujos electrónicos en su mayoría los había apagado para ahorrar luz… la IA, los portarretratos digitales, el sistema de climatización.
Eso lo deprimió aún más.
Y la depresión tiene un límite. Graco creía haberlo cruzado. Errado estaba.
Ahora la depresión como un manto lo cubrió, se ciñó a él, se alimentó de su sangre coagulada, de su calva cabeza ya y se mostró en el espejo.
Le costó respirar, más con agitación llegó a encender todo y tomar las pastillas, acostarse en la bañera y cortarse las venas.
Días después Daniel y Allegra, alertados por Santiago y la psicóloga, entraron a la casa y lo encontraron. Lo primero que dijo Daniel fue:
—Qué egoísta, tanto se quejaba, mira todo lo que tenía y jamás invitó.
Allegra por su parte dijo:
—¿Eso es una cocina o un desastre?

sábado, 3 de enero de 2026

"Mitad sirena"

Es la noche más oscura y tu recuerdo me tiene en la mira como un águila a su presa.
¿Qué más hacer?
Dejarme vencer y caer en la fatal trampa de un recuerdo de algo que pasó y pudo ser mejor o sumergirme en la fría seda de mis sábanas donde reposaste la cabeza tantas veces en mis sueños más bellos y en aquellos días donde tenía una caricia en la pantalla del móvil todas las mañanas.
O seguir adelante con esperanza buscando nadar como siempre olas gigantescas que me pueden o no ahogar.
Pero tengo parte de sirena; a medida que los días transcurren, más me convenzo de que la noche y el mar son mi lugar.
Y tu recuerdo ya no moja, pero lastima.
Son garras esos momentos.
Ya serán espinas...
Hoy siguen siendo garras crueles.
Si no te alcancé o si te sobré.
Ahí llega la duda siempre con su daga al costado, cual villana tramposa.
Mi mente se torna más oscura que la misma noche; allí no hay luna ni estrellas; solo abismos.
No soy como las demás. No me detuve a llorar ni a ver cómo tu barba se tornaba entrecana; seguí mi vida con el alma rota, atrapada como una mosca en una telaraña.
Hice mi duelo a mi manera.
Como siempre, no puedo darme esos lujos burgueses de llorar y detener el tiempo.
Yo paso encima del incendio de mi corazón, vivo al límite con todas las dudas y recuerdos que quieran atraparme, que se tornan un hoyo negro y me arrastran por momentos como esta noche.
Me dejaré caer, me quemaré si es necesario, seré la presa; ¿qué más da?
A veces toca llorar.
No es el fin del mundo, pero se siente parecido.
Aunque no debería conocer el sentimiento, lo conozco.
Las sombras se apoderan de todo.
La neblina es mi cabeza.
El dolor se instala en mi corazón, punzante.
¡No quiero convertirte en la destrucción!
Tampoco recordarte.
No debo justificar nada, pero lo hago; es mi necesidad de explicar el mundo.
Aquí me tienes, cruel duda e implacable recuerdo.
Tómame, llévame a los abismos de la tristeza, haz que sangren mis ojos de tanto llorar, quema mi corazón y deja tu marca.
Es tu señal.
Me rindo hoy, pero me levanto mañana.
Ya depurada de ti.
Dejaré vagar mi mente en ti de vez en cuando como un recuerdo lindo, si no lo destruyes esta noche.
¿Estamos de acuerdo?
Permiso, me retiro a llorar mirando las estrellas inalcanzables que flotan sobre el mar...
Allí despertaré mañana.
Mitad sirena siempre fui.

sábado, 27 de diciembre de 2025

"Triunfo"

Camino hacia el patíbulo puedo sentir el duro respirar del Cancerbero en mis talones.
Esta parece ser mi excursión final.
Más llevo la cabeza en alto aunque por dentro me muera de nervios.
La incertidumbre y la ansiedad me hacen avanzar con imperceptible agitación.
Siento las miradas de los presentes y sus juicios sobre mí, sus prejuicios mejor dicho.
En este mundo abunda la doble moral, pero aquí todo tiene un nivel superior.
Ya me han juzgado antes, nunca así.
Iré a sentarme en el banquillo de los acusados frente a ella.
Aquella maldita que no me veía, solo divisaba un paisaje.
La misma que se enfermaba sin siquiera conocerme.
Que hizo de mi vida un infierno con demonios poderosos como aliados.
Que, al igual que en el averno, devoraban mi cuerpo una y otra vez.
Me acomodo la falda y me siento, la miro a los ojos dudosa pero altiva y digo:
—¡No sé por qué me quiere aquí!
Obtengo esta respuesta: Fuiste mi nuera, son las fiestas, necesito un bufón, mi corte está aburrida sin nadie a quien pelear.
—La tiene a ella.-
Digo yo señalando con el índice a la novia del hijo de esta reina roja.
—Ella no sirve para pelear ni con mi hijo, menos conmigo. Tu pasado es un tesoro, tu lengua ponzoñosa y ese indómito carácter son lo que necesito esta noche, esta fiesta real.-
—Ajá, pues yo me fui feliz de esta corte hace años. Si mi reemplazo no es suficiente, no es mi problema. No navegaré el Aqueronte ni pagaré a Caronte y mucho menos volveré a esta corte luciferina.
He triunfado sobre ustedes, me fui, no soy Perséfone, no debo volver, sus leyes repulsivas y vulgares
He triunfado sobre el odio y el amor.
Me fui caminando y festejé haberlo hecho.
Me paré erguida con la frente en alto y la mirada más cruel y otra vez repetí la acción mientras se miraban con desesperación.
Eso no era una familia, era el Infierno en la Tierra.
Ese es mi segundo triunfo: me volvieron a buscar y no me vencieron.


Nota de la autora:Para todos los que sufrimos con familias políticas y/o propias.

"La reina de los gatos"

Todos necesitamos una mujer que, en algún momento de nuestras vidas —más precisamente cuando todo se derrumba y las heridas nos desgarran—,...