Nacida y criada en un hogar disfuncional donde su padre se fue al enterarse de que su esposa tenía cáncer y su hermana murió de pena tras la muerte de la misma, Fiama siempre alerta a todo jamás se perdonó ni la muerte de su madre ni la de su hermana Greta.
Por eso estudió medicina y se especializó en oncología.
Lee va bastante bien, tiene su nombre y su prestigio.
Es realmente buena en lo que hace, es empática y ese don es muy preciado, más cuando tiene pacientes terminales.
No podía recordar a todos, pero sí a varios, a uno en especial: un hombre adinerado que se negó a hacer quimioterapia y solo esperó morir, con un profundo dolor que ni la máxima dosis de morfina calmaba.
Ella, en un acto de piedad, se quedó con él mientras agonizaba. Antes de morir le confesó que había sido infiel miles de veces a su esposa, tantas que lo había descubierto y llevado con ella a su hijo; hacía años no lo veía, calculaba que ahora sería un hombre derecho.
También que su dinero estaba manchado con sangre.
Que se había unido en su momento a toda mafia de guante blanco que se le cruzara y por eso soportaba la agonía.
Fiama lo miró con sus ojos tristes y le pidió que se calmara.
—Eres tan dulce… ¿Qué te habrá pasado para ser esta médica de corazón?
—Nada.
—Tan bella, sin prejuicios, escuchaste todo lo que confesé quieta, solo mirándome con tus ojos… Debes haber sufrido mucho o simplemente eres un ángel en la tierra…
Fiama iba a responder, pero el paciente falleció.
Lo cubrió con la sábana, marcó la hora del deceso y se marchó.
Fiama no iba a confesar nada.
Ella tenía una doble vida. Hacía años, para sustentar la facultad, empezó a prostituirse de vez en cuando, una o dos veces al año, con señores mayores que pagaban muy bien.
Lidia, su compañera, le presentó a uno que quería ser dominado y le explicó cómo hacerlo. Fiama aceptó el reto y le gustó… tener el control, humillarlo, maltratarlo y aún así, sin acto sexual, cobrar.
Investigó sobre el tema del sadomasoquismo y BDSM.
Era un mercado exclusivo.
Fiama invirtió el dinero ganado en ropa de cuero y látigos.
Con el pasar de los años juntó lo suficiente como para alquilar un departamento de dos habitaciones y moldear una para que pareciera una cueva con paredes rojas, cruces y una cama de postes con arneses para atar.
Allí tenía su peluca pelirroja natural y otros accesorios para ser Valquiria; ese era su nombre de dominatriz.
Sus parejas a lo largo de los años fueron hombres agradables que nunca supieron nada de su otra vida; algunos jugaban juegos de roles, otros no, ninguno pidió dominar ni ser dominado.
Pero ninguno le alcanzó para formar una familia y dejar a Valquiria en el pasado.
Tal vez no eran ellos, era ella que necesitaba el control absoluto en su vida… tal vez.
En la clínica ella era la que prescribía tratamientos y daba las malas y buenas noticias.
En su casa ella limpiaba y ordenaba.
Fiama.
En el departamento ella también limpiaba y ordenaba, sobre todo el cajón de perfumes para hombres; como su clientela era mayormente hombres casados de buen rango económico, ella guardaba en un cajón sus perfumes para que luego de bañarse se los pusieran y así evitar problemas.
Obviamente, antes de entrar, todos los clientes dejaban sus pertenencias en un cajón.
Y allí Valquiria es quien ordenaba como reina de un paraíso muy parecido al averno, pero que muchos gozaban.
Era una dualidad como la de cualquier mujer… explicó una vez, pero la juzgaron de tal manera que solo decidió nunca más rendir explicaciones a nadie.
Lunes, miércoles y jueves, Fiama era completamente Fiama.
Jamás atendía un cliente esos días. Jamás respondía un mensaje de esa índole.
Era Fiama amando su hogar mientras estaba en él y luchando contra el cáncer de sus pacientes.
Viernes y sábados era más Valquiria, aunque sí atendía cosas de Fiama.
Fiama siempre ganaba por más que no hubiera una lucha entre ellas.
Los domingos simplemente miraba televisión, resolvía algún trámite de cualquiera de sus trabajos y era ambas o ninguna.
No sentía conflicto de estar dividida; ambos roles eran totalmente normales para ella.
Y en ambos era la mejor.
Ya se había cansado de psicólogos sin títulos a los cuales tenía que justificar sus acciones; ya de pequeña tuvo las ideas claras en su cabeza, aún luego de enterrar a su hermana Greta y quedar ella sola en el mundo y en esa época tan oscura de su vida sí tuvo terapeutas que sí se habían ganado el título.
Fiama amaba la vida a su manera.
No lastimaba a nadie si no se lo pedían y las heridas siempre eran superficiales y por ellos pedidas.
Un cliente una vez quiso probar wax play: un juego con velas y por un mal movimiento suyo salió con una pequeña quemadura en la espalda.
Los latigazos y gritos eran más lo suyo; sentía un inmenso placer cuando le lamían las botas a modo de saludo, a partir de entonces todo era dominación.
Fiama debía luchar con fuerzas más grandes que ella y vencerlas.
Un domingo lavaba las sábanas de ambas camas aunque muy rara vez durmiera en la cama de postes; era muy meticulosa en tener todo limpio, dejó andando el lavarropas y fue a comprar un perfume para la casa y otras cosas a la farmacia cuando vio en la pantalla lo mal que estaba el mundo.
Cuántos colegas de ella estaban sin empleo y agradeció su suerte, más se quedó un gusto a podrido en la boca mientras caminaba; le llegó un mensaje de su excompañera, aquella que la introdujo en el mundo de la dominación.
Fue tan triste el texto que Fiama hizo una introspección en su vida y se dio cuenta de que tenía demasiado.
Aunque siempre donara, esto ya era un pedido de auxilio urgente.
Leslie estaba en apuros y no solo ella.
Llegó a su casa con su vestido amarillo y pensó, ubicó horarios, personas, clientes, pacientes y tuvo un pequeño sueño.
Armar una salita de urgencias; para lograrlo tendría que ser Valquiria de lunes a sábados.
Usaría más la “casa roja” como solía llamarla, ya que allí todo o casi era rojo y negro.
Desde los látigos hasta su ropa.
Aprovecharía su alquiler; de tanto escuchar a los ricos quejarse de sus aburridas esposas, les pediría dinero para donaciones.
A ellos les sobraba lo que otros necesitaban; Fiama y Valquiria serían un puente magnífico.
Al principio ser Valquiria todas las noches fue cansado, pero logró acostumbrarse a la peluca roja y los corsets rojos con encaje negro, a dar latigazos fuertes y hasta a bailar para un diputado una danza árabe que Leslie le enseñó, pero las horas de práctica fueron bien invertidas.
El “caballero” le donó un terreno a medio construir.
Y así, entre vestidos color pastel sobre guardapolvo blanco, era Fiama la que daba la cara para donaciones menores con su cabello marrón y su sonrisa; les contó la situación a las familias adineradas de la clínica hasta que le ofrecieron hacer una cena de beneficencia con lo recaudado terminaron de construir la salita.
Leslie juntaba donaciones de farmacéuticas.
Los amigos de ambas pintaban y demás.
Un domingo mientras Fiama pasaba por la casa roja a lavar las sábanas recibió un llamado de urgencia: un paciente quería verla, era un señor que estaba internado.
Fue a su casa, puso a andar el lavarropas y se puso un vestido amarillo, se ató el pelo y puso un poco de labial rosado y se marchó al hospital.
Al llegar, el paciente y ver su historial, se acercó a la habitación, entró con una mirada amable y le dijo:
—Don Joaquín, me estaba buscando, acá me tiene.
—Mi bella Fiama, sabes que muchas veces quise estar con Valquiria y por pudor y respeto no lo hice.
Asombrada, Fiama lo miró y lo negó.
—Mi niña, soy hombre de mundo y me enteré, no te apenes, hermosa; mi amor por mi familia es enorme y entiendo que necesitas el dinero y más ahora. Yo, como habrás visto, estoy entrando en metástasis.
Voy a dejar un donativo para tu salita porque, si bien no conocí a Valquiria, no debe ser tan dulce como Fiama.
Ella golpea, humilla; tú, preciosa, das la mano y sonríes.
¿Cómo convives con esa dualidad?
—Es fácil, a veces hasta siento alivio en castigar a ciertos hombres corruptos. Muchos han estafado a otros menos afortunados, la mayoría son ladrones de guante blanco, don Joaquín.
—Claro, sí, y conocidos míos… tranquila, no diré nada. Soy de la idea de que Dios es amor, pero una dominatriz no ama y tú ni siquiera tienes sexo con ellos… ¿no te creerás la mano de Dios en la Tierra, verdad?
—No, nada más lejos. Quiero ayudar; ahora era solo mi beneficio.
—A esa causa este viejo va a ayudar y si pudiera te sacaría de esa profesión. Aunque el morbo me consume, muéstrame a Valquiria.
—¿En serio, don Joaquín?
—Unas fotos debes tener en tu celular, quiero ver tu otro rostro, no logro imaginarla.
Fiama sacó su móvil y le mostró unas fotos de ella con la peluca roja, vestida de cuero negro y rojo, con botas con cordones largos, con corsets, su maquillaje rojo y negro y algo de la casa roja.
Don Joaquín se rió y admitió que no era suficiente, que quería probarla, pero no lo haría.
Fiama sonrió con su lápiz labial rosado y se acomodó la falda del solero amarillo.
—Doctora, gracias, sé que me queda poco y la verdad me ha impactado. Solo una pregunta y juro llevarme a Valquiria a la tumba y todo lo que sé: ¿es cierto que nada de sexo sucede allí?
—A veces me hacen un oral o se masturban, nada más y en algunos casos los penetro yo a ellos con consoladores. ¿Ya?
—¿Y cómo te atas los cordones de esas botas largas?
—Ay, señor, jajajaja, tienen un cierre oculto.
Y así Fiama se sintió más ligera y habló de casi todo con su paciente hasta que fue la hora de comer y ella se marchó.
Don Joaquín quedó impactado; el contraste de Fiama con Valquiria era espectacular y asombroso. Si le dieran a elegir, él se quedaba con Fiama con su sonrisa amable, su labial rosa y sus atuendos de colores pastel.
Valquiria, aunque majestuosa, no era su clase de mujer.
Al fallecer, este buen samaritano dejó un gran cheque a Fiama que le permitió abrir la salita que nombró “Joaquín” sin apellido porque él no quería reconocimiento alguno, y dejó a todos sus conocidos cartas para que donen en lugar de ir a llevarle flores al cementerio: que lleven gasas, algodones, insumos en general a la salita.
Así Fiama logró tener su salita tan bien que hasta un resonador magnético le donaron, entre sábanas, camas, equipos quirúrgicos, máquinas de rayos X, tanto que casi era un hospital.
Y las donaciones anónimas siempre siguieron llegando todos los meses.
Fiama trabajaba como administradora de la sala de urgencias, hacía sus rondas médicas allí y en la clínica.
Muy de vez en cuando vuelve a ser Valquiria…cuando la sala lo necesita o cuando ella quiere sacarse el stress de el cuerpo.
Por eso estudió medicina y se especializó en oncología.
Lee va bastante bien, tiene su nombre y su prestigio.
Es realmente buena en lo que hace, es empática y ese don es muy preciado, más cuando tiene pacientes terminales.
No podía recordar a todos, pero sí a varios, a uno en especial: un hombre adinerado que se negó a hacer quimioterapia y solo esperó morir, con un profundo dolor que ni la máxima dosis de morfina calmaba.
Ella, en un acto de piedad, se quedó con él mientras agonizaba. Antes de morir le confesó que había sido infiel miles de veces a su esposa, tantas que lo había descubierto y llevado con ella a su hijo; hacía años no lo veía, calculaba que ahora sería un hombre derecho.
También que su dinero estaba manchado con sangre.
Que se había unido en su momento a toda mafia de guante blanco que se le cruzara y por eso soportaba la agonía.
Fiama lo miró con sus ojos tristes y le pidió que se calmara.
—Eres tan dulce… ¿Qué te habrá pasado para ser esta médica de corazón?
—Nada.
—Tan bella, sin prejuicios, escuchaste todo lo que confesé quieta, solo mirándome con tus ojos… Debes haber sufrido mucho o simplemente eres un ángel en la tierra…
Fiama iba a responder, pero el paciente falleció.
Lo cubrió con la sábana, marcó la hora del deceso y se marchó.
Fiama no iba a confesar nada.
Ella tenía una doble vida. Hacía años, para sustentar la facultad, empezó a prostituirse de vez en cuando, una o dos veces al año, con señores mayores que pagaban muy bien.
Lidia, su compañera, le presentó a uno que quería ser dominado y le explicó cómo hacerlo. Fiama aceptó el reto y le gustó… tener el control, humillarlo, maltratarlo y aún así, sin acto sexual, cobrar.
Investigó sobre el tema del sadomasoquismo y BDSM.
Era un mercado exclusivo.
Fiama invirtió el dinero ganado en ropa de cuero y látigos.
Con el pasar de los años juntó lo suficiente como para alquilar un departamento de dos habitaciones y moldear una para que pareciera una cueva con paredes rojas, cruces y una cama de postes con arneses para atar.
Allí tenía su peluca pelirroja natural y otros accesorios para ser Valquiria; ese era su nombre de dominatriz.
Sus parejas a lo largo de los años fueron hombres agradables que nunca supieron nada de su otra vida; algunos jugaban juegos de roles, otros no, ninguno pidió dominar ni ser dominado.
Pero ninguno le alcanzó para formar una familia y dejar a Valquiria en el pasado.
Tal vez no eran ellos, era ella que necesitaba el control absoluto en su vida… tal vez.
En la clínica ella era la que prescribía tratamientos y daba las malas y buenas noticias.
En su casa ella limpiaba y ordenaba.
Fiama.
En el departamento ella también limpiaba y ordenaba, sobre todo el cajón de perfumes para hombres; como su clientela era mayormente hombres casados de buen rango económico, ella guardaba en un cajón sus perfumes para que luego de bañarse se los pusieran y así evitar problemas.
Obviamente, antes de entrar, todos los clientes dejaban sus pertenencias en un cajón.
Y allí Valquiria es quien ordenaba como reina de un paraíso muy parecido al averno, pero que muchos gozaban.
Era una dualidad como la de cualquier mujer… explicó una vez, pero la juzgaron de tal manera que solo decidió nunca más rendir explicaciones a nadie.
Lunes, miércoles y jueves, Fiama era completamente Fiama.
Jamás atendía un cliente esos días. Jamás respondía un mensaje de esa índole.
Era Fiama amando su hogar mientras estaba en él y luchando contra el cáncer de sus pacientes.
Viernes y sábados era más Valquiria, aunque sí atendía cosas de Fiama.
Fiama siempre ganaba por más que no hubiera una lucha entre ellas.
Los domingos simplemente miraba televisión, resolvía algún trámite de cualquiera de sus trabajos y era ambas o ninguna.
No sentía conflicto de estar dividida; ambos roles eran totalmente normales para ella.
Y en ambos era la mejor.
Ya se había cansado de psicólogos sin títulos a los cuales tenía que justificar sus acciones; ya de pequeña tuvo las ideas claras en su cabeza, aún luego de enterrar a su hermana Greta y quedar ella sola en el mundo y en esa época tan oscura de su vida sí tuvo terapeutas que sí se habían ganado el título.
Fiama amaba la vida a su manera.
No lastimaba a nadie si no se lo pedían y las heridas siempre eran superficiales y por ellos pedidas.
Un cliente una vez quiso probar wax play: un juego con velas y por un mal movimiento suyo salió con una pequeña quemadura en la espalda.
Los latigazos y gritos eran más lo suyo; sentía un inmenso placer cuando le lamían las botas a modo de saludo, a partir de entonces todo era dominación.
Fiama debía luchar con fuerzas más grandes que ella y vencerlas.
Un domingo lavaba las sábanas de ambas camas aunque muy rara vez durmiera en la cama de postes; era muy meticulosa en tener todo limpio, dejó andando el lavarropas y fue a comprar un perfume para la casa y otras cosas a la farmacia cuando vio en la pantalla lo mal que estaba el mundo.
Cuántos colegas de ella estaban sin empleo y agradeció su suerte, más se quedó un gusto a podrido en la boca mientras caminaba; le llegó un mensaje de su excompañera, aquella que la introdujo en el mundo de la dominación.
Fue tan triste el texto que Fiama hizo una introspección en su vida y se dio cuenta de que tenía demasiado.
Aunque siempre donara, esto ya era un pedido de auxilio urgente.
Leslie estaba en apuros y no solo ella.
Llegó a su casa con su vestido amarillo y pensó, ubicó horarios, personas, clientes, pacientes y tuvo un pequeño sueño.
Armar una salita de urgencias; para lograrlo tendría que ser Valquiria de lunes a sábados.
Usaría más la “casa roja” como solía llamarla, ya que allí todo o casi era rojo y negro.
Desde los látigos hasta su ropa.
Aprovecharía su alquiler; de tanto escuchar a los ricos quejarse de sus aburridas esposas, les pediría dinero para donaciones.
A ellos les sobraba lo que otros necesitaban; Fiama y Valquiria serían un puente magnífico.
Al principio ser Valquiria todas las noches fue cansado, pero logró acostumbrarse a la peluca roja y los corsets rojos con encaje negro, a dar latigazos fuertes y hasta a bailar para un diputado una danza árabe que Leslie le enseñó, pero las horas de práctica fueron bien invertidas.
El “caballero” le donó un terreno a medio construir.
Y así, entre vestidos color pastel sobre guardapolvo blanco, era Fiama la que daba la cara para donaciones menores con su cabello marrón y su sonrisa; les contó la situación a las familias adineradas de la clínica hasta que le ofrecieron hacer una cena de beneficencia con lo recaudado terminaron de construir la salita.
Leslie juntaba donaciones de farmacéuticas.
Los amigos de ambas pintaban y demás.
Un domingo mientras Fiama pasaba por la casa roja a lavar las sábanas recibió un llamado de urgencia: un paciente quería verla, era un señor que estaba internado.
Fue a su casa, puso a andar el lavarropas y se puso un vestido amarillo, se ató el pelo y puso un poco de labial rosado y se marchó al hospital.
Al llegar, el paciente y ver su historial, se acercó a la habitación, entró con una mirada amable y le dijo:
—Don Joaquín, me estaba buscando, acá me tiene.
—Mi bella Fiama, sabes que muchas veces quise estar con Valquiria y por pudor y respeto no lo hice.
Asombrada, Fiama lo miró y lo negó.
—Mi niña, soy hombre de mundo y me enteré, no te apenes, hermosa; mi amor por mi familia es enorme y entiendo que necesitas el dinero y más ahora. Yo, como habrás visto, estoy entrando en metástasis.
Voy a dejar un donativo para tu salita porque, si bien no conocí a Valquiria, no debe ser tan dulce como Fiama.
Ella golpea, humilla; tú, preciosa, das la mano y sonríes.
¿Cómo convives con esa dualidad?
—Es fácil, a veces hasta siento alivio en castigar a ciertos hombres corruptos. Muchos han estafado a otros menos afortunados, la mayoría son ladrones de guante blanco, don Joaquín.
—Claro, sí, y conocidos míos… tranquila, no diré nada. Soy de la idea de que Dios es amor, pero una dominatriz no ama y tú ni siquiera tienes sexo con ellos… ¿no te creerás la mano de Dios en la Tierra, verdad?
—No, nada más lejos. Quiero ayudar; ahora era solo mi beneficio.
—A esa causa este viejo va a ayudar y si pudiera te sacaría de esa profesión. Aunque el morbo me consume, muéstrame a Valquiria.
—¿En serio, don Joaquín?
—Unas fotos debes tener en tu celular, quiero ver tu otro rostro, no logro imaginarla.
Fiama sacó su móvil y le mostró unas fotos de ella con la peluca roja, vestida de cuero negro y rojo, con botas con cordones largos, con corsets, su maquillaje rojo y negro y algo de la casa roja.
Don Joaquín se rió y admitió que no era suficiente, que quería probarla, pero no lo haría.
Fiama sonrió con su lápiz labial rosado y se acomodó la falda del solero amarillo.
—Doctora, gracias, sé que me queda poco y la verdad me ha impactado. Solo una pregunta y juro llevarme a Valquiria a la tumba y todo lo que sé: ¿es cierto que nada de sexo sucede allí?
—A veces me hacen un oral o se masturban, nada más y en algunos casos los penetro yo a ellos con consoladores. ¿Ya?
—¿Y cómo te atas los cordones de esas botas largas?
—Ay, señor, jajajaja, tienen un cierre oculto.
Y así Fiama se sintió más ligera y habló de casi todo con su paciente hasta que fue la hora de comer y ella se marchó.
Don Joaquín quedó impactado; el contraste de Fiama con Valquiria era espectacular y asombroso. Si le dieran a elegir, él se quedaba con Fiama con su sonrisa amable, su labial rosa y sus atuendos de colores pastel.
Valquiria, aunque majestuosa, no era su clase de mujer.
Al fallecer, este buen samaritano dejó un gran cheque a Fiama que le permitió abrir la salita que nombró “Joaquín” sin apellido porque él no quería reconocimiento alguno, y dejó a todos sus conocidos cartas para que donen en lugar de ir a llevarle flores al cementerio: que lleven gasas, algodones, insumos en general a la salita.
Así Fiama logró tener su salita tan bien que hasta un resonador magnético le donaron, entre sábanas, camas, equipos quirúrgicos, máquinas de rayos X, tanto que casi era un hospital.
Y las donaciones anónimas siempre siguieron llegando todos los meses.
Fiama trabajaba como administradora de la sala de urgencias, hacía sus rondas médicas allí y en la clínica.
Muy de vez en cuando vuelve a ser Valquiria…cuando la sala lo necesita o cuando ella quiere sacarse el stress de el cuerpo.
Sin contar que en su corazón de miel y barro necesita abrir más que una sala y poner en marcha el resonador.
Sino montar un hospital con todos los equipos para la gente que no puede pagarlos.
Muy buena narración, con un final que todos deseariamos en la vida.
ResponderBorrarGracias por leer y comentar Fernando! Y si es un sueño esperemos el día que llegue dejar de serlo. 💋💋💋
BorrarA veces el que conoce la "oscuridad" es más empático que el que está "siempre en la luz" Muy buen disparador y narración. Gracias EmiliCat
ResponderBorrarGracias por leer y comentar michi 💋💋💋
BorrarGran verdad tu comentario quizás por eso Fiama trata tan bien a sus pacientes y lucha ...